“Ya no tenemos nada”: Lloran del hambre en el Corredor Seco

Los fogones permanecen apagados, los silos donde se almacenan los granos están vacíos y los platos siguen limpios porque no hay comida. La hambruna comienza a acechar a miles de familias en el Corredor Seco de Honduras

  • Actualizado: 19 de agosto de 2026 a las 23:00

Tegucigalpa, Honduras.- Una pregunta simple bastó —”¿Qué van a comer si no hay cosecha?”— para que doña María Concepción Aguilera rompiera en llanto. Mientras tanto, en la cocina, una niña amasaba la harina y el fuego comenzaba a avivarse para preparar la cena. Había apenas un poco de frijoles parados; solo faltaban las tortillas. Tendrían que racionarlas para que alcanzaran hasta el día siguiente.

El hambre se sufre en silencio. La sequía arrasó con todo: el agua, el maíz, los frijoles y los pocos empleos que se generan en el Corredor Seco de Honduras. Algunos lloran, mientras otros buscan cómo conseguir dinero para comer, pero todos claman por ayuda por igual.

El equipo de EL HERALDO Plus recorrió los departamentos y municipios más afectados por la inclemencia climática, comprobando una escena de devastación: silos vacíos, hogares sin maíz, frijoles ni sal. Ni el café se siente igual; es amargo porque el dinero no ajusta para comprar azúcar.

La cosecha de ciruelas comienza a brotar, por lo que los cipotes corren a buscar un puño de sal para condimentarlas y comerlas, intentando calmar el hambre por momentos. Otros caminan largas distancias para conseguir un poco de frijoles y maíz prestados o fiados para poder comer.

La pequeña que amasaba la harina, al ver las cámaras de EL HERALDO Plus, salió corriendo de la cocina. La invadía la pena de mostrar la miseria que golpea su hogar: viven en una casucha que apenas se mantiene en pie y, gracias a su abuela, doña María Concepción Aguilera, han logrado sobrevivir.

Los ojos de la señora, de unos 60 años, se aguaron. Volteó el rostro y se cubrió con las manos. “No le puedo decir más”, expresó. Se quebró. Lloró desconsolada. Después de unos segundos, respiró y reveló el calvario de su vida: “Nosotros sufrimos acá, nadie ve por nosotros”. La mujer sabe que conseguir comida es cada vez más difícil, sobre todo cuando no hay cosecha.

En su casita, ubicada en El Junquillo, Coray, Valle, ya no hay hombres que puedan cultivar la tierra. Su esposo murió a causa de complicaciones relacionadas con la diabetes hace unos seis años; a dos de sus hijos los mataron y ella quedó a cargo de tres nietos, luchando cada día para que no les falte qué comer.

Sequía destruye cultivos y consume fuentes de agua: "Ya no hay esperanza"

La tarea no es fácil. Doña María Concepción está preocupada porque sabe que la sequía ha devastado los cultivos. Cuando el campo devuelve su cosecha, algunos conocidos comparten alimentos con ella o puede comprarlos más baratos. Ahora, en cambio, hasta toman agua del río porque el presupuesto no ajusta para comprarla embolsada, confesó con pena.

Sus hijas lavan ropa ajena y, de lo poco que ganan, le envían dinero para que compre comida. De vez en cuando hay pescado y pollo, pero lo comen en pequeñas raciones para que alcance.

Sus nietos también sienten la calamidad que atraviesa la familia. En esta vivienda, donde no hay camas ni muebles, duermen en hamacas agujereadas. Uno de ellos la miraba con una tristeza profunda; calladito, abrazaba un palo de madera que sirve para sostener el techo.

Las gallinas cacarean del hambre y han dejado de comer por falta de comida.

En el Corredor Seco, las gallinas no cacarean por la llegada del amanecer, sino por hambre. Aquí las aves tampoco ponen huevos porque comen poco; los perros ladran despacio y en tono bajo, y el desfile de sus cuerpos esqueléticos evidencia la necesidad de comida en este cinturón de miseria.

Se acabó la reserva

Producir una parcela de tierra implica un tiempo de espera de hasta cuatro meses. Se invierte en semillas, fertilizantes y extensas jornadas de trabajo. Los agricultores procuran almacenar alimentos para los meses sin lluvia, en un ciclo que se repite cada año.

El problema surge cuando la naturaleza rompe ese pacto. Entonces comienza la sinfonía de la calamidad: los fogones dejan de arder, los estómagos crujen de hambre y los niños callan por el dolor. La necesidad se vuelve crítica, insostenible y urgente.

Durante el recorrido, el equipo de EL HERALDO Plus comprobó que la pérdida de los cultivos es mucho más que cálculos y estimaciones. En la mesa de cada uno de los miles de hogares que dependen de la complicidad entre la lluvia y la tierra se siente la falta de comida. Los ancianos adaptan su estómago a lo poco que hay; los niños piden de comer a sus padres, quienes callan ante la impotencia de tener que decirles “no hay”.

Los niños son los que más sufren por la crisis alimentaria en el Corredor Seco.

Leocadio Hernández habita en la comunidad de El Jobal, Texiguat, El Paraíso, al oriente de Honduras, una de las zonas golpeadas por el verano prolongado. Con tristeza, Hernández confesó que “sembré con fe de sacar el maicito (maíz), pero ya nos fue mal, las cosechas se secaron, ya no tenemos nada”.

El hombre es padre de cuatro hijos: un varón de 7 años y tres niñas de 9, 12 y 16 años. Todos piden comida, pero a él no le queda más que decirles la verdad: se quedaron sin alimentos porque no llovió. “Este año no tenemos nada”, susurró.

" Aquí necesitamos apoyo, que nos ayuden, porque no tenemos nada, ni trabajo”
Leocadio Hernández, agricultor

“¿Cómo va a hacer?”, le consultó EL HERALDO Plus. Con los ojos llorosos, don Leocadio contó que busca trabajos para ganar un poco de dinero y comprar comida. Sin embargo, el problema amenaza con convertirse en un ciclo peligroso: tampoco hay oportunidades de empleo. A veces, don Leocadio trabaja apenas un día a la semana; su paga: 150 lempiras.

“En este momento no tenemos comida, ¿y de dónde? No he trabajado”, expresó. Contó que ese día únicamente pudo saciar el hambre de sus hijos con arroz blanco. Por hoy es lo único. Aguantarán hasta el día siguiente, esperando en Dios, dijo, que logren conseguir algo más.

Leocadio Hernández, se preocupa todos los días para alimentar a sus hijos.

Con los ojos humedecidos y angustiado porque los días parecen cada vez más difíciles, lanzó un llamado de auxilio: “Aquí necesitamos apoyo, que nos ayuden, porque no tenemos nada, ni trabajo”.

En la mayor parte de las cocinas, los trastes están vacíos y las ollas solo conservan tile pegado. En los fogones ya no arde el fuego y, en los estantes donde debería haber alimentos, solo queda polvo. Los silos suenan huecos: las reservas se acabaron.

Toca comprar

El momento no solo es trágico porque escasean los alimentos, sino también porque no hay dinero para comprarlos. Los hombres no encuentran empleo y, en el Corredor Seco, la agricultura es el principal sustento: sin lluvia, el trabajo desaparece. Las amas de casa, por su parte, buscan la manera de mantener con vida a sus animalitos.

Doña Elsa Marina Osorto vive en Los Tablones, Alubarén, Francisco Morazán, donde la sequía no da tregua. En este departamento, más de 200 mil personas se encuentran bajo inseguridad alimentaria aguda, según proyecciones de la Unidad de Seguridad Alimentaria de Copeco.

Doña Elsa logró reunir 75 lempiras para comprar una medida de frijoles, pero no todo sería para la familia: una parte debía repartirla entre las gallinas. Para ella, sus dos hijos y su esposo compró harina de maíz y una libra de frijoles por 40 lempiras.

“Sería bueno que viniera una ayuda con comida, porque todos nos hemos quedado sin nada, se perdieron las milpas y las cosas están caras en la pulpería”, expresó la mujer mientras observaba cómo las aves domésticas tragaban cada grano.

EL HERALDO Plus comprobó que los cultivos se perdieron en la mayor parte del Corredor Seco.

Donde quiera que se visite, la crisis se palpa. Rodolfo Montoya, habitante de la comunidad de La Chorrera, Sabanagrande, Francisco Morazán, recolectaba leña en un potrero rodeado de cultivos secos. Miró al cielo, sin señales de lluvia, y aseguró que “aquí todo mundo le va decir que no hemos cosechado nada, estamos en la peor pobreza”.

Para el hombre de 64 años, el problema es que la gente vive de lo que siembra y suele apoyarse entre sí. Esta vez, sin embargo, poco pueden hacer unos por otros: las pérdidas han sido generalizadas porque la lluvia no llegó.

75

Municipios

están bajo alerta roja por sequía, mientras que en alerta amarilla quedaron 71, y en alerta verde 88 municipios, haciendo un total de 234.

En otros años, durante los primeros días de agosto, la gente ya estaría levantando la cosecha de maíz y frijoles. Esta vez, todo está perdido. “Estamos esperando que Dios nos conteste en la postrera”, sostuvo.

Carolina Oseguera, habitante de Coray, Valle, dijo que la crisis ya comienza a sentirse con fuerza y que muchos pobladores de la zona sobreviven gracias a las remesas que les envían familiares desde Estados Unidos para comprar comida.

“La siembra de primera no dio, se secó todo porque no llovió, por eso ya no hay comida, los más pobres lo que hacemos es qué comemos dos veces al día, necesitamos alimento y ayuda para sobrevivir”, expresó.

Mapa: ¿en qué alerta se encuentran los municipios de Honduras por sequía?
Las cocinas están vacías, sin comida y muchas veces solo toman café con pan.

El presidente de la Asociación de Agricultores Independientes de Soledad, El Paraíso, Germán Palma, afirmó que la situación de los productores también es caótica y que muchas familias se encuentran en extrema pobreza. “Los cultivos se fueron para abajo, los ríos y quebradas están secos, necesitamos ayuda del gobierno, esto es una calamidad”.

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Yony Bustillo
Yony Bustillo
Periodista

Periodista de investigación graduado en la UNAH. Con formación nacional e internacional en transparencia, acceso a la información pública, autorregulación de los medios, periodismo de investigación y de datos.