La obligada renuncia del Director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), general David H. Petraeus, ha puesto en evidencia lo sensitivo y vulnerable que puede resultar, en algunos países, el ocupar un elevado puesto, sea en la esfera civil, militar, eclesial, y el peligro de involucrarse en relaciones pasionales-sentimentales extraconyugales.
Cuando se mezclan, pueden desencadenarse desde conflictos de interés hasta el final no honorable de una carrera pública, en el proceso hiriendo a una o a ambas partes o incluso a terceras, de manera permanente en sus consecuencias.
Sobre todo en Estados Unidos, en donde el código de conducta militar sanciona el adulterio y en donde coexisten los vestigios de un puritanismo con el libertinaje al igual que los estilos de vida alternativos, periódicamente salen a luz más casos de conducta no ética que en otros países, provocados por prominentes personalidades, algunos de los cuales consideran poseer -en razón de su jerarquía y facultades discrecionales-, mayores márgenes de maniobra e incluso grados de impunidad para ubicarse por encima de la ley, olvidándose que ante ella debe existir igualdad en la observancia de las normas morales y jurídicas.
Recuérdese que el expresidente Clinton estuvo a punto de ser enjuiciado y destituido por el Senado por haber cometido actos impropios de su cargo con una joven internista, con el agravante de haber negado bajo juramento tal relación, por lo que enfrentó la acusación de perjurio.
También candidatos presidenciales han visto frustradas sus campañas al revelarse la comisión de actos lindantes con la deshonestidad, incluyendo la infidelidad.
A medida que se investiga este último escándalo que estremece a Washington, se informa que se está investigando, sin por ello cesarlo en sus funciones, al comandante de las fuerzas occidentales de ocupación en Afganistán, general John Allen.
En el escándalo Petraeus solamente hay perdedores: el que se vio forzado a dimitir, tras una destacada trayectoria en la carrera de las armas; las damas involucradas y los hogares afectados; la posibilidad -siempre presente- que se hayan filtrado informaciones secretas, lo que comprometería la seguridad nacional, algo descartado por el presidente Obama.
Así, llega a su fin un sórdido -y explosivo- caso en que se combinaron negativamente el poder, la política y el sexo, y en el que el prestigio de la principal institución estadounidense a cargo del espionaje, la desestabilización y la lucha contra el terrorismo foráneo quedó, una vez más, en entredicho.