Opinión

Por una iglesia comprometida

El Sumo Pontífice ha reunido en el Vaticano a una parte de la jerarquía eclesial latinoamericana para instruirles a efecto que se preocupen de problemáticas cruciales, tales como el narcotráfico, el comercio de armas, las desigualdades. Estas fueron sus palabras: “¿Como no preocuparse por las dolorosas situaciones de emigración, desarraigo y violencia, especialmente las causadas por la delincuencia organizada, el narcotráfico, la corrupción o el comercio de armamentos? ¿Y qué decir de las lacerantes desigualdades y las bolsas de pobreza provocadas por cuestionables medidas económicas, políticas y sociales?” (El Heraldo, 10/XII/2.012, p. 81).

Benedicto XVI es conservador en asuntos teológicos pero es poseedor de una gran sensibilidad producto tanto de sus lecturas como de sus viajes pastorales al Tercer Mundo, por lo que está al tanto de las agobiantes problemáticas que confrontan, ya no solo las naciones de la periferia pero también las otrora prósperas, en Europa particularmente.

Esta es la oportunidad esperada para que las cúpulas eclesiales en América retomen el sentido de compromiso que floreció a partir del II y III Conferencias de Obispos Latinoamericanos en Medellín (1968) y Puebla (1979) cuando florecieron la Teología de la Liberación y la opción por los pobres, con el respaldo de Juan XXIII y Juan Pablo II.

Lamentablemente, el conservadurismo fue ganándole terreno al activismo de las décadas de los novecientos setentas, y las jerarquías católicas fueron olvidándose de los marginados y explotados, para restablecer el tradicional acomodo con los poderes fácticos, civiles y castrenses.

Con ello legitimaron al orden establecido, que crecientemente ha ido acumulando más poder y riqueza con la adopción del paradigma neoliberal, incrementando así las abismales diferencias en ingresos y oportunidades entre las élites y los de abajo.

El retorno al tradicionalismo ha repercutido en la religiosidad popular, la que o bien se ha ido diluyendo o ha otorgado su lealtad a las iglesias protestantes, incluyendo las sectas fundamentalistas, que ademas de ofrecer consuelo espiritual también aportan ayudas materiales bajo la óptica del asistencialismo.

Por ello la exhortación papal, urbe et orbi, puede representar, de ser puesta en práctica, una nueva y necesaria toma de conciencia por parte de obispos y cardenales, hoy por hoy percibidos como aliados y beneficiarios del Estado, en una alianza nada santa.

Ojalá que ese sentido de urgencia transmitido por Su Santidad encuentre oídos y conciencias receptivas en las jerarquías eclesiales adoptando el hermoso verso martiano: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar”.