Hace veintitantos años esta era la ciudad de Pablo Escobar, con una tasa de homicidios anual que alcanzaba los 381 por cada 100,000 habitantes.
Pero la segunda ciudad de Colombia se ha convertido últimamente en un centro médico y empresarial con una población de 3.5 millones de habitantes y una naciente industria turística, donde el orgullo cívico ha sido intensificado por los nuevos edificios y plazas públicas y se ve ejemplificado por un eficiente sistema de tren subterráneo y de tranvías.
Vinculando a los barrios ricos con los pobres, impulsando el desarrollo privado, el sistema de tren subterráneo es para los residentes de Medellín un símbolo compartido de renovación democrática.
DURO PROCESO. La tasa de asesinatos, aunque difícilmente baja, es ahora de 60 por cada 100,000. La arquitectura por sí sola obviamente no responde por el descenso en los homicidios, pero tampoco son factores no relacionados. La arquitectura, aquí y en otras partes, actúa como parte de una ecología social y económica más grande.
Pero la historia de la evolución de Medellín resulta que no es ni tan halagüeña ni tan sencilla como los fanáticos de la nueva arquitectura lo describen. Se dice generalmente que es un triunfo para Sergio Fajardo, el hijo de un arquitecto que es el gobernador de la región y quien fue el alcalde visionario de la ciudad de 2004 a 2007. Impulsó una agenda que vinculaba la educación y el desarrollo comunitario con la infraestructura y la arquitectura glamorosa.
Lo que hace destacar a Medellín es la fuerza particular de su cultura de urbanismo, que actúa ahora casi como una tarjeta de presentación cívica. El nuevo alcalde de la ciudad, Aníbal Gaviria, pasó una hora describiéndome sus sueños de enterrar una congestionada autopista que corre a través de la ciudad, construir un tranvía eléctrico a lo largo de las laderas para frenar la extensión de las barriadas pobres, añadir un cinturón verde de edificios públicos a lo largo del tranvía, rehabilitar el Río Medellín y densificar el centro de la ciudad. Gaviria, diseñadores locales, empresarios y líderes comunitarios me dibujaron un panorama de una ciudad en la cual la violencia, mucha de ella debida actualmente a pequeños narcotraficantes, sigue siendo un problema y las victorias son frágiles.
No se puede empezar a entender el renacimiento arquitectónico de Medellín sin comprender el papel de EPM, Empresas Públicas de Medellín, que suministra agua, gas, servicios sanitarios, telecomunicaciones y electricidad. La Constitución ordena ofrecer agua potable y electricidad incluso a las casas en las barriadas ilegales de la ciudad, de manera que, a diferencia de Bogotá, donde los peores barrios carecen de comodidades básicas, en Medellín hay una red de seguridad. Más que eso, las utilidades de EPM (unos 450 millones de dólares al año) van directamente a la construcción de nuevas escuelas, plazas públicas, el tren subterráneo y parques.
Pero el mayor argumento es que el objetivo del gobierno debería ser ofrecer a ricos y pobres la misma educación, transporte y arquitectura pública de calidad.
De esa manera se incrementa la sensación de pertenencia”. La ciudad ha hecho grandes avances, después de todo, usando la arquitectura de vanguardia como catalizador. Pero aquí los arquitectos jóvenes presionan por soluciones aún más creativas. Es esta energía impaciente entre la generación prometedora, en una ciudad donde la gente ya toma en serio una mayor igualdad, la que parece prometer que el cambio continuará.