Opinión

¿Yo soy una cosa?

Uno de los ejemplos más patéticos de la indiferencia y falta de sensibilidad humana en este siglo es comparar a personas con cosas, propagandas o simplemente afiliarnos a un club o a una tarjeta de crédito.

Para no hacer publicidad remito las frases siguiente: yo soy azul, yo soy marca de ropa, yo soy tal candidato político; yo soy el banco x o simplemente, yo soy equipo de fútbol en vez de decir adquiero estos productos o soy cliente de tal agencia o simplemente pertenezco a determinada afiliación política o deportiva.

Salimos por la calle y en América Latina muchas personas son marcas o mantienen un vocabulario de película en vez de una buena composición o aunque sea un buen tema de conversación.

Muchos hondureños se sienten menos si no compran determinados celulares o no compran determinados atuendos y son personas más felices cuando se identifican comprando según las recetas del merchandising.

Al final, después de un poco de madurez o con el vencimiento que ofrecen los años, nos damos cuenta que esas cosas son en verdad banalidades sin sentido.

Entre los más afectados están los adolescentes, que prefieren no comer pero sí andar ropa y atuendos caros.

La pelea de muchas corporaciones y negocios del mundo ya no es vender sino crear adicciones como por ejemplo en los juegos de videos que su abuso eleva los niveles de dopamina como si fuera una droga y, más dramático, la adicción de jovencitas adolescentes a las cirugías plásticas.

El mundo no se va a acabar y es importante que los consumidores compren artículos con inteligencia, basados en necesidades y no basados en gritos de moda en plena recesión.

La cultura del consumo poco inteligente aparte de destruir economías, ya está destruyendo hogares por estereotipos ajenos a las tradiciones del hogar.