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Los extraños caminos de Dios

<p>Dicen que nadie se va de este mundo sin pagar las que debe. Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres a petición de las fuentes y para</br> proteger a los inocentes.</p>
06.04.2013

DENUNCIA. La anciana, una mujer de edad indefinible, de baja estatura, escasa de carnes, pelo cano, de piel trigueña, surcada de arrugas y apergaminada, con ojos hundidos, negros y tristes, sin dientes y apoyándose angustiadamente en los brazos delgados de un hombre relativamente joven, entró a las oficinas de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC), y la atendieron de inmediato.

Venía a denunciar la desaparición de su hijo mayor, un hombre de cincuenta y seis años, labrador, casado y residente en un caserío olvidado de Alubarén, a pocos kilómetros de la aldea donde ella vivía.

Dijo que lo vio por última vez la noche del viernes anterior, cuando fue a visitarla. Se despidió de ella a eso de las cinco de la tarde, se subió en su mula mora y se fue. Aunque iba borracho, se veía seguro de sí y sano. Habían pasado seis días y no aparecía por ninguna parte. La esposa, una mujer decrépita, enfermosa y perennemente triste, dijo que su esposo no llegaba a la casa desde el viernes anterior.

Que a eso de las once de la noche llegó la mula pero no había señales de él. Ella creyó que estaba por ahí esperando que se le pasara la borrachera, pero pasó todo el día siguiente, sábado, y no apareció. El domingo lo esperó en vano. Y así, hasta el jueves, día en que la anciana señora decidió venir a la DNIC a denunciar su desaparición.

DATOS. Dijo la señora que su hijo no tenía enemigos, que era un hombre solitario y que nunca salía de la aldea. Dijo que le extrañaba que hubiera desaparecido porque era un hombre de costumbres. De su casa al campo, del campo, a visitarla a la aldea, de aquí, a su casa de nuevo, y así fue siempre su vida. Era un buen hijo y estaba desesperada por lo que le hubiera podido pasar.

Eso fue todo. En la DNIC asignaron el caso a uno de los mejores detectives de Homicidios y este empezó a hacer su trabajo.

Nadie sabía nada acerca de don Cirilo. En el camino real que llevaba de la aldea al caserío no se encontró nada que indicara que se había caído de la mula y nadie encontró su cuerpo malherido. La mula estaba en la casa. Llegó a eso de las once de la noche, ensillada, y, a la mañana siguiente, la esposa de don Cirilo le quitó la albarda y la amarró debajo de un árbol de jícaro. No sabía nada de su esposo. Tampoco en el Hospital Escuela.

“¿Por qué no fue usted con su suegra a denunciar la desaparición de su marido?”

“Es que yo estuve en Tegus el lunes y el martes, y no teníamos dinero”.

“¿Qué estuvo haciendo en Tegucigalpa el lunes y el martes?”

“Fui a visitar a mi hijo Edmundo, al hospital”.

“¿Está enfermo su hijo?”

“Es que mi hijo está enfermo de sida, y fui a verlo al Tórax”.

“¡Ah!... Y, ¿qué edad tiene su hijo?”

“Veintiocho”.

“¿Le preguntó su hijo por su papá?”

“Es que Mundo no es hijo de mi esposo. Es hijo de mi primer compañero. Con Cirilo no tuvimos hijos. Yo creo que él no era fértil”.

“Pero él lo crió…, a Edmundo…”

“Sí, y a mi otro niño…”

“¿Son dos hijos?”

“Sí, señor, pero eran dos”.

“No le entiendo…”

“Es que perdí uno cuando era bien pequeñito… Solo tenía ocho años. Era el mayor”.

EN LA DNIC. El misterio de la desaparición de don Cirilo parecía no tener solución. La última persona que lo vio con vida fue su madre, su mula llegó sola a la casa y en el camino no se encontró su cuerpo ni había sido ingresado en algún hospital por si se hubiera caído y alguien quiso auxiliarlo. En la morgue tampoco había nada y no era posible que se hubiera esfumado.

¿Qué había pasado con él?

¿Había viajado de pronto sin avisarle nada a nadie?

¿Alguien lo asesinó en el camino a su casa y escondió bien el cadáver?

Si salió de la casa de su madre a las cinco de la tarde, ¿cómo era posible que la mula tardara seis horas en llegar a su propia casa cuando la distancia que separaba las dos casas bien podía recorrerse en menos de cuarenta y cinco minutos?

¿Alguien más vio a don Cirilo esa tarde de viernes?

¿Se detuvo en alguna parte en el camino a su casa?

Nadie lo había visto desde esa tarde, cuando regresó del campo, visitó a su madre, como todos los días, y se despidió.

¿Dónde compraba el licor don Cirilo?

En cualquier parte, pero nadie recordaba haberlo visto esa tarde.

¿Qué hacer, entonces? ¿Dónde buscar?

ENTREVISTA. El Instituto Nacional del Tórax u Hospital Cardio Pulmonar es una de las instituciones del sistema de salud de Honduras mejor administradas y donde se le brinda al paciente una atención verdaderamente humana, a pesar de las dificultades. Médicos, enfermeras, aseadoras, guardias de seguridad, cocineras, laboratoristas, trabajadores sociales, en fin, todo el personal del hospital trabaja unido con un solo objetivo: el bienestar del paciente. Como dice el doctor Emec Cherenfant, “para mí el paciente siempre es primero porque el médico es la última esperanza del que sufre, es el que lucha por él contra el dolor y la muerte, es un ángel de Dios para el enfermo y nada debe impedirle al médico entregarse de lleno para salvar su vida. Para eso se es médico”. Una filosofía que debería ser un segundo lema para doctores, enfermeras y para todo el personal de Salud.

EDMUNDO. Hasta el Hospital del Tórax llegaron dos detectives de Homicidios, a buscar un paciente de sida de nombre Edmundo.
Era un hombre que había envejecido a causa de la enfermedad, calvo, con los ojos hundidos en sus órbitas, los labios delgados resecos y llenos de heridas, los pómulos salientes, la piel pegada a los huesos y las manos esqueléticas llenas de llagas purulentas.

“Aquí no van a encontrar nada –les dijo a los detectives una enfermera, visiblemente molesta–, este hombre agoniza y deben dejarlo en paz sus últimos momentos”.

“¿No podemos hablar con él?”

“Ustedes pueden hacer lo que quieran, si es que no les remuerde la conciencia”.

“¿Sabe si vino a verlo su madre hace una semana?”.

“Sí; estuvo a principios de la semana pasada. Vino a despedirse de su hijo. Es tan pobre que nos pidió que lo enterremos nosotros porque no tiene dinero para llevar su cuerpo hasta Alubarén.”

Los detectives se miraron por un instante. Había dolor y rabia en las palabras de la enfermera. (Esta pidió que ocultáramos su nombre).

“¿Cómo adquirió el virus?”

“Imagínese usted”.

NADA. ¿Qué habían ganado con la visita a Edmundo? Nada. La desaparición de don Cirilo se volvía cada vez más misteriosa. ¿Qué esperaban encontrar en esa visita? Ni ellos mismos lo sabían. Aun así, estaban obligados a resolver el misterio. ¿De qué manera? Tampoco lo sabían. Entonces volvieron a la casa de don Cirilo.

LA VISITA. Era una tarde calurosa, polvorienta y seca. La esposa de don Cirilo estaba afanada en una piedra de moler y no los sintió llegar. Cuando los vio en la mita de su sala, no se sorprendió.

“Sabía que iban a regresar” –les dijo, luego de mojarse las manos y limpiárselas en el delantal.

“¿Por qué lo sabía?”

“Porque así son ustedes… Siempre vuelven… Siempre”.

“¿Ha sabido algo de su esposo?”

“Nada”.

“¿Ha hecho algo por buscarlo?”

“No. Si no está muerto ya va a volver”.

“¿Había desaparecido antes?”

“No, nunca”.

Dijo esto y le brillaron los ojos cuando uno de los detectives cogió de una especie de altarcito, adornado con flores frescas, una vieja fotografía que estaba alumbrada por una candela. El rostro se le volvió de piedra y avanzó hacia el policía como una fiera, le arrebató la foto y la puso de nuevo en su sitio.

“Eso no se toca, señor” –le dijo.

“¿Quién era él?”

“Mi hijo mayor”.

“¿El que perdió cuando tenía ocho años?”

“Sí; ese”.

“¿Cómo murió?”

Aunque estaba furiosa, sus palabras ya no eran agresivas.

“Me lo mataron”.

“¡Ah!”

“¿Quién se lo mató?”

“Un maldito que tiene que estarse pudriendo en el infierno”.

“¿Hace cuánto?”

“Hace veintidós años”.

“¿Hace mucho que está pudriéndose en el infierno el que le mató a su hijo?”
La mujer miró al hombre con ojos de fuego, apretó las placas hasta hacerlas rechinar y un ligero color rojo matizó la piel curtida de su rostro.

REGRESO. Los detectives tenían mucho trabajo en Tegucigalpa. Más de cien casos por agente era una carga que pesaba, y sigue pesando, en la mora investigativa de la DNIC, en detrimento de los intereses de la sociedad y de la confianza y credibilidad de la Policía Nacional. Dicen que hoy esa carga es mayor, a pesar de los esfuerzos del comisionado Abencio Atilio Morazán por darle respuestas efectivas a la población.

Sin embargo, los detectives estaban obsesionados con la desaparición de don Cirilo. Y ahora se hacían nuevas preguntas.

¿Se cayó de la mula don Cirilo en el viaje de regreso a su casa?

¿Regresó la mula realmente a las once de la noche, como decía la esposa?

Si nunca antes había desaparecido, ¿cómo era posible que don Cirilo se hubiera perdido en los dos kilómetros que separaban su casa de la de su madre?

Cuando regresó era de día, y si no fue a ninguna otra parte, ¿por qué tardó tanto la mula en regresar a la casa?

Suponiendo que don Cirilo se cayó de la mula a mitad del camino, a la mula solo le faltaría un kilómetro para llegar a la casa. Si se cayó y se desmayó, tuvo que despertarse en algún momento o alguien debía encontrarlo al amanecer. ¿Por qué no sucedió nada de esto? ¿Esperó la mula a que se despertara? ¿En qué momento decide el animal regresar a la casa? ¿Qué era, en realidad, lo que complicaba este misterio? ¿O quien?

HOSPITAL. Era tarde ya cuando los detectives regresaron al Hospital del Tórax. La mañana anterior había muerto Edmundo y varios amigos lo enterraron casi de inmediato.

“¿Tiene el nombre de alguno de sus amigos?”

La enfermera se mostraba hostil.

“No.”

“¿Cuánto tiempo estuvo Edmundo en el hospital?”

“Seis meses”.

“¿Sin salir?”

“Sin salir”.

“¿Cuántas veces vino la mamá a visitarlo en esos seis meses?”

“Dos”.

“¿Notó algo extraño en las visitas?”

“Algo que me extrañó, pero fue en la segunda vez. La primera, se fue llorando; en la segunda se notaba furiosa”.

“¿Está segura?”

“Es como le digo”.

“¿Supo usted por qué iba furiosa?”

“No sé. Solo sé que se estuvo con el hijo toda la noche y en la mañana se despidió…”

“¿Usted estaba de turno?”

“Sí”.

“Los vio conversando bastante”.

“Sí, bastante”.

“Y ella se fue furiosa…”

“Ya se lo dije. A mí me extrañó porque debía llorar en vez de encolerizarse…, supongo yo, y más que era la despedida”.

“¿Le diría algo grave Edmundo?”

“No sé”.

PENSAMIENTOS. Esa noche, los detectives le pidieron al director de la DNIC un vehículo, chofer y combustible. Regresaban a Alubarén, y más allá.

Asomaba el sol por las resecas montañas cuando llegaron a la aldea. En la casa de doña Carlota olía a café recién hecho. Tampoco esta vez se extrañó al verlos llegar. Les ofreció café, desayunaron huevos de gallina india con flor de izote, frijoles frescos y mantequilla, con tortillas recién hechas. Al finalizar, uno de los detectives se quedó solo con la señora.

PLÁTICA. “No quiero molestarla más, señora –le dijo–, ni crea que yo soy su enemigo… Solo quiero saber por qué lo mató… ¿Por qué mató a don Cirilo?”

La mujer se quedó en silencio por largos segundos, miró fijamente al detective y este notó un rayo de odio en sus ojos, y supo que iba por buen camino.

“Y dígame dónde lo enterró”.

La mujer movió los ojos por una fracción de segundo. El detective siguió con la vista fija en ella. Ahora la mujer estaba furiosa.

“Don Cirilo era el padrastro de sus hijos, ¿verdad? ¿Fue don Cirilo el que mató a su hijo mayor?”

La mujer dio un grito. El detective se estremeció.

“Usted es el diablo”.

El detective no dijo nada.

“Voy a decirle algo –le dijo, poco después–. La vaina del machete de su esposo está en la albarda, amarrado en el mismo lugar donde él la puso por última vez, pero el machete no está en ningún lado. Observé bien la casa y no vi nunca el machete. ¿Fue con el machete que lo mató? ¿Lo enterró con el cuerpo porque estaba ensangrentado? ¿Lo enterró en esa esquina de la casa?”

La mujer tembló.

“¿Qué va a hacer conmigo?”

“Contra usted nada, si me dice la verdad, pero contra el padre de su hijo, contra su exesposo, todo… Lo vamos a capturar y lo vamos a llevar a Tegucigalpa…”

La mujer rió esta vez. Su carcajada fue tétrica.

“Ahora dice que lo mató mi otro hombre…”

“Sí; no creo que lo pudiera hacer usted. Don Cirilo era alto, muy alto y fornido. No lo hubiera dominado usted ni así lo atacara por sorpresa. Alguien más tuvo que hacerlo y solamente su exmarido, con la complicidad suya, por supuesto…”

La mujer se sentó en un taburete.

“¿Cómo le mató al niño don Cirilo?”

La mujer esperó un largo tiempo antes de responder.

“Mis hijos eran niños, estaban pequeñitos cuando pasó la desgracia. El menor le disparó por la espalda al mayor, jugando. Cirilo tenía un rifle. Los niños lo agarraron. El tiro le deshizo el corazón y le salió por el pecho.”

“Pero no fue el niño el que disparó…”

“No, fue él, fue Cirilo”.

“¿Por qué lo hizo? ¿Abusaba él de sus hijos?”

“¿Cómo sabe usted? Solo el diablo puede decirle.”

“El niño mayor lo amenazó con que me iba a decir lo que les hacía… Esa mañana yo los dejé con él y fui a lavar a la quebrada… Él mismo me avisó de la desgracia. Yo le creí…”

“Hasta que Edmundo le confesó la verdad en la última visita que le hizo”.

“¿Cómo lo supo?”

“Usted le confesó todo al papá y este decidió castigar a don Cirilo, y usted lo apoyó”.

“Así fue”.

“¿Cómo lo mataron?”

“Con un pico y un solo machetazo. Se merecía más ese maldito…”

“¿Dónde lo enterraron?”

“Eso es algo que usted tiene que averiguar”.

“¿Allí, en esa esquina?”

La mujer sonrió.

“¿Qué orden tiene para llevarme presa?”

“Usted me confesó todo”.

“Yo no he abierto mi boca”.

“Vamos a capturar a su exmarido”.

“El los está esperando”.

FINAL. El exesposo de doña Carlota pasó mucho tiempo en la penitenciaría. Nunca le probaron nada. Se benefició con la Ley del reo sin condena. La Fiscalía nunca pudo sacarle palabra a doña Carlota. Los técnicos de Inspecciones Oculares escarbaron en la casa de la señora. No encontraron nada. Aún hoy, el cadáver de don Cirilo sigue sin aparecer. Dicen los detectives que doña Carlota murió hace dos años, triste y sola. Su exesposo sigue con vida. La mamá de don Cirilo murió de pena.

Dicen que la mula mora de don Cirilo murió de hambre, amarrada al tronco del árbol de jícaro. Los detectives están seguros de que los caminos de Dios son extraños y que su justicia siempre llega.