La inseguridad, la criminalidad, la violencia y la impunidad continúan imperando en Honduras. Lo poco que en la práctica se ha estado haciendo para enfrentarlas no ha dado los resultados esperados ante una población angustiada.
Ni siquiera se ha logrado impedir que desde el mismo interior de las diferentes ramas policiales se sigan cometiendo delitos de todo tipo de delitos ya que continúan apareciendo cadáveres de jóvenes y hasta niños con claros signos de tortura, atados de pies y manos, y uniformados implicados en asaltos, asesinatos, narcotráfico y otros.
Pero no solo en la Policía, también desde el Ministerio Pública emergen pésimas señales. Una de ellas, solo para usar un ejemplo, es el caso de un subinspector de la Policía, expulsado de la institución a finales del año pasado, quien fue liberado, inexplicablemente, después de haber sido capturado junto a su cuñado y dos acompañantes más en un vehículo robado en el que se encontraron armas y cuatro pasamontañas y en el preciso momento en que daban persecución a otro vehículo, cuyos ocupantes acababan de retirar una fuerte suma de dinero de una institución bancaria. Solo a dos personas se el juez les dictó detención judicial ya que los fiscales no presentaron requerimiento fiscal contra el ex policía y su cuñado.
Este caso es especial, y debiera ser investigado a fondo, porque este mismo subinspector, acompañado del mismo cuñado, había sido capturado en mayo pasado, el mismo día del secuestro de Alfredo Villatoro, cuando se conducía en un vehículo que presentaba una abolladura que, según los peritos, coincidía con la altura y los rastros de la pintura del golpe que tenía el vehículo del posteriormente asesinado periodista.
Otro ejemplo, que desprestigia lo poco que se ha hecho en materia de depuración, es el del subcomisionado de Policía que fue capturado en el marco del vasto operativo contra los “narcos” montado por la Dirección de Lucha contra el Narcotráfico y a quien le fueron decomisados en su residencia más de 200 mil dólares en efectivo.
Pues resulta que el comisionado en mención ya había pasado las pruebas toxicológicas y del polígrafo, lo que obliga a intensificar, acelerar y mejorar las llamadas pruebas de confianza a fin de limpiar a la Policía, al Ministerio Público y al Poder Judicial de las “manzanas podridas” que en vez de garantizar la seguridad ciudadana más bien se han pasado al lado de los delincuentes.