Cartas al editor

Día de muertos

No existe en el globo terrestre a quien no se le haya muerto un ser querido: tatarabuelos, abuelos, padres, hijos… La genealogía de cada ser humano nunca está completa; la convivencia familiar del género humano en un momento de nuestra vida nos permite, en un instante inesperado, golpearnos el alma con la experiencia del viaje con retorno de uno de nuestros seres queridos, cumpliéndose así la ley de la vida: engendrar, concebir, nacer, vivir, crecer, envejecer y morir. Alguien escribió un día: “Ven muerte tan escondida, que no te sienta venir, porque el placer de morir, me vuelve a dar la vida…”.

Para los religiosos, la muerte encierra la esperanza, la fe para viajar al cielo, un lugar incierto del que no se sabe el punto exacto en uno de los universos. Para los místicos, el morir es la transición, la liberación del alma del cuerpo a un mundo espiritual, desconocido para los mortales, pero que es ahí en donde continuará su existencia, preparándose con lo que se lleva desde la tierra: toda la sapiencia adquirida y las buenas obras realizadas durante su vida terrenal, las que son indispensables para su propia evolución y que son necesarias para completar su total perfección. Al no alcanzar esa perfección, el alma, necesariamente tendrá que retornar a la Tierra para continuar su vida, reencarnando a nuevo cuerpo.

En el vulgo siempre se escucha: “¿Para qué se preocupa en comprar un carro, almacenar tanta riqueza, si al fin y al cabo, al morirnos, nada nos llevaremos?”. Quién así piensa “no se conoce a sí mismo” y retrasará su propia reencarnación.

Anteriormente afirmamos que la reencarnación es un proceso que necesita 43 años: mi abuela, Leonilda Salazar Matute, pasó por su transición a los 94 años de edad; ella volverá a reencarnar en el 2132. Uno de mis hijos, quien pasó por su transición en el 2019, reencarnará en el año 2119, ya, al momento de su óbito, contaba con 43 años; al cumplirse el propósito de esta transmigración de las almas, ellos habrán alcanzado la tan anhelada perfección y el Cósmico les designará su misión, como seres espirituales.