Honduras

¡Mamá a todo centenario!

Con una lucidez impresionante, con más de un siglo de existencia, la señora es la joya de la familia Méndez Suazo y es parte de un grupo privilegiado de hondureños que sobrepasan el siglo de vida.

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07.04.2014

Cuando el día recién tiene vida, a eso de las 6:00 de la mañana, las delgadas manos de Amalia Suazo Castillo palmean un bola de masa hasta darle forma circular para luego tirarla al comal.

Esto lo hace siempre, las tortillas nunca faltan en la casa de esta dama de 102 años que jamás fue a la escuela, pero que aprendió a leer y escribir en centros de educación informal.

Amalia nació un 21 de abril de 1910 en el municipio de La Paz, departamento de La Paz, de donde pocas veces ha salido y ahora disfruta de una vejez llena de amor entre sus seres queridos.

Ella es parte de un grupo privilegiado de hondureños que sobrepasan el siglo de vida y muestran una vitalidad sorprendente, caminan sin problemas y hacen oficios domésticos.

“No hay que estar de balde, yo lavo, trapeo, hago tortillas”, dice la centenaria madre que además goza de los otros “titulos”, como de abuela, bisabuela y tatarabuela.

Eso sí, temprano está en la cama, cuando el reloj marca las 8:00 de la noche, Amalia ya reposa y “cuando hace helado me acuesto más temprano”.

La salud de la longeva mujer es sorprendente, apenas hay ciertos dolores de huesos propios de la edad y por lo demás no hay nada que la achaque.

La presión arterial jamás la ha mortificado y “no sé lo que es una calentura”, cuenta. “Cuando estaba joven me agarró un paludismo y decía a tomar cosas amargas y desde esa fecha no he vuelto a tomar”, expresa. De vicios no sabe nada, jamás tomó bebidas alcohólicas o fumó un cigarro, asegura.

Lucidez

Muchos ancianos de 80 o 90 años, “cipotes” comparados con Amalia, presentan trastornos en su lucidez, pero esta tatarabuela tiene una muy completa.

De su recuerdo de infancia dice tener presente cuando le gustaba hacer los mandados de la casa, así como levantarse temprano a buscar vertientes de agua en aldeas cercanas a La Paz para llevar el vital líquido a su casa.

“Mi papá era serio, me decía que lueguito regresara y así tenía que hacerlo”, rememora.

Otro recuerdo que le quedó grabado fue cuando llegó el primer carro al pueblo, no sabe en qué fecha, pero sí tiene claro que “la gente corría alegre a ver porque nunca habían visto uno”.
Lo que sí cuenta con pesar es que ella influyó en su padre para que no la matriculara en la escuela y de esa forma no tuvo enseñanza.


“Yo le dije a mi papá que no me metiera porque solo andan a la carrera (los alumnos) y a mí no me gusta eso y él se creyó y no me hacía fuerzas y así me quedé”.

Su padre, Cayetano Suazo, era un jornalero, mientras que su madre, Sebastiana Castillo, fue una ama de casa, de quienes dice tiene los mejores recuerdos.

Al igual que ella, las hijas que procreó en el matrimonio con Jesús Méndez (QDDG) no pudieron estudiar porque “aquí no había colegios, solo en Tegucigalpa, y no teníamos dinero para los estudios”.

De las cinco hijas que tuvo sobreviven tres, pues otras dos murieron producto del cáncer. Pero tuvo más descendencia: 26 nietos, 40 bisnietos y 5 tataranietos.

Familia

A los 23 años, en 1933, contrajo nupcias con Jesús Méndez, un albañil y cohetero (productor artesano de cohetes), quien hace 57 años murió producto de una herida que se complicó en una pierna amputada por la diabetes. Su esposo tenía 60 años cuando perdió la vida.

“Le habían quitado una canilla y yo tenía una piedra acunada para que se salieran unos chanchos y cuando él salió se hirió, se enfermó más y eso lo puso más grave”, contó.

Relata que los pocos ahorros que tenían se gastaron en los medicamentos de su pareja y que por ello quedaron descapitalizados. Amalia Suazo vive con su hija mayor, Maura Méndez, quien pasa pendiente de las necesidades de su madre.

“Gracias a Dios mis hijos me ayudan, hago tortillas y así estamos junto a mi mamá”, dice Méndez.

El presente está lleno de innovaciones tecnológicas, productos que se superan unos a otros constantemente, pero Amalia puede contar, como pocos, que cuando ella nació recién se habían inventado la fotografía, la lavadora eléctrica, el reloj de pulsera y faltaban años para que se crearan el acero inoxidable, el teleférico o la penicilina.

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