Manipular el tiempo es uno de los grandes sueños de la humanidad. Ir al pasado, viajar al futuro o congelar el tiempo solo se vive en la mitología o en las producciones cinematográficas de Hollywood.
Lo único que ha sido posible hasta los momentos ha sido “crear” un día “extra” a los ya establecidos. ¿Pero en realidad se podrá esto? Bueno, mediante un cálculo matemático se ha logrado hacer la composición del calendario que hoy conocemos y que nos demuestra que es posible la aparición de esta unidad de tiempo.
Un año “normal” consta de 365 días, tiempo que en la escuela enseñaron que era lo que la Tierra se tardaba en dar la vuelta al Sol.
Grave error.
El maestro debió aclarar que ese movimiento de traslación dura 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos.
Lógicamente no se puede tener un día de casi seis horas. La solución a este desfase fue acumular esas horas “sobrantes” durante cuatro años y así tener el nuevo día adicional al calendario.
De esa forma, cada cuatro años, existe el año bisiesto de 366 días. Así, al mes de febrero de un año bisiesto se le agrega un día y pasa a tener 29 y no 28 como ocurre regularmente.
Esta ingeniosa salida fue creada en el año 46 antes de Cristo por el emperador Julio César. El todopoderoso amo de Roma llamó a este calendario como juliano considerando años bisiestos si eran divisibles entre cuatro.
Julio César encargó al astrónomo Alejandro Sosigenes desarrollar este nuevo calendario y fue aprobado con base en 365 días con seis horas el tiempo de traslación de la Tierra.
Tiempo después, en 1582, durante el papado de Gregorio VII, el calendario juliano fue sustituido por el calendario gregoriano, que es el que actualmente se usa en la mayoría de las naciones.
Nacimiento del calendario actual
Antes de esta última recomposición del calendario, existe una intrincada historia de prueba y error de la forma en que se calculaba el tiempo.
Muchas civilizaciones antiguas utilizaron el calendario lunar para medir el tiempo y otras se basaron en el Sol. En Egipto, por ejemplo, tenían un calendario de 365 días, mismo que se dividía en tres estaciones.
También existían muchas poblaciones en Roma que medían el tiempo con base en calendarios lunares y cada uno tenía un número distinto de meses.
Estos calendarios no podían predecir con exactitud los fenómenos naturales que se presentan con periodicidad, como los solsticios y los equinoccios, eventos de vital importancia para determinar la mejor fecha para cultivar.
Se intentó poner orden en el conteo cronológico y por ello se acordó tener un calendario único en esta región. Este calendario tenía 304 días divididos en 10 meses.
Pero este calendario, que iniciaba en marzo y terminaba en febrero, presentaba enormes desfases que eran ajustados siempre en los últimos meses. No obstante, estos reajustes se hacían más con base en criterios políticos que astronómicos y por ello eran de poca utilidad.
Por ejemplo, los ajustes se efectuaban por lo general para retrasar el día de pago a la servidumbre, prorrogar el tiempo en el cargo de un funcionario o adelantar o retrasar elecciones.
También el invierno se fechaba en otoño, por lo que había un enorme impacto en las estaciones para la agricultura.
La primera edición del calendario juliano tuvo 455 días y no 365 para corregir el enorme desfase que provocó el calendario romano.
Inicialmente el año bisiesto consistía en fechar dos veces el 24 de febrero y no subirle de 28 a 29 días a ese mes.
En aquella época el 24 de febrero se llamaba “ante diem sextus calendan martias” y cuando era año bisiesto el día adicional se le llamó “diem bies-sextum kalendas martias” y de ahí el nombre de bisiesto.
Calendario Gregoriano
El papa Gregorio VIII sustituyó el calendario juliano por el gregoriano debido a que era necesario adecuar ese calendario civil al litúrgico y hacer nuevas correcciones de cálculo.
La historia cuenta que el Concilio de Nicea determinó que la Pascua debía de conmemorarse el domingo siguiente al plenilunio, posterior al equinoccio de primavera. En 325 d. C. el equinoccio sucedió el 21 de marzo, pero con el paso del tiempo la fecha se había ido adelantando 10 días y el equinoccio se fechó el 11 de marzo.
Este nuevo desfase que ocurrió con el calendario juliano es porque este calendario midió que la vuelta de la Tierra al Sol es de 365 días con seis horas, cantidad que no es exacta.
La cifra correcta es 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Del año 325 a. C. al 1582 existe una diferencia de 1,257 años en los que, al aplicar el calendario juliano, se generó un desfase de 10 días.
Ante este inconveniente se determinó en el calendario gregoriano que, como regla general, existieran años bisiestos cada cuatro años con la excepción de los años múltiplos de 100. No obstante se determinó también que cuando los años bisiestos fueran múltiplos de 400 siempre serán considerados como tal.
Esta medición no es una solución definitiva, pues el calendario gregoriano tiene un desfase de 26 segundos cada año, por lo que se generará un desfase de un día cada 3,300 años. Esto implica que cada 3,300 años hay que hacer un nuevo ajuste para saber cómo acomodar en el calendario ese nuevo día.