Opinión

El cuarto aniversario de los sucesos del 28 de junio de 2009 se produce en plena campaña electoral, sin lugar a dudas la fecha será aprovechada por los seguidores de “Mel” Zelaya para efectuar proselitismo, presentándose una vez más como las víctimas inocentes de lo sucedido, ya que esto les ha reportado grandes utilidades en la atracción de simpatías y adeptos para su proyecto político.

Ni antes ni ahora muchos de los que apoyaron la salida de “Mel” se alegran por lo ocurrido ese inolvidable día domingo. Sin dudas fue un hecho trágico para la vida política e institucional del país, símbolo del atraso de la clase política y económica, de su incapacidad para prever las crisis y llegar a acuerdos.

Una vez más se mostró lo que varios politólogos americanos han señalado en el sentido que el sistema presidencialista alienta las crisis de gobierno al intentar imponer decisiones ilegales o contra la voluntad ciudadana.

La Comisión de la Verdad señaló algo que todos sabemos, “Mel” violó reiteradamente las leyes, desafió las instituciones, creyéndose con el poder y la autoridad suprema para realizar una seudo consulta para legitimar la convocatoria a la Asamblea Constituyente, que le permitiera reelegirse indefinidamente.

Tres semanas antes del 28 de junio circularon por todas las instituciones de gobierno unas hojas donde se solicitaba la convocatoria a la Constituyente, los empleados fueron obligados a llenar dichos formularios, firmarlos y anotar su número de identidad, además se le exigía que buscaran diez personas más.

Aun conservo una copia de ese documento.

Ni antes ni ahora hubo duda de las intenciones continuistas de “Mel” Zelaya y sus más cercanos colaboradores, por más que presenten montañas de argumentos en contra, la verdad era y es solo una, se enamoraron del poder y no lo querían dejar.

En aquel momento la mayor parte de la élite política, los generadores de opinión y la ciudadanía en general no reparó que el expresidente no se las jugó hasta el final con algún “delfín” o uno de los aspirantes en las elecciones internas de su partido, aunque amagó con apoyar a Roberto Micheletti, eso no duró mucho tiempo, tampoco los llamados “patricios” y otros cercanos a Zelaya se subieron a las planillas a cargos de elección popular. Todo esto no ocurrió porque no deseaban la continuidad del proceso democrático, el plan era otro.

Manuel Zelaya, con su arrogancia de terrateniente y playboy de pueblo, haló del gatillo para que se le sacara del poder antes que fuera demasiado tarde.

Lamentablemente en ese minuto la Constitución no tenía los procedimientos expeditos para realizar tal tarea, aunque varios de sus artículos expresamente sí tipifican, prohíben y condenan las acciones que el expresidente efectuó.

Craso error jurídico y político fue presentar una carta de renuncia y sacarlo del país, si se le hubiera juzgado en los tribunales por sus delitos, aunque después se le hubiera concedido amnistía, otra habría sido la historia y la comunidad internacional no hubiera reaccionado como lo hizo.

Más errores históricos continuaron produciéndose, esta vez por el actual presidente Porfirio Lobo, por no haber presentado un amplio informe de la situación financiera en la que encontró el gobierno producto del “huracán Zelaya”, también por haber presionado a las instituciones del sector justicia para que sobreseyeran los juicios contra exfuncionarios del gobierno de la “cuarta urna” implicados en evidentes actos de corrupción.

Hoy “Mel” Zelaya se presenta como víctima política y como el gran “estadista” que poco le faltó para sacar a Honduras del subdesarrollo y la miseria.

Gracias a las torpezas y falta de visión de la élite política, empresarial y sectores democráticos de la sociedad civil se está a las puertas de caer en las garras de uno de los grupos más inescrupulosos, nefastos y mentirosos que ha conocido la reciente historia nacional.

Solo la audacia política podrá en los próximos meses revertir esta amenaza, se debe entender que primero es el país y después los colores partidistas o aspiraciones personales.