Crímenes

Selección de Grandes Crímenes: Quince años en el infierno

No había bondad en él, era la maldad pura. La más cruel e inhumana malignidad
01.10.2023

TEGUCIGALPA, HONDURAS.-LA DNIC. Don Raúl Lagos, maestro de profesión y caballero por naturaleza, es uno de esos Carmilla-adictos que tienen siempre de cabecera a diario EL HERALDO, y lee los casos con especial dedicación y con sumo deleite. Junto a su digna esposa y a su hija Iveth, ha sido fiel a esta sección desde sus inicios, y para él y su familia estas líneas sencillas, en agradecimiento y homenaje sincero, en ocasión de contar uno de los casos más impactantes que han sucedido en Honduras, y que demuestra que los fiscales del Ministerio Público, no es que tienen corazón de piedra, sino que la ley es dura, y ya que no pueden ablandarla, deben apegarse a ella al pie de la letra... A pesar de los momentos en que deben ser acusador, juez y verdugo.

Y es que, una mañana, a eso de las siete y minutos, una patrulla de la antigua Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) llegó a una casa en un barrio de clase alta en Tegucigalpa. Bajaron los detectives, y se abrieron camino entre los curiosos que ya llenaban la calle. Cuando se acercaron a la puerta del porche, les salió al paso un hombre maduro, alto y de porte señorial, que ya peinaba canas, y que tenía los ojos hinchados y rojos a causa de tanto llorar.

“Señores, -les dijo- solo les pido que alejen a los periodistas de aquí. Ya he hablado con algunos amigos de los medios de comunicación, y no le van a dar publicidad a este caso tan terrible; y les pido que actúen con algo de compasión...”.

Hizo una pausa, y agregó:

“¿Quién es el fiscal?”.

“Soy yo, señor” -dijo un hombre de unos cuarenta años, alto y delgado, y de buena presencia, que dio un paso hacia adelante entre los agentes de la Policía. El señor le preguntó:

“¿Habló con usted el fiscal general?”.

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“Me dijo que dirigiera la investigación de un caso especial, señor, y me dio ciertas indicaciones; pero no me dijo nada acerca de torcer la ley”.

“Creo que me ha malentendido, abogado; no es eso lo que le pido... Lo que deseo de usted es que, más que fiscal, sea juez... si esto es posible...”.

“Aunque no lo entiendo, señor, veo que hay desesperación en usted... y lo lamento mucho... ¿Podemos pasar?”.

El hombre se hizo a un lado.

“Por supuesto -dijo-; pasen, por favor, y perdonen... perdonen...”.

Llegaron más policías y, poco a poco, fueron desapareciendo los curiosos, aunque algunos esperaban en la acera de enfrente. Junto al hombre, estaban sus hijos, dos muchachos y una mujer, que también habían llorado.

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ESCENA

“El aire olía a sangre -dijo el agente de la DNIC que estaba a cargo, y que ya está retirado de la investigación criminal-; y olía a tristeza... Era una sensación extraña la que flotaba en el ambiente. La sala era enorme, había gradas que llevaban al segundo piso, amplias y cubiertas con una alfombra gruesa, y había cuadros en las paredes, pinturas, fotos, bustos, estatuas... Era la casa de un millonario...”.

Cuando los agentes, caminando detrás del fiscal, subieron al segundo piso, el hombre que los recibió en la entrada los llevó hasta la habitación principal, que era un cuarto enorme, con grandes ventanales, una cama gigante, mesas, cómodas, sillas que estaba volteadas en el suelo... y, en el centro, a unos dos pasos de la cama, que estaba toda revuelta, había una escena que los agentes y el fiscal no van a olvidar jamás. Era lo más grotesco que habían visto en su vida; y esto, que estaban acostumbrados a ver crímenes verdaderamente horrorosos.

Sentada en la alfombra que cubría toda la habitación estaba una mujer joven, no mayor de treinta y tres años, cuya belleza resplandecía a pesar de la angustia que se notaba en ella. Estaba desnuda, pero la cubría una capa de sangre casi de pies a cabeza. A su lado derecho estaba una niña de unos doce años, que vestía pijama y que también estaba manchado de sangre. Atrás de ella, estaba un niño, dos años menor que ella, sentado en la alfombra, que abrazaba por detrás a su madre, y en un pesado silencio. Y, frente a ellos, rojo, como envuelto en un manto hecho solamente de sangre fresca, estaba un hombre; o sea, el cuerpo de un hombre que miraba de costado hacia la salida; miraba con sus ojos muertos, en los que se notaba el terror que lo dominó en los últimos momentos de su vida.

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No se escuchaba allí ni un solo sonido, aparte del zumbido de algunas moscas que iban apareciendo, solo Dios sabía de dónde. La mujer miraba hacia adelante con fijeza casi catatónica, los niños tenían la cabeza baja, y su mirada estaba fija en el suelo. La sangre lo manchaba todo, y había un lago, literalmente, debajo del hombre. En una de sus manos, la mujer tenía todavía un cuchillo; un largo cuchillo de cocina, tinto en sangre, y que parecía fundido a la mano, roja también, como si se hubiera puesto un guante de ese color.

“Que nadie tome fotos” -ordenó el fiscal, con un nudo en el cuello.

“Entendido, abogado”.

Por supuesto, nadie que hubiera visto aquella escena, la iba a olvidar jamás. Y, aunque no tomaron fotografías de ella, quienes la describen no se contradicen en ningún punto. Sigue grabada en sus mentes como si estuviera sucediendo de nuevo ante sus ojos.

CASO

¿Qué era lo que había pasado allí? ¿Por qué había tal cantidad de sangre? ¿Por qué aquella mujer estaba desnuda? ¿Por qué sus hijos estaban junto a ella, manchados, también, con sangre? ¿Por qué aquel hombre dijo que había hablado con el fiscal general? ¿Por qué detuvo a los medios de comunicación? ¿Qué tragedia era aquella? ¿Quién podría explicarla? ¿Por qué la mujer no decía una sola palabra y su mirada estaba fija en un solo punto? ¿Quién había matado a aquel hombre?, y ¿por qué?

“Hija -dijo el señor del pelo canoso, hablándole a la mujer suavemente-, aquí está la Policía... Es necesario que hablés con ellos...”.

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La mujer levantó la mirada, una mirada perdida.

“Ya pasó todo, hija... Es hora de dejar esto atrás...”.

La mujer pareció cobrar vida poco a poco. Empezó a mover los labios, pero nadie escuchó lo que decía.

“Habla más claro, hija -le dijo el señor-; estos señores quieren escuchar la verdad de todo lo que pasó aquí esta mañana... No han venido a verte como a una criminal... Te lo aseguro”.

La mujer miró a su padre.

“Yo no quería, papá -dijo-; yo no quería hacer esto...”.“Yo lo sé, hija...”.

“Pero ya no soporté más...”.

“También lo sé...”.

El fiscal intervino.

“Señora, debe levantarse para que se lave... Y sus hijos también...”.

“Él era malo -dijo la mujer-; malo como la misma Maldad; cruel como el más cruel de los demonios... Y pensar que yo lo amé por mucho tiempo”.

“Todo eso lo podemos hablar cuando ya esté usted aseada, y se haya vestido -le dijo el fiscal-; y sus niños necesitan lavarse y cambiarse de ropa”.

“Lo maté -siguió diciendo la mujer, sin hacer caso de lo que le decía el fiscal. Era como si quisiera soltar algo que había llevado oprimido por dentro mucho tiempo-. Lo maté... No merecía vivir... No merecía que un hombre así siguiera viviendo, y haciendo el daño que nos hacía...”.

“La entiendo, señora”.

En aquel momento llegaron tres abogados. Se identificaron como los representantes legales de la mujer.

“Ella está confesando -dijo el padre, dirigiéndose a ellos-; y no quiere moverse de ese lugar...”.

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“Saquemos a los niños de aquí”.

El señor intervino:

“Hija, vamos a llevarnos a los niños para que se bañen y se cambien de ropa... Es necesario”.

“¿Y mamá?” -musitó la mujer.

“Ya viene, hija... En unos minutos estará aquí... Recordá que estaba visitando a sus hermanos en San Pedro; pero ya mandé por ella...”.

“Quiero ver a mamá”.

“Ya está por llegar”.

“¿Ya sabe lo que pasó?”

“No solo lo sabe, hija, sino que ella lo predijo muchas veces... Esto no podía terminar de otra manera...”.

“Yo quería irme, papá... Volver a mi casa... a la casa de ustedes... pero él no me dejó... Él me amenazó siempre...”.

“Lo sabemos, hija... Pero por ahora levantate de allí... dejá ese cuchillo, y dejá que las muchachas te ayuden a bañarte y a vestirte... Y a los niños...”.

“¿Ves lo que pasó, papá?”.

“Sí, hija; lo vemos”.

“No me importa la cárcel, papá... Ya me liberé de este monstruo...”.

“No digás nada más, hija, porque te hace daño... Aquí está el fiscal del Ministerio Público, está la Policía, y están tus hermanos... Aquí estamos todos los que te queremos, y juntos vamos a superar esto...”.

“Mis hijos, papá...”.

“Estarán bien... Te lo prometo...”.

La mujer bajó la cabeza. Lloraba sin lágrimas.

“Mis pobres hijos” -musitó.

“Dejá que se limpien, por favor...”.

La niña levantó la cabeza. Cuando la vieron bien, tenía un golpe en un pómulo, y el ojo medio cerrado a causa de la inflamación. Y, algo horrible: el pijama estaba desgarrado de la mitad hacia abajo, y se notaba su desnudez, aunque la cubría, en partes, una costra de sangre. El niño, detrás de su madre, se puso de pie. Tendría unos diez años, y era alto y bien parecido.

“Vamos, mamá -le dijo-. Ya es hora... Ya es hora...”.La mujer lo miró.“Perdón...” -dijo.

El niño sonrió.

El fiscal se acercó un poco a la niña. Llevaba en las manos una toalla blanca que, hasta el día de hoy, no sabe de dónde apareció. Se la dio a la niña, que se cubrió con ella. Una de sus tías le dio una mano.

“Vamos, mamá -le dijo la niña a su madre-. Ya pasó todo”.

En aquel momento se oyó un rumor en la sala. Un hombre pedía que lo dejaran pasar. Subió las gradas, y llegó hasta el cuarto principal. Entró, y se detuvo de repente.

“¡Dios mío! -exclamó, agarrándose la cabeza, y poniéndose blanco como el papel-. ¡Dios mío!”.

“¿Quién es usted, señor?” -lo encaró el fiscal.

El hombre esperó unos momentos antes de contestar:

“Yo... Yo... -exclamó, como si se sacara desde el fondo de su pecho un antiguo dolor-. ¡Yo soy el padre de esa bestia...!”

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA...