Va uno transitando por la calle, tranquilo, respetando reglas de tránsito y de cortesía, intentando ser buen conductor, buen ciudadano, en fin, una buena persona. No pasa mucho sin que uno se encuentre al “abreviador” del día, ese que intentando desafiar las leyes de la física que gobiernan el tiempo y el espacio, procura de indómita manera arribar de algún punto
A (a sus espaldas) a un desconocido punto B (más allá de lo que avistan sus ojos), cual si se tratara de un ejercicio de teletransportación, propio de serie televisiva de ciencia ficción. Usando toscas maneras –antítesis del clásico Manual de Carreño- impulsado por fuerza motriz propia o mecánica, se lanza frente al vehículo, obviando pasos de cebra, puentes peatonales, aceras, calzadas o medianas. Obviando la presencia de quienes circulan a su alrededor, solo les mueve un propósito: abreviar, es decir, reducir tiempo, hacer más corto el espacio, disminuir la duración... en este caso, de su viaje o tránsito.
Los hijos e hijas de la abreviatura, buscan acelerar o aumentar la velocidad en todo lo que hacen y acometen. No saben de pausas, etapas, paciencias ni esperas. Si se trata de dinero, quieren obtenerlo rápido y, si se puede, sin hacer el mayor esfuerzo. Si se trata del éxito, quieren alcanzarlo de inmediato. Si toman una sopa en un restaurante, quieren que se enfríe ya (y hasta le piden hielo a la mesera).
La prontitud con que muchas cosas pueden obtenerse hoy en día (comida rápida, cajeros automáticos, la conectividad informática, la virtualidad, por citar algunos ejemplos) está produciendo una impaciencia endémica, que se hace mucho más evidente mientras más nos expongamos al tiempo y espacio reales, en los que las “velocidades” se ajustan más a las limitaciones humanas.
Hace unos días, fuimos con un amigo a comer hamburguesas a uno de esos negocios tradicionales que se resisten a morir, pertenecientes a una generación que supo lo que era discar en un teléfono o ponerse de pie para cambiar los tres canales de la televisión local, escuchamos las quejas de un par de clientes que protestaban por la “espera” de su comida.
Nosotros –que ya degustábamos la nuestra- y que nos percatamos del reclamo a un par de metros, calculamos el tiempo que había transcurrido y no era sino el normal que toma la preparación de este platillo (incluyendo el asado de la carne –término “bien cocido”- en el proceso). Acostumbrados a la atención expedita de las franquicias, los parroquianos mostraban solamente esa cualidad inherente a todo “abreviador” de hoy: todo se quiere “para ayer”. Incómodos de principio a fin, no parecieron disfrutar del sabor y aroma de la comida recién hecha, pues refunfuñaron e hicieron notoria su crítica a lo “tardado” en que atendían en ese lugar.
Esta cultura “exprés” amenaza con dificultar la convivencia pacífica. Ser “lento” es malo, descalifica: quejas en filas que avanzan a buen ritmo en un banco, claxon por no arrancar rápido, no saber algo (¿no tienes “Tuiter”?), no responder ipso facto el “e-mail”, caras largas por pedir una explicación, etcétera, etcétera… disculpe usted, quise decir etc. etc.