TEGUCIGALPA, Honduras
La noche del sábado 27 de junio de 2009 había todo un movimiento en la Corte Suprema de Justicia, horas antes de ejecutarse la captura del presidente Manuel Zelaya.
El general (r), Romeo Vásquez Velásquez, en su libro “Ambiciones peligrosas. Las tentaciones del poder”, cuenta las interioridades que se vivieron en ese poder del Estado.
¿Podemos contar con las Fuerzas Armadas?, dice que le preguntó el presidente de la Corte, Jorge Rivera Avilés.
“Yo estaba pensando en las implicaciones que podrían surgir de la captura”, dice Vásquez.
“Comprendí que no habría mañana para el presidente Zelaya”.
“La misión que les encomendamos consta de dos partes, dijo el presidente Avilés. Primero, suspender la consulta en todo el país. La segunda, capturar al Presidente”.
Los militares pidieron tiempo para responder, se reunieron en un salón por separado donde, después de escuchar a los demás generales, Vásquez tomó la última palabra: “La suerte está echada. Este es el punto de no retorno. Cumplamos la misión. Requisemos el material de la cuarta urna y capturemos al señor Manuel Zelaya Rosales. Nadie dijo nada. Cumpliríamos la misión”.
Las FF AA habían recibido un mensaje por Internet en el que les decían que habían contratado unos sicarios por dos millones de dólares para matar al presidente Zelaya.
“Escuché la grabación y al final me dije: Las Fuerzas Armadas no asesinan presidentes”.
El general luego le dijo al presidente de la CSJ: “Vamos a cumplir la misión”.
Después se deliberó sobre el lugar donde iban a mandar a Zelaya, una vez capturado.
Reacciona Zelaya
“La sangre de inocentes no se lava ni con mil libros”, dijo ayer el expresidente Zelaya.
“Creo que ha circulado bastante información porque no voy a comprar ni gastar L 500 en el General”, añadió.
“General, un torturador no se redime nunca. El genocidio que ustedes cometieron contra el Estado de derecho y las graves violaciones a los DD HH no prescriben nunca”.
Zelaya le dijo a Vásquez que mejor le hubiera puesto a su libro: “El general no tiene visa”, parafraseando el libro “El general no tiene quien le escriba” de García Márquez.