Propinaba puñetazos con la misma furia que el hambre lo azotaba.
Ahí estaba Crisanto Meléndez en el Parque Central de San Pedro Sula como joven rebelde que hizo de boxeador para ganar cinco lempiras por pelea y casi disputa unos juegos olímpicos sobre el ring.
No se avergüenza de esos tiempos de mozalbete inquieto que le hizo de pinto y conductor de camiones. Durante casi 20 años negó su cultura, incluso dejó de hablar garífuna afectado por una infancia dura en que fue “negreado” hasta el hastío.
Pero le puso punto final a los efectos del racismo y decidió reivindicar su sangre hasta convertirse en uno de los estandartes de su pueblo. “Yo saqué del anonimato la cultura garífuna”, dice con orgullo.
Crisanto Meléndez es el director del Centro de la Cultura Garífuna (Garinagu) que recibe a EL HERALDO en su oficina, adornada con la figura de guerrero negro Satuyé, para hablar de sus logros y desventuras.
¿Cuándo conoció el racismo?
Hice mi educación primaria en Tela, en donde sufrí las primeras actitudes de racismo que no entendí porque en la comunidad garífuna todos somos hermanos, primos, parientes y no nos “negreamos”.
¿Qué tipo de actitudes racistas tenían contra usted?
Bueno, empezaron a “negrearme”, que es un sentido de exclusión, porque nuestros padres garífunas nunca le dicen a uno que hay que decirle a usted hombre blanco o amarillo.
Eso me creó mucha confusión y hasta yo quise ser un hombre blanco para que la sociedad me aceptara.
¿A qué edad quiso ser blanco?
A los 16 años, yo no entendía, quería rechazar mi ascendencia garífuna y me negué a hablar mi lengua garífuna, negué mi cultura, mis valores.
¿Por cuánto tiempo se negó?
Hasta como los 20 años.
¿Qué hacía en esos actos de negación?
Me sustraía, estaba como un elemento superpuesto en mi cultura que no quería aceptarla. Mi familia no me decía nada, pero esas situaciones me pusieron contra la pared. En la escuela nunca me hablaron quien era yo y ni en el colegio ni el la universidad le explican eso.
¿Cuándo superó esa etapa?
La superé ya estando aquí en Tegucigalpa, siempre tenía la costumbre de sustraerme de mi ambiente natural y me metí al Ejército, estuve en la Fuerza Aérea Hondureña.
¿Fue piloto?
No, quise se piloto pero había que ser bachiller, pero yo solo era soldado, eso fue en los 60.
¿Combatió en la guerra del 69 contra El Salvador?
No combatí, pero en la guerra contra El Salvador yo estuve en el frente, se usó el código de guerra en la lengua garífuna. Fui el primero que llegué con camiones a Alianza (Valle) con un camión de alimentos. Ya me había salido del Ejército y trabajaba en la Secretaría de Caminos.
Otra de mis andadas fue cuando fui a los Juegos Olímpicos de México en 1968, porque fui boxeador, fui boxeador por hambre.
Pero no pude competir porque cuando tocaba pesarme, yo fui (categoría) medio ligero, los dirigentes no estaban y no pude pesarme, fue una lástima porque yo estaba seguro de que iba a ganar una medalla de oro.
Cuando le digo que fui boxeador por hambre es cierto, porque peleaba en el parque por 5 lempiras y me tocaba dormir en el parque, eso fue allá por los 60.
Cuando me vine de San Pedro Sula para Tegucigalpa ya era famoso bailando, pero antes, yo tuve un sueño y eso hizo que buscara mis raíces.
¿Qué soñó?
Soñé preguntándome quién era yo, dónde estoy y por qué estoy acá, porque me sentía rechazado y escondido. Desde ahí, trabajé con danzas garífunas y este es el resultado de 50 años, haber rescatado del anonimato la cultura garífuna.
El abogado Lino Álvarez decía que tenía una organización afrohondureña acá, él dejo de dirigirla y yo tomé el poder, fui quien preparé al Estado un proyecto para un festival garífuna que se realizó en el marco del carnaval de La Ceiba y se hizo el primer festival garífuna, eso fue en el 72 en La Ceiba. A los negros nos decían morenos cabezas saladas y yo cambié ese concepto por garífuna. Hice un proyecto en el Ministerio de Cultura, estudié en Caracas musicología, coreografía y foclore para aplicarlos en la cultura garífuna, fui en el 70 y en el 80.
El Estado aceptó mi proyecto y se hizo una investigación en las 36 comunidades garífunas de Honduras para asegurar lo que yo planteaba sobre la historia garífuna.
Y así el cuadro garífuna se convirtió en el Ballet Nacional Garífuna.
¿Y le tocó sufrir racismo en ese trabajo?
Siempre hubo racismo, hubo mucho problema con un ministro de Cultura que no nos quería dejar salir porque se comentaba que para qué iban a dejar salir negros a Europa y se pensara que en Honduras solo había gente negra, pero no le paramos bola y seguimos trabajando.
Con el tiempo nos ayudó y ahora somos embajadores de la cultura mediante decreto ley, tenemos pasaporte diplomático.
¿Está casado, se divorció?
¡Ja ja ja ja! Tengo ocho hijos, no soy casado, estoy soltero y solo he estado en unión libre. Dos hijos míos están en el Ejército de Estados Unidos, una muchacha está en Alemania y otros son garífunas.
Yo pude irme a Alemania, la mamá de mi hija trabajaba en la GTZ (Agencia de Cooperación Alemana) y me pidió que me fuera a Alemania, pero le dije que no porque aquí soy Armando Crisanto y allá sería un negro más.
¿Por qué no ha sentado cabeza con un hogar, esposa, hijos?
Tengo una señora madre de 89 años que la estoy atendiendo y creo que cuando me falte... Ahora tengo la cabeza bien asentada ¡ja ja ja ja! lo que pasa es que en la cultura nuestra nosotros no dejamos a los viejitos en casas de asilos, nosotros los cuidamos.
¿Ha tenido intenciones de casarse?
¡Ja ja ja! Bueno, eso de casarse fueron cosas que trajeron los españoles.
¿Le tiene miedo al matrimonio?
Bueno, yo no estoy de acuerdo que hay que ir a firmar un documento, eso es mentira, si tenés amor, ahí no hay papel que valga.
¿Con cuántas mujeres tuvo hijos?
Ay, Dios... vamos a ver ¡ja ja ja! Con cuatro. No he sido mujeriego, mucha gente cree eso. La gente puede creer eso porque tengo muchas amistades extranjeras y pueden creer eso. Mucha gente cree que soy tunante y no (al fondo se escucha el ummmmmm con el que su hija desaprueba la respuesta de su padre, y Crisanto estalla en risas).
¿Su hija dice que no es cierto?
No, y yo voy a la cama con una mujer intelectualmente ¡ja ja ja! no voy como macho a la cama.
¿Cómo se puede ir con una mujer a la cama en el plano intelectual?
¡Ja ja ja ja! es que una vez en Europa había una mujer que me cae muy bien y ella casi me escupe la cara y me dijo que primero la conociera como persona y luego como mujer.
¿Ha sido responsable con sus hijos?
Sí, no se los niego a nadie. A todos les he ayudado.
¿Con Ashanty fue responsable?
Sí, yo conocí a la madre en la Embajada Americana, en esos tiempos de loquera de uno de adolescente, tuve que ver con la mamá de ella, no era una cuestión seria. Yo sabía que la mamá había quedado embarazada, la anduve buscando, la anduve buscando y ella me fue a buscar con la niña cuando Ashanty tenía cuatro años y no me encontró. La vine a conocer cuando ella tenía 13 años, pero yo andaba buscándola a ella.
¿Por qué fue tan difícil ubicarla?
Sí, porque ella se había ido para Olancho y El Paraíso. La encontré, le dije que era su padre, la apoyé, ella se quedó aquí (Tegucigalpa), pero me falló en los estudios y le dije que tenía que trabajar en el Ballet Garífuna para que se ayudara con los estudios y ahí esté ella, como una mujer de temple.
¿Cómo fue su relación con su padre?
Que buena pregunta esa. A mi padre no lo conocía y lo conocí ya mayor de edad.
¿Cuándo lo conoció?
Cuando vine de estudiar de Caracas, mi mamá me había hablado de mi padre, quien la dejó embarazada y él se fue como polizonte para Estados Unidos. Supe que se había casado allá, me puse en contacto con él, conseguí la dirección y yo tenía las ganas de decirle a alguien papá porque mi mamá se puso bien los pantalones con nosotros.
Fui a Nueva York, mi papá trabajaba dejando pertrechos a Vietnam, y no lo encontré, pero en una segunda oportunidad sí lo encontré y platicamos con él bastante y no le reclamé nada a él.
¿Cómo fue esa primera plática con su padre?
Para mí fue duro porque yo decía que cuando nos miráramos en el aeropuerto nos íbamos a dar un abrazo y le iba a decir papá, y así no fue. Él me dijo “ajá, ¿cómo estás?” y yo quería darle un abrazo. Entonces yo le dije que lo único que le pedía era que me diera la residencia y me dijo que sí, pero que yo pagara el abogado para los trámites, que cuando regresara a Estados Unidos tenía que vivir ahí seis meses, no viví con él ese tiempo porque él viajaba mucho y ya murió en el 97.
¿Lloró su muerte?
Sí... Yo no me quejo de la vida, yo no soy violento, no he peleado en la calle, no tengo problemas con nadie.
Hay costumbres en la cultura garífuna que unos entienden como brujería, ¿cómo define usted esas costumbres?
La brujería es un término que usa la gente ignorante porque cuando llegaron los españoles acá mataron a mucha gente porque el indígena siempre tiene medicinas naturales, pero cuando llegaron los españoles, como tenían La Biblia en la mano, dijeron que eran herejes y mataron a todas las curanderas porque no entendían que con hierbas se podía curar.
¿Le han hecho alguna brujería a usted?
¡Ja ja ja ja! A mí nadie me puede embrujar, eso lo tengo bien claro porque estoy bien ubicado, aunque los abuelos lo aconsejaban a uno cómo protegerse de las influencias espirituales.
¿Usted cómo se protege?
Yo tengo un espíritu bien fuerte, no se me pegan espíritus burlones.