Déficit de lluvias
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Tegucigalpa, Honduras.- El viento que soplaba lento y cálido del oriente jamaqueó las tostadas matas de maíz, ya estaban completamente secas y amarillas en una parcela de Alubarén, Francisco Morazán. Los agricultores no podían hacer nada más que sentarse a esperar el tiempo adecuado para cortarlas y volver a sembrar.
La sequía llegó como un tornado que todo destruye a su paso, no perdonó a nadie: pudientes, pobres, autoridades y expertos; todos se quedaron sin cultivos. No hay maíz ni para elotes y los frijoles tampoco lograron resistir al cruel calor.
El equipo de EL HERALDO Plus recorrió parte de los 75 municipios declarados en alerta amarilla por la Secretaría de Gestión de Riesgos y Contingencias Nacionales (Copeco), comprobando el terrible impacto que ha causado la falta de lluvia.
En abril se esperaban las lluvias del tradicional invierno de primera, pero ya transcurrieron cuatro meses de una larga espera que ha causado desilusión, tristeza, hambre y hasta llanto en Honduras.
4 meses
sin lluvias
llevan los agricultores del Corredor Seco de Honduras, debido al impacto del fénomeno de El Niño que ha dejado una fuerte sequía.
La escasez de agua no sólo acabó con la comida de miles de familias, también está matando al ganado, secando las fuentes de agua y generando una serie de enfermedades estomacales porque las personas calman su sed con estanques moribundos y ríos que apenas sobreviven.
La crisis se siente en cada municipio: no hay agua; las hojas secas de las milpas crujen como papel de aluminio al arrugarse entre las manos.
En los corredores de las sencillas viviendas de adobe, la gente permanece con la mirada perdida, pensando, día tras día, qué habrá de comer.
Sobre un costal rojo, don Pablo Euceda colocó un bulto de mazorcas (se ven tullidas, pequeñas y con pocos granos). “Pensaba que iba a sacar unas tres cargas de maíz, pero ni cinco libras salen de esto, todo se perdió”, lamentó el agricultor, mientras mostraba la débil cosecha que pondría al sol.
En una calle polvorienta, tras subir una loma entre árboles de mango y ciruela, estaba una de las parcelas donde don Pablo intentó cultivar este año.
Pero todo era una calamidad. Las plantas crecieron, sí, pero no dieron cosecha. Lo que debió convertirse en un elote no era más que una tusa seca que escondía un jilote sin granos, desnudo, como una mazorca sin dientes.
“¿Qué le pasó a sus cultivos?”, preguntó EL HERALDO Plus. “Se perdieron por la sequedad, no hubo lluvia desde abril, tampoco en mayo, solo el último de mayo cayó un aguacero”, comentó el hombre, mientras mostraba un olote —el corazón de la mazorca— que no desarrolló y, a la vez, lamentaba que “no echó nada de grano, es el puro olote esto”.
La población en el Corredor Seco, es decir, municipios y departamentos afectados por la escasez de lluvia y la pobreza, está preocupada: dependen de lo que producen de la tierra para sobrevivir.
La mayor parte de la población de estas zonas comen todos los años gracias al maíz y los frijoles de cosechas familiares, tanto en la siembra de primera como de postrera, pero a inicios de este agosto la comida se agota. La sequía fue la culpable de su fracaso.
En cada casa visitada manejaban el mismo precio de una carga de maíz: entre 1,800 a 2,000 lempiras. La única salida es buscar otro trabajo, sacar un préstamo o pedir dinero a sus familiares en las ciudades para comprar los granos que no se pudieron cultivar.
Santos Pérez, primo de don Pablo, reconoció que sabían con antelación que la sequía golpearía con fuerza, pero tampoco tienen otras opciones. “Es cierto que la sequía ya la anunciaban, pero como nosotros no tenemos otro trabajo, hicimos la siembra y no se logró nada”.
Recordó que algunas lluvias cayeron el 26 de mayo y luego en los primeros 15 días de junio, después se volvió a parar el ciclo. “Ese fue el fracaso para que no hubiera cosecha, la única salida ahora es que a la gente, los familiares le echan la mano, porque la esperanza de que van a recoger cosecha ya no hay”.
En la misma propiedad, los primos sembraron frijoles, con el anhelo de producir para el consumo propio, no comprar ajeno, pero nada dio resultado. Santos se agachó, cortó unas vainas para desmembrarlas y sacó unos cuantos granos que no terminaron de crecer. “Lo vamos a recoger para ver si sirve de semilla”, expresó.
La crisis se extiende por varias zonas de Honduras, incluso a pocos kilómetros de la capital. “Ya no hay esperanzas de nada, la cosecha se perdió y de eso es lo que sobrevivimos acá, la agricultura es el único trabajo que hay, de eso comemos”, expuso Ángel Rivera, un agricultor de la comunidad de Los Magos, Sabanagrande, al sur de Francisco Morazán.
Cuando el equipo de EL HERALDO Plus llegó a su vivienda, Ángel estaba pensando en cómo resistir hasta la próxima cosecha y en qué comerían él, su esposa y su perro, “Capitán”.
En la cocina, las reservas ya se habían agotado: no había comida y ni siquiera el fuego ardía. Para mostrar los estragos de la sequía, se puso el sombrero y caminó hasta la milpa.
Las plantas apenas crecieron; muchas no alcanzaron ni un metro de altura. Algunas todavía conservaban el verde y trataron de germinar, pero en lugar de mazorcas sanas, entre ellas aparecían gusanos verdes.
Su esperanza era cosechar unas cinco cargas de maíz para preparar tortillas y tamalitos, y guardar una parte para sostenerse hasta la siguiente siembra.
Pero esta vez no logró cultivar nada.“Necesitamos ayuda, comida, semilla y fertilizante para volver a sembrar en la postrera”, solicitó.
Los ríos de menor caudal en Francisco Morazán, El Paraíso, Choluteca y Valle no han logrado sobrevivir al inclemente verano. En sus cauces apenas quedan piedras grises y lisas, arena reseca y polvorienta y, en algunos puntos, pequeños represamientos donde el ganado llega a beber.
Práxedes García, un hombre de 72 años, de manos callosas por el trabajo en el campo y la piel curtida por el sol, contó que sembró 12 medidas de maíz, pero todo se quedó en guate.
"Si hubiera caído aunque sea un par de tormentas, hubiéramos probado los elotes, pero este año no hubo, que sea la voluntad de Dios y de las autoridades de este país", expresó.
Práxedes vive en la aldea Monte Grande, Sabanagrande, Francisco Morazán, donde los agricultores perdieron sus cultivos y ahora deben caminar largas distancias para conseguir agua en arroyos ubicados en las montañas.
Las quebradas están completamente secas, muy distintas a otros años, cuando incluso era posible pescar chacalines, camarones pequeños y grandes. “Todo se perdió por falta de agua”, lamentó Práxedes.
Unos kilómetros más adelante, cerca de Nueva Armenia, un grupo de familiares se afanaba en cortar las matas de maíz que apenas lograron crecer. No produjeron ni una sola mazorca, pero al menos servirán como alimento para el ganado y ayudarán a evitar que las vacas mueran.
EL HERALDO Plus comprobó que la crisis que enfrentan los habitantes del Corredor Seco es dramática. Los cultivos se perdieron casi por completo y algunas familias aprovechan las pocas mazorcas que alcanzaron a brotar unos cuantos granos para alimentarse.
A su alrededor, enormes parcelas permanecen áridas. La fe está puesta ahora en que termine la canícula, regresen las lluvias y puedan volver a sembrar para intentar cosechar en la postrera.