Opinión

Aquella gloriosa mañana

El alba del año 33 d. C. sería una mañana memorable para la humanidad, trascendental.

Se abría el camino para la raza humana que estaba esclavizada al pecado y, como sentencia perpetua, a la muerte.

La liberación, la fianza, se había pagado el día viernes anterior por un hombre clavado en un madero que atormentaba sus carnes, que había sido flagelado, escupido, que lo torturaron psicológicamente, debilitado por toda una noche sin dormir, sabiendo que la sentencia dictada por el gobernador romano sería la pena capital. Todos estos acontecimientos lo habían abrumado, más no destruido.

Horas antes había celebrado la pascua judía, la rememoración de cuando éstos salieron de la esclavitud de Egipto. Sus discípulos habían sido aleccionados en la humildad cuando el Maestro les había lavado los pies polvorientos, cuando les prometió la cercanía al ser más grande del universo: Dios.

Habiendo hecho pacto, en el que estaría involucrado el derramamiento de sangre y sus carnes golpeadas, llevado a la ignominia de una muerte cruel dada solo a los peores delincuentes, fue entregado para su inmolación.

Los que en su momento lo reverenciaron, ahora eran sus crueles adversarios, el escarnio estaba a la orden del día, se le escupía, lo empujaban, todo lo soportaba con estoicismo al llevar aquel instrumento de tortura donde expiraría.

Seis horas de tormento, colgado del madero fijado por clavos de hierro que traspasaron sus manos y pies. Sufría. Su sangre manchaba el tronco de la cruz; el dolor insoportable hacía penosa aquella tortura. Más en compasión y amor por la humanidad los perdonó, prometió el Paraíso a un delincuente arrepentido, le dio abrigo a su madre que quedaba desamparada al recomendársela a su discípulo amado, y bajo aquel inclemente sol pidió de beber, después falleció.

El cielo se volvió oscuro, los rayos y relámpagos caían como gritando el cielo de dolor, el suelo de la tierra prometida se sacudió por un violento terremoto y la amistad con el pueblo judío concluía al romperse la cortina que dividía el santo del santísimo del templo.

Sus discípulos huyeron atemorizados, la tarde llegaba a su fin, fue bajado del madero de tormento, sus amigos llevaban las especias y aloes para prepararlo para su entierro. Jesús estrenaba tumba y de personas pudientes, como diciéndonos que comenzaría una nueva era. La sepultura se cerró y la noche se cernió sobre la tierra, la misión terrenal llegaba a su fin.

El sábado los judíos oraban, leían su Tora, acudían al templo porque había fiesta en Jerusalén. El corazón está contrito para los que habían amado aquel ser que yacía en aquella lúgubre tumba, otros lloraban y su desconsuelo era pleno. La madre había envejecido, su corazón traspasado por el dolor y el sufrimiento lloraba lágrimas de sangre.

La guardia romana estaba alerta, sus espadas y lanzas afiladas estaban para proteger aquella tumba ante cualquier intruso que siquiera osara pasar cerca.

El amanecer del domingo se estremeció el suelo, la piedra que servía de puerta en aquella tumba se movió, la luz de un nuevo amanecer triunfante irradió la oquedad que se iluminó cuando el divino Maestro retornaba a la vida. Jesús resucitó.

Las cadenas de la muerte se rompían para siempre, la esperanza de la eternidad se afianzaba en aquella mañana para que los seres humanos fijáramos la vista en aquella luz que resplandecía en el corazón del hombre, dándonos la esperanza y la opción de ser llamados hijos de Dios.

Las buenas nuevas de aquel suceso se difundieron por el mundo entero. Los que seguían el camino, como originalmente se llamaban los seguidores de Cristo, empezaron su obra misionera. Llevaban consuelo al ser caído, esperanza a los corazones desarraigados por el odio, la falta de fe y el desconsuelo.

Una nueva era comenzaba. Los cristianos divulgaron a los cuarto extremos aquella prodigiosa mañana, anunciaron que la luz de la redención alumbraba el camino de todos los seres humanos, que podíamos optar por una nueva fe, la que liberaba del pecado y la muerte, dándonos a todos un corazón que podía latir con la esperanza de ser conducido a la eternidad bajo la mano y dirección de nuestro señor Jesucristo.