MERCEDES. La madrugada era fría, Mercedes había dormido poco y, como todos los días, tenía que levantarse antes de las cuatro para preparar el negocio y distribuir a las vendedoras en Tegucigalpa y Comayagüela. Tenía diez años de hacer lo mismo, desde que su esposo la abandonó con tres hijos pequeños, incluido uno parapléjico y, aunque había prosperado, estaba cansada y hablaba de retirarse algún día.
Una semana antes había cumplido treinta y ocho años y, a pesar de su vida de privaciones y sacrificios, Mercedes era hermosa y bonita, aunque su carácter cambiaba de repente y llegaba a volverse odiosa. Pero en el fondo era una buena mujer.
Su marido, su nuevo marido, un hombre diez años mayor que ella, era un hombre pasivo que desde hacía cinco años la convirtió en su esposa y le ayudó a criar a sus hijos.
Estéril como era, se conformó con los hijos de Mercedes y en todo ese tiempo actuó como un buen padrastro. Por ese lado, ella estaba satisfecha, aunque últimamente se habían distanciado. Quizá era una crisis pasajera, como en todo matrimonio. Pero Mercedes no iba a comprobarlo nunca.
ÉL. Jorge salió a su trabajo antes de las siete, su mujer estaba de mal humor y no le respondió cuando se despidió de ella. El bus se había llevado los niños al colegio y Mercedes se preparaba para otro día agitado en sus negocios. Jorge se había acostumbrado a aquella horrible rutina. Es más, ya no recordaba ni como era el cuerpo de su esposa y cada noche que pasaba la notaba más ausente.
Su cuñada, una mujer de treinta y cinco años, divorciada y con dos hijos, era, a veces, el paño de lágrimas del hombre. Pero aquella mañana, cuando le entregó el desayuno que siempre llevaba al trabajo, Mayra vio tristeza en los ojos de su amigo y sintió lástima por él. No volvería a verlo nunca más.
ELLA. El mercadito que Mercedes tenía enfrente de su casa abría todos los días a las ocho de la mañana.
La puntualidad en sus asuntos siempre fue la mayor virtud de la mujer. Hermosa, como era, salió de su casa, dio algunas instrucciones a su hermana, regañó a una empleada y salió a la calle, con la cartera al hombro y un manojo de llaves en una mano. No había dado diez pasos cuando una motocicleta se detuvo cerca de ella. En el acto, un hombre le apuntó a la cabeza con una pistola y le disparó dos veces.
Mercedes cayó al suelo, con la cara bañada en sangre. Dos balazos más, aunque ya no eran necesarios, le destrozaron el corazón. Eran las ocho y cinco minutos de la mañana, el sol ya estaba alto en el cielo y Mercedes estaba muerta. La moto desapareció sobre la calle de tierra y los testigos dicen que aquello duró menos de tres segundos.
LA LLAMADA. A las ocho y diez, el teléfono celular de Jorge empezó a sonar. Acababa de abrir el termo en el que su cuñada le puso el desayuno e iba con su taza preferida a buscar café. En las oficinas del gobierno siempre hay café, y suficiente tiempo para disfrutarlo. Jorge contestó. Por un momento se quedó de una pieza, como si lo hubieran clavado al piso, miró a su compañera más cercana con ojos desorbitados, dejó caer la taza, que se hizo pedazos en el piso, y soltó un grito, más bien un alarido.
Sus compañeros se asustaron. Por un segundo, Jorge los miró con la boca abierta, luego cerró los ojos y su piel se volvió transparente. Nadie pudo detenerlo cuando cayó pesadamente al suelo. El golpe fue seco, y una de sus compañeras dice que ella escuchó el crujido del hueso al romperse. Se refería al hueso del cráneo.
Jorge era alto y pesado. Su cabeza, recién rasurada, se estrelló con el filo de la grada, y quedó inmóvil. Un momento después, la sangre empezó a salir por la boca, los oídos y la nariz, burbujeante, caliente y espumosa. Las mujeres gritaron, algunos hombres corrieron y, los más valientes, se quedaron para ver morir a su compañero. El espectáculo no duró mucho. Jorge murió en pocos minutos.
En ese momento, su celular volvió a sonar, pero el aparato estaba en su mano derecha y nadie se atrevió a tocarlo. Era cosa de la Policía. Las llamadas se repetían con insistencia. El jefe de Jorge ordenó que nadie se acercara a él. Quien lo hiciera tal vez cometiera un delito. Así era la ley.
EL CELULAR. A las nueve y media de la mañana, Gonzalo Sánchez, con dos detectives de la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegó al Ministerio a reconocer el cadáver. No había vehículo disponible y Gonzalo prestó el suyo, había tenido una noche pesada y el trabajo lo resucitaba.
Jorge estaba frío y rígido, tendido sobre un charco de sangre seca. Tenía un ojo abierto, crispados los dedos alrededor del celular y la boca abierta, llena de sangre coagulada. Gonzalo lo observaba todo con frío detenimiento, como si estuviera en una escena de crimen que necesitara de todo su esfuerzo mental, y le dictaba notas a un detective que escribía rápidamente sobre un tablero. El celular de Jorge no dejaba de sonar.
Las llamadas y los mensajes se alternaban con frecuencia y Gonzalo se agachó para verlo.
“¿Alguien avisó a la familia?”, preguntó, con su voz suave y pausada. El jefe del departamento contestó de inmediato:
“Yo he estado llamando a su casa pero nadie contesta”.
Gonzalo separó los dedos helados y tomó el teléfono. Tenía treinta y dos llamadas perdidas, cinco mensajes de voz y trece mensajes de texto.
En ese momento entró una nueva llamada. El identificador mostró un nombre y un número: “El Perry”. Gonzalo arrugó la frente, se quedó pensando por unos segundos y tomó su propio celular. Cuando le contestaron, hizo una pregunta:
“¿Conocés a alguien al que le digan ‘el Perry’, algún pandillero, algún delincuente?”
La voz al otro lado tardó un momento.
“Sí, abogado, creo que sí. ¿Por qué?”
“¿Quién es?”
La voz de Gonzalo, aunque suave, siempre estaba cargada de autoridad.
“Perdone, abogado, si le urge, mejor entro al archivo. Espéreme un momento”.
Un minuto después, el hombre agregó:
“Abogado, ‘el Perry’ es un pandillero de la 18… Tiene dos órdenes de captura, una por homicidio y otra por lesiones graves… ¿Qué tiene?”
“Nada en concreto -respondió Gonzalo-, pero tengo un cadáver enfrente y a su celular lo está llamando alguien que tiene identificado como ‘el Perry’. Tiene treinta y siete llamadas”.
“¿Del mismo número?”
“Sí”.
“¿Qué piensa?”
“Voy a contestar la llamada, tal vez descubrimos algo.”
El timbre se apagó en aquel momento, pero casi de inmediato volvió a sonar. Gonzalo activó la llamada. Una voz airada le estremeció el tímpano:
“¡Put… raza! ¡Te estoy llamando desde las ocho! ¿Qué peps, men? Ya está hecho el trabajo… Queremos el resto de la lana… El Raker nos ordenó hacernos ped… del barrio por unos días… ¿Por qué put…s no me contestás el cacho? ¿O es que no tenés el biyuyo?”
Gonzalo sonrió, con esa sonrisa maliciosa que decía que estaba tras una buena pista, y cortó la llamada. ‘El Perry’ marcó de nuevo. Gonzalo tenía su propio teléfono pegado a su oreja derecha. Decía:
“¿Dónde opera ‘el Perry’?”
“En la zona de El Pedregal y La Guasalona, abogado. ¿Por qué?”
“Porque acaba de hacer un trabajo… y parece que es un trabajo especial. ¿Hay alguna novedad en esa zona?”
“No sé; tendría que averiguar. Lo llamo en un minuto”.
LA PAGA. Cuando Gonzalo terminó de escribir el mensajito en el teléfono de Jorge, el suyo empezó a sonar. La ranchera de Vicente Fernández no estaba a tono con la escena.
“¿Qué hay? ¿Tenemos algo?”
“Una mujer, abogado. La mataron en plena calle… Cuatro balazos de nueve milímetros. Los testigos vieron a dos chavos en una moto. Dicen que la estaban esperando…”
“¿Quién está en la escena?”, lo interrumpió Gonzalo.
“Fulano y Mengano”.
Gonzalo colgó y buscó otro número. El celular de Jorge no paraba de sonar.
“Hola, buenos días, ¿vos estás en La Guasalona?”
“Sí, abogado, ¿por qué?”
“¿Estás en el levantamiento del cadáver de una mujer?”
“Sí, aquí estamos. ¿Qué tiene?”
“Mirá, estoy en el levantamiento de un cadáver, el de un hombre que se cayó y se golpeó la cabeza en el filo de una grada… Al teléfono de este hombre lo está llamando ‘el Perry’, el pandillero de la 18 que opera en esa zona…”
“¿Cómo se llama el hombre?”
“Jorge Rolando Cruz”.
“Espéreme…”
“Mirá –lo detuvo Gonzalo–, yo contesté una llamada en el teléfono del muerto y ‘el Perry’ dijo que ya estaba hecho el trabajo y que querían la otra parte del dinero…”
“Espéreme.”
Pasaron treinta segundos.
“Jorge Rolando Cruz Monge, cuarenta y nueve años, alto, blanco…”
“¡Ese es! ¡Es el mismo!”
“Es el esposo de la mujer que mataron en la mañana… Se llamaba Mercedes…”
“¡La mató ‘el Perry’ por encargo del marido! –exclamó Gonzalo– ¡Hicieron el trabajo y ahora quieren que les paguen la otra parte del dinero!”
“¿Y el marido? ¿Qué pasó con él?”
“Dicen sus compañeros que iba a traer café para desayunar, que en eso recibió una llamada (seguramente en esa llamada le avisaron que acababan de matar a su mujer) pegó un grito y se desmayó… O hizo el que se desmayaba, para reforzar su coartada, pero calculó mal la caída, se golpeó la cabeza en el filo de una grada y se mató”.
“¿Y ‘el Perry’ no sabe eso todavía?…”
“No”.
“¿Qué hacemos?”
“Voy a contestarle, le digo que tuve atrasos y que le entrego resto del dinero en una hora. Voy a llamar a Pandillas para que manden dos agentes que lo conozcan, y a unos cinco de Capturas… Le vamos a caer encima…”
EL PERRY. La voz era amenazante. “El Perry” estaba furioso.
“¡Put.., man; ¿qué ped… con vos? Le dimos pa’ bajo a tu ruca y vos te estás haciendo el loco… ¿Qué te pasa, men? Queremos el billete porque nos pelamos del barrio, por mientras se enfrían las cosas… ¿Dónde te alucino?”
“Disculpame, es que me hice el desmayado cuando me dieron la noticia…, para cubrir las apariencias, vos sabés”.
“Ese es tu ped…, raza. Entreganos el billete… ¿O es que nos estás dando ñurda?”
“No, aquí lo tengo. Mirá, andate a la gasolinera de El Pedregal; allí te llevo el dinero”.
“No quedamos en eso, raza. La jura anda chiva y…”
“Es que tengo que estar en la casa, para que nadie sospeche de mí…, y ya perdí mucho tiempo…”
“¡Put..., men! Estos tratos así valen v… ¿En cuánto tiempo?”
“Veinte minutos; yo ya voy para allá…”
“No jugués conmigo, bato… Veinte minutos…”
“¿En qué andás?”
“En moto, con mi homie. Apurate”.
LA POLICÍA. El tráfico era poco, aunque los baches que adornan permanentemente la calle a la colonia El Pedregal hacían el tránsito lento. Los dos taxis avanzaban despacio y los hombres, ansiosos, se comunicaban por radio con sus compañeros. Solo Gonzalo conservaba la calma, y daba instrucciones desde el asiento del pasajero del doble cabina blanco, lleno de agentes de la DNIC, que cerraba la caravana.
“¿Dónde están?”, preguntó.
“Vamos por el supermercado…”
“¿Cuántos hombres?”
“Diez, en dos patrullas de la Preventiva”.
“Bien. Están en la gasolinera…”
“¿Hay contacto visual?”
“Sí –respondió Gonzalo–; están con la moto encendida y no se han quitado los cascos… Están armados…”
“¿Están seguros que son ellos?”
“No tan seguros, pero están esperando algo y tienen la moto encendida…”
“Bien. Estamos allí en menos de un minuto…”
“Nosotros también”.
LA GASOLINERA. Es una de las más antiguas de Comayagüela, sin embargo, su ubicación es privilegiada y su clientela es fiel. En ella, “el Perry” estaba esperando, con el casco puesto, la moto encendida y la enorme camiseta por fuera. Platicaba con su compañero, de pie frente al manubrio, y no sospechó nada cuando el primer taxi se detuvo detrás de una bomba.
Cuando vio que las patrullas de la Policía se detenían casi encima de él y que más de veinte fusiles Galil le apuntaban directamente, levantó las manos. En un segundo estaba en el suelo, con las manos dobladas a la espalda. Un detective le quitó el casco.
“¿Es él?”
Gonzalo no se bajó del doble cabina.
“Sí –le contestó el agente de la sección anti Pandillas–; es ‘el Perry’… El otro no lo conozco…”
“¿Tiene tatuajes?”
“No”.
“Bueno, eso ya no importa… ¿La pistola?”
“Pietro Beretta, nueve milímetros, de uso policial…”
“¿Robada?”
“Seguro, abogado”.
El Perry ya estaba de pie, con las manos esposadas hacia atrás. Sus ojos echaban chispas.
“¿Cuánto te pagó Jorge Cruz para que le mataras a la mujer?”, le preguntó un detective.
“¿Qué pasó con ese hijuep…? ¿Se me dio vuelta?”
“No, no se te dio vuelta. Él está muerto. Cuando le avisaron que habían matado a su esposa, se hizo el desmayado y se tiró al suelo, pero pegó la cabeza en una grada y se mató”.
“Vos me estás pajeando… Si yo hablé con esa basura hace media hora…”
“Con quien hablaste fue con alguien de la DNIC… Te citó en la gasolinera y por eso estamos aquí…”
Un agente de la sección de Capturas se acercó al pandillero, lo cogió de un brazo y le dijo: “Tenés derecho a guardar silencio...”. “El Perry” lo miró con ojos de fuego.
FIN. “El Perry” vive en una de las cárceles de Honduras. Se peseteó, esto es, se retiró de la pandilla y sus antiguos homies le dieron luz verde, o, lo que es lo mismo, lo condenaron a muerte. Está pagando una condena de sesenta años. Todavía es un hombre joven. Su compañero vive en la Penitenciaría Nacional.
La hermana de Mercedes dice que su cuñado sufría con su esposa, que esta se entendía con otro hombre y que le había comentado que quería separarse de Jorge. A Gonzalo Sánchez, uno de los criminalistas más prestigiados de Centroamérica y México, esto no le interesa. Hubo un crimen, él resolvió el caso y los criminales están presos, aunque uno está en la tumba.
Por desgracia, la Policía de Investigación Criminal perdió a uno de sus mejores hombres al permitir que Gonzalo Sánchez Picado se fuera de la Institución, pero así son las cosas en Honduras.