Opinión

Son otros tiempos. Poco vimos antes. No eran políticas de estado, ni pretendieron aparentar que lo fueran, las destituciones de funcionarios públicos por anomalías.

Desde simples faltas hasta delitos graves, personales y en el ejercicio de sus funciones, como práctica inveterada, se han dispensado y hasta premiado. Pareciera que hasta ahora imperceptibles pifias éticas o ilícitos graves han sido aceptados y cubiertos en una confusión que no puede entenderse, para evitar males mayores.

Como si no fuera peor la impunidad que ha estimulado la corrupción. Ningún castigo que disuadiera la falta de transparencia, ofensiva al límite que nos mantiene en semejante grado de vulnerabilidad y de atraso. No importa lo que creamos avanzar o lo que parezca elevar los índices, la realidad cruel es que nuestro nivel de desarrollo no corresponde a nuestro potencial. Injusticia grande. No se entiende, desde cualquier ángulo en que se identifiquen las consecuencias invariablemente tienen como eje transversal la impunidad. Y las causas: el liderazgo, equivocado o ausente, miope o insensato.

La eficiencia y la honra no han sido características de la función pública hondureña. No han sido necesarias. Y a nadie se ha castigado, todo lo ha arreglado el manejo mediático y el tiempo. De ahí que los servidores públicos excepcionales que muestren proactividad, cumplimiento de su labor más allá del deber y celo en el manejo de los recursos públicos, puedan ser tan valorados por la ciudadanía. Pero son otros tiempos. Da pesar la separación de distinguidos profesionales, unos apreciados amigos, por irregularidades. Por errores evitables. Pero cuánta esperanza.

¿Estaremos empezando a desandar la ruta del fracaso? ¿Se habrá iniciado el fin de la impunidad? Las acciones del Consejo de la Judicatura en la separación de jueces venales, los requerimientos del Ministerio Público por corrupción o por usurpación en votación legislativa, la determinación del Presidente de la República en la destitución de cónsules, unos insensibles al sufrimiento de nuestros inmigrantes, nos sorprenden y nos alientan. Les debe ser muy duro, más lo valoramos, por tratarse de correligionarios o cercanos amigos.

¿Se están alineando los liderazgos en consecución de una mejor Honduras? ¿Se volverá el rechazo a la impunidad una positiva política de estado? Cómo lo soñamos. Que así sea.

Tags: