El destino de la diputada Isis Cuéllar parece estar escrito en el manual no oficial de la política hondureña: no corra, no declare y no se mueva. Mientras el escándalo de Sedesol camina a empujones por los pasillos judiciales, ella permanece donde mejor sabe estar: en silencio absoluto y con fuero activo, una combinación que en Honduras suele equivaler a inmunidad emocional y procesal.
Su nombre aparece una y otra vez en expedientes, declaraciones y señalamientos, pero su presencia ante la justicia sigue siendo una promesa sin fecha. No se presenta “voluntariamente”, no enfrenta micrófonos, no se victimiza ni acusa conspiraciones. No lo necesita.
En este juego, Isis Cuéllar no juega a la defensa: juega a la espera. Mientras otros imputados sudan frente a cámaras y repiten que “darán la cara”, ella demuestra que el verdadero poder no está en hablar, sino en no tener que hacerlo.
Porque cuando se es diputada, el tiempo corre distinto, las acusaciones pesan menos y la palabra “destino” depende más de acuerdos políticos que de códigos penales. El fuero parlamentario, ese escudo que se invoca como garantía democrática, funciona aquí como paraguas selectivo: protege de la lluvia judicial mientras el temporal pasa. No es que Isis Cuéllar sea inocente o culpable -eso lo debería decidir un tribunal-, es que todavía no llega al punto donde esas preguntas importan.
Lo irónico es que su silencio habla más que cualquier conferencia de prensa. No desmiente con fuerza, no aclara con documentos, no se defiende con argumentos. Simplemente sigue en su curul, como si el caso Sedesol fuera una historia ajena, una novela política que se escribe sin necesidad de su voz.
Su destino, por ahora, no parece estar en los tribunales sino en el calendario político. Dependerá de mayorías, conveniencias y momentos. Porque en Honduras, la justicia no siempre pregunta qué pasó, sino a quién le conviene que pase.
Isis Cuéllar no huye. Tampoco enfrenta. Se mantiene intacta, inmóvil y estratégicamente ausente. Y mientras el país espera respuestas, ella confirma una vieja lección nacional: en la política, no siempre sobrevive el que explica mejor, sino el que aprende a desaparecer sin irse.
Su destino sigue abierto. Pero tranquilo. Demasiado tranquilo.