Opinión

Sin educación no hay democracia

Concluyeron las elecciones en México y Egipto con acusaciones de fraude electoral. Así sucede en otros países de democracia recuperada o recién impuesta gracias a “primaveras” que nos llenaron de esperanza. Suelen ser noticia de primera en los medios de comunicación…

En más de cien países en los que la democracia no está firmemente instalada, las elecciones por poblaciones con un alto grado de analfabetismo, de resentimiento por la explotación y de falta de una autonomía económica elemental, no es raro que los resultados electorales sean contestados por los candidatos perdedores.

A pesar de contar con observadores de organismos internacionales, con controles y con la presencia de los medios, se niegan a aceptar los resultados y acusan al ganador de manipulación, de fraude, y convocan a las gentes a echarse a la calle.

El fino analista político y maestro del periodismo, Ben Yahmed, propone atacar de frente dos llagas propias del sistema político democrático. Es menester tener la convicción de que no se puede imponer un sistema que exige un cierto grado de educación y de bienestar básico a pueblos con valiosas tradiciones ancestrales que es preciso tener en cuenta. Es inimaginable la ignorancia de los líderes occidentales y de los clérigos en este tema.

La primera llaga consistiría en la recusación del sistema electoral por los perdedores, una vez asumido sin denuncia o abstención antes de comenzar el proceso y saberse perdedores. Saber ganar y saber perder es una de las asignaturas fundamentales del juego democrático.

En lugar de respetar las reglas, explotan su victimismo y acusan a los vencedores de disponer de más medios económicos, de fraudes y manipulación sin querer admitir que, además, no han sabido ganarse la confianza de los electores.

Por ello, es preciso denunciar la actitud de los opositores en tantos países del mundo, incluidos muchos de los occidentales.

Cuando la oposición pretende desalojar a un candidato instalado en el poder, sin coaligarse en una federación y unirse en torno a un buen candidato, el resultado está servido. Sin esa candidatura única, y divididos en múltiples banderías, no será fácil conseguir el cambio legítimamente.

Ahora bien, es preciso reconocer el enorme avance que se ha producido en los últimos años en el desarrollo del juego democrático. Perdernos en amplificar ciertos resultados en algunos países nos impediría analizar las causas.

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