El fanatismo y fundamentalismo, sea de naturaleza política, racial y/o religiosa ha provocado, a lo largo de los tiempos, enfrentamientos y guerras entre pueblos y naciones, dejando secuelas que pueden perdurar por centurias, tal como lo atestiguan –en la actualidad- Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), India (musulmanes-hinduistas), Sudán (musulmanes-cristianos-animistas), la antigua Yugoslavia (católicos-musulmanes-ortodoxos), entre otros dramáticos ejemplos de rivalidades de corte ideológico y nacionalista.
Podría esperarse que en el inicio del segundo milenio de nuestra era, ya estarían definitivamente superadas esas conductas irracionales, viscerales, que incitan al odio y al maniqueísmo.
La pretensión injustificada de que una doctrina, etnia o nación es intrínsecamente superior a las otras, en un absurdo intento hegemonista-reduccionista, está en la raíz de los conflictos de ayer y de hoy.
Periódicamente, algunas personas y medios de comunicación europeos y estadounidenses atizan la hoguera del enfrentamiento incinerando libros, publicando caricaturas, videos y comentarios que ridiculizan al fundador del islamismo y a la ley islámica, la sharia, lo que provoca reacciones violentas en distintas partes del planeta donde residen comunidades musulmanas.
Es cierto que uno de los derechos humanos fundamentales es el de la libre emisión del pensamiento, pero también lo es que el mismo no puede ser abusado en perjuicio de terceros. La responsabilidad, la ética y el sentido común son las mejores defensivas y prevenciones para impedir la censura y añadir combustible a situaciones repletas de odio, intolerancia y sinrazón.
Suficientes problemas acumulados padece la humanidad: epidemias, hambrunas, desigualdades extremas en el acceso a la riqueza y las oportunidades, drogadicción y narcotráfico, calentamiento global y deterioro ambiental, armamentismo, violencia, crisis morales y financieras, como para que debamos agregar a este cúmulo de calamidades el fuego y el veneno de la confrontación irracional, de imprevisibles consecuencias, que polarizan aún más a un mundo de por sí dividido.
Los agentes provocadores y saboteadores de la tolerancia, el respeto y la mutua comprensión y convivencia pacífica, deben ser repudiados por su divisionismo y absolutismo, engendradores de las dictaduras y tiranías.
Si deseamos evitar las guerras fratricidas, la confrontación destructora, debemos desterrar, para siempre, la intolerancia y la irracionalidad de nuestras mentes y nuestros corazones.