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'Que nadie venga a preguntar por qué no te describo, esperanza”

Una poesía que desde la intuición y desde la intimidad resplandeciente de la pérdida, dialoga con el mundo nuestro de cada día. Hay transparencia en sus poemas y su yo poético, sutil y real, conversa sin esconderse

15.02.2014

Pocas miradas sobre la ciudad son tan hondas y memorables como las que nos entrega la poesía de Mayra Oyuela. Se trata de volver a otra esencia, más real, actual y sutil.

Digo sutileza lindando con un universo poético donde el lenguaje se entreteje con la experiencia plena y surge un diálogo que indaga instantes, dudas, pérdidas, y quizá sea la pérdida la que cala más fuerte en ese diálogo, la que horada y señala en el mapa íntimo de la poeta, esas cosas que todos amamos porque no nos pertenecen: la ciudad, el amor, una estación donde se dijo adiós, el papel que una vez elevó el viento ante nosotros.

Digo sutileza y no delicadeza, pues lo sutil gusta de agudizar con profundidad las cosas, y la sutileza de la poesía de Oyuela cumple su misión en la transparencia del poema: no usa un lenguaje rebuscado, un yo poético que conversa sin esconderse y que cuando se sustrae nos lleva de la mano, cierta inquietud narrativa y, sobre todo, la percepción que hablar de algo es necesario en cuanto que el poema deja ser espacio del poeta y es espacio de todos, es la voz que permite las voces.

Sus formas poéticas son simples, las construcciones verbales lindan con el coloquio cotidiano pero se encabalgan en laberintos casi surrealistas; sus poemas son imágenes puras, rondan el simbolismo y la alegoría y en ello no hay un afán retórico ni artificioso, sino una base mucho más trascendental y es la capacidad intuitiva de la poeta para poseer los instantes valiosos de la vida. Es esa intuición, vital, íntima y resplandeciente que sirve de crisol al poema.

INSPIRACIÓN

Cuando Oyuela insiste en la ciudad, sus poemas son sencillamente memorables; pero la ciudad de Oyuela en cierto modo es nuestra y en cierto modo no lo es: es la ciudad fugaz apenas atesorada en un chispazo, en un rumor; una especie de máquina del capitalismo que muele la memoria individual y colectiva; es una ciudad pérdida, alienada, fantasma, aunque en ella se planifique en este momento el próximo crimen, se limpien los muros de la protesta, nazca un niño o se borre de los archivos la vergüenza pública del señor burgués oloroso aún al humo de la traición.


Lo otro es que la ciudad de Oyuela es poética en cuanto a la forma en que sobrevive y no por su existencia, pues Oyuela no nos da una descripción física de la ciudad, sino una honda mirada interior, la ciudad de Mayra Oyuela está adentro de ella, adentro de su más pura voz poética, adentro de las palabras secretas de la ausencia, adentro de la columna sucia de la esperanza, en los frisos mugrosos y vetustos que sobreviven en los acantilados del tráfico que bulle en la memoria de la creadora.

Y hay una fuerza en esta poesía: es el testimonio vivo, es la auténtica mirada del habitante. No recurre Oyuela a ser maldita para lograr la pose ya transitada por muchos en los temas urbanos, pues antes de ser maldita es poeta, una maldición que en su basamento primario es signo y brújula de los elegidos: se es maldito por vocación no por adquisición o falsa rebeldía.

La poesía de Mayra Oyuela desborda humanidad; en ella la furia es una necesidad que redime; la solidaridad es palabra que resguarda los pasos hacia ese posible encuentro con el otro; el amor es letal, aún así la poeta lo asume y arriesga sus límites más personales: el deleite y la pena. Una poética que sugiere instantes, relatos de deseos fosilizados y la lucha por su condición humana que salta entre las rosas y la carroña.

Su primer libro, “Escribiéndole una casa al barco”, es un retablo donde la inocencia sobrevive en el hastío de una ciudad donde la poeta señala ese otro decir que está en las palabras; en cierto modo la poesía interpreta y traduce el lenguaje del ruido, del afán, de la intemperie y de la desesperanza.

En un poema reciente, “Tranviaria”, la ciudad se ha borrado como paisaje, como objeto de observación: la poeta es la ciudad, la poesía es su voz y las voces, y convertida en tranvía, en línea férrea, en muro, en túnel, en afiche, en silencio, en dolor, transita las vísceras de Tegucigalpa “…con los puños cerrados en señal de auxilio y no de defensa/cerrados para llevar en ellos el resto de aire/que no supo caber en mis pulmones…”.

Pocas voces de la poesía joven hondureña guardo en mi memoria, entre ellas está la de la poeta Mayra Oyuela. Lo digo de otro modo: entre ellas está la voz de la ciudad de la poeta Mayra Oyuela.

Selección de poemas

RANVIARIA

Llevo al mundo como pendientes en mis orejas,

rozo con mis pestañas a los desconocidos,

beso manos de transeúntes

(hormigueo en los labios).

Qué alguien me aborde,

soy el metro que esta ciudad jamás conoció,

atrevidos en mí todos los años,

en mí el transcurrir,

en mí la palabra ventrílocua de cada estación,

en mí la espina y el diente que muerde la rosa de lo oculto.

Mis muertos no son sombras raídas en la luz.

Qué alguien me aborde,

sé cuál es el principio y el final de este cuento.

Qué alguien suba y se detenga en mí;

mis ojos son túneles que dan a cualquier lugar,

mis manos paredes para reposar en lo oscuro,

mis brazos sillones para que vengan a hacer el amor.

Roto ya todo lo íntimo en mí,

he de saberte andar, mundo,

con los puños cerrados en señal de auxilio y no de defensa,

cerrados para llevar en ellos el resto de aire

que no supo caber en mis pulmones.

En la imperfección está lo bello.

No necesito ser el poeta sino el poema,

la belleza está por encima de la lógica de cualquier poeta.

Necesito andarte despacio, camino,

no me detengo en el asombro de saber llegar, mundo:

en tus barrios, tatuadas están las paredes de calcárea sumisión,

en tus barrios fue donde aprendí a defender el descenso.

Soy el metro que esta ciudad jamás conoció;

en mí las volantes con fotos de desaparecidos,

en mí túmulos de palabras que alguien no supo barrer bajo la alfombra,

en mí el transcurrir.

Que nadie venga a preguntar por qué no te describo, esperanza,

yo hablo de esa otra belleza que no está en lo bello.

Abórdenme predicadores de la tarde,

zanates, pirueteros, estudiantes: no olviden el punzón

y escriban en la oquedad de mis vagones

teléfonos para citas de amor,

DJ, bartenders y todos con título de extranjerismo en su profesión,

suban carniceros del San Isidro, conserjes y putas,

albañiles vengan a devolver la sonrisa

a las princesas de los domingos.

Mujeres: describan con su carmín la caricia que no les tocó,

suban, fresitas de las High School, madres solteras, suicidas,

docentes, vengan a traficar perfumes traídos del Canal de Panamá.



Vengan a abordarme, en mí el transcurrir, todos los años,

el suspenso del que anda a tu lado, a pesar de su humanidad.



Sé quién soy,

basta una palmada en el hombro

y retorno a mis pies nauseabundos de sueños,

basta una palmada en el hombro

y retorno a mí,

al anonimato,

a la flatulencia, a la humana que soy.

¡Abórdenme!

soy el metro que esta ciudad jamás conoció,

vengan y calcen mis pies

ya que nunca podrán calzar mis zapatos.

AHORA

Ahora que todo es invierno

ahora que la melancolía corroe la escalera de lo incierto

ahora que fracasamos en lo íntimo

y el café fue ceniza fría

que llevaron en sus pies los astronautas.

Un almendro frondoso es mi memoria

anidada en él está toda la luz que nos habita.

Mi cuerpo aún es arena invicta

y sobre él

no existen barloventos

que disuelvan tus pasos.

Acá no existe el milagro del retorno

acá sólo la humedad de un tronco encallado

acá sólo el salitre pegado a las persianas

acá la brisa que lava tiernamente la barca que aprieta mis pulmones

acá todas las noches

un beso húmedo de laberintos

me cierra los párpados.

ESCRIBIÉNDOLE UNA CASA AL BARCO

Esta casa vuela,

su altura conjura un papalote

que se distorsiona a la distancia.

Esta casa es un mar

y un barco también,

donde crispados, salimos

a contemplar

los delfines más blancos de la locura.

Esta casa tiene un color, un nombre,

su capitán Morgan lanza de sus anzuelos

aurelianos peces,

espectros que devoramos

en lo profundo de los desvelos.

Esta casa barco se desliza

por las olas de una Tegucigalpa oscura

mientras humanos veleros,

navegan lento
dentro de botellas.