Por David Zucchino / The New York Times
BAMIYÁN, Afganistán — Yi-Pin Lin, profesor asociado en la Universidad de Tufts, en Massachusetts, ha ido de vacaciones a 120 países.
Pero había un país que siempre había soñado con visitar, solo para ser alejado por décadas de guerra, secuestros y terrorismo: Afganistán.
Con el fin de la guerra afgana en el 2021, los nuevos gobernantes talibanes del País comenzaron a exhortar a los turistas a visitarlo. Así que en noviembre, Lin viajó a Kabul, la capital afgana.
“Cuando les dije a mis amigos a dónde iba, todos pensaron que estaba loco”, dijo.
Lin, de 43 años, es parte de una pequeña, pero creciente vanguardia de turistas que viajan a Afganistán, ignorando las aciagas advertencias de sus gobiernos. El Departamento de Estado de Estados Unidos aconseja no viajar a Afganistán “debido al terrorismo, el riesgo de detención injusta, disturbios civiles, secuestros y crimen”.

En los últimos tres años, dicen funcionarios talibanes, 14 mil 500 turistas extranjeros han visitado la nación aislada y azotada por la pobreza. Han llegado con divisas fuertes que Afganistán necesita desesperadamente.
Muchos turistas han experimentado la hospitalidad tradicional del País al visitar sus famosas mezquitas, sus imponentes cadenas montañosas, sus pintorescos desiertos altos y los restos de las renombradas estatuas de Buda en Bamiyán.
Afganistán se ha vuelto tristemente célebre por sus asfixiantes restricciones a las mujeres. Pero el ascenso de los talibanes al poder también trajo calma con el fin de la guerra de 20 años.
Los ataques terroristas siguen retando a la Administración talibana. Pero los atentados suicidas y las explosiones en las carreteras que causaron muertes masivas durante la guerra —en su mayoría llevados a cabo por los propios talibanes— prácticamente han cesado.
El Gobierno ha asegurado a los turistas que Afganistán es seguro, pintoresco, acogedor —y una ganga.
“El 95 por ciento de los turistas tiene una idea negativa de Afganistán debido a la información incorrecta de los medios y la propaganda en todo el mundo”, dijo Khobaib Ghofran, portavoz del Ministerio de Información y Cultura en Kabul.
A pesar de los dolorosos recuerdos de los bombardeos aéreos y las incursiones nocturnas de Estados Unidos, los turistas estadounidenses son tan bienvenidos como cualquier otra persona, dijo Ghofran.
Agregó que se proporcionaron guardias para los turistas que solicitaron seguridad, pero que los visitantes no estaban obligados a ir acompañados por escoltas del Gobierno. Sin embargo, los empresarios y periodistas extranjeros —y muchos afganos— son monitoreados habitualmente por agentes de la Dirección General de Inteligencia.
Un pequeño porcentaje de visitantes extranjeros son mujeres, dijeron funcionarios de turismo. Ghofran dijo que no había restricciones escritas regulando cómo deben las mujeres turistas vestirse y comportarse en público.
“Pueden ver por sí mismas nuestra cultura aquí”, dijo Mawlavi Ahmadullah Muttaqi, director de información y cultura de la provincia de Herat.
Las distinciones entre las mujeres afganas y las turistas pueden ser impactantes.
Marino Sakata, de 23 años, una turista japonesa que viajaba sola en Kabul y dijo que planeaba regresar este año, vestía pantalones holgados, tenis amarillos y un abrigo negro cuya capucha le cubría el cabello y parte de la cara —una elección de moda que atrajo miradas de algunos afganos. Dijo que estaba considerando comprar un pañuelo para la cabeza para cumplir mejor con las costumbres afganas.
En mayo, tres turistas españoles y un afgano resultaron muertos en la provincia de Bamiyán, al oeste de Kabul. Fue el primer ataque mortal contra turistas desde que los talibanes recuperaron el poder.
Pero caminando junto a los lagos de montaña en el parque nacional Band-e-Amir en el centro de Afganistán, Lin se sentía relajado y exuberante.
“Nunca me he sentido inseguro aquí”, dijo. “Eso es lo que más me ha sorprendido”.
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