Opinión

Lunares en la memoria

La vida llega, enseña cierta situación irregular, y con ese evento activa los resortes de la memoria extrayendo de sus cajas sin fin, de los desvanes del recuerdo, lo que ya no existe. Son ventanas abiertas, claraboyas de reflexión, experiencias que muestran cómo el ser humano repite errores y desprecia lecciones y cómo, en particular, el mundo aparenta que cambia pero en verdad se resiste a cambiar.

Debió ser por 1955 cuando unos tagarotes políticos de Tegucigalpa engancharon a mi padre para que hipotecara su casa e invirtiera en política. Se lanzaba a la palestra un aprendiz de brujo, el dictador Julio Lozano Díaz, que asumió la jefatura de Estado prometiendo ser “sol magnífico que a todos ilumina y a nadie quema” y para lo que instituyó su propia facción, el PUN (Partido Unidad Nacional), llamado pumpunero, y que concluyó orquestando fraudes monumentales durante las elecciones de 1956 y, por consecuencia, la más brutal represión que, con excepción de 2009, registran los tiempos modernos.

Don Julio pues, anciano hipocondriaco a quien terminaron odiando como sol que a todos quema y a nadie alumbra, asesorado por, entre otros, sus áulicos Hostilio Lobo, Andrés Rodríguez y Arturo Sagastume, insistió en imponer su capricho presidencial.

Con la plata de la hipoteca el coronel (de cerro) Pedro Escoto López, mi padre, alquiló a Confitería Salvadoreña un solar frente a su cómoda vivienda en barrio Palestina (Las Delicias luego, hoy Lempira), donde instaló, para el día de elección, en octubre de 1956, todo un plantel con fogones de leña, mozas de servicio, tortilleras, meseros, componedoras de horchata y refrescos de naranja agria además de, desde luego, cocineras y cocineros de tasajo, chorizo, arroz y frijol.

Se destazó por allí dos vacas, memoro, y varios cerdos de chillido largo y sangriento. Ni platos ni cubiertos, no alcanzaba para tal; bajo el sol ardiente los cristales de los frascos de chile mexicano intensificaban el sabor. Tras el sufragio los camiones traían campesinos votantes, el dedo entintado cual boleto de almuerzo gratis: obvio que Lozano ganó la mayor elección “masiva” hasta entonces conocida: 371 mil votos del PUN, 44 mil de opositores, farsa perfecta.

Jamás interrogué a mi padre sobre aquello, me hubiera abofeteado. Pero estoy seguro de que sus intenciones, al calibre de la época, se dirigían a conquistar al elector, no a sobornarlo. Su candidez ideológica respondía a cierta ética personal y le hubiera sido penoso aprovecharse del hambre ajena para ganar el poder. De hecho, tras cierto mediano desempeño burocrático se eclipsó y hundió en la soledad social, le sobraban escrúpulos para ser canalla político.

El ejército tumbó a Lozano, la casa se perdió y la familia empezó una nueva etapa de lucha y redención.
Cierta precandidata a alcaldesa acaba de hacer lo mismo este mes en Tegucigalpa pero creo que con viciosa intención. Convocó a los desheredados y les hurgó la miseria para que fueran un domingo a recoger una canasta de provisiones durante su lanzamiento municipal.

La gente escuchó cuatro torpes discursos y luego se volcó, decepcionada y ofendida, sobre el “regalo” y lo arrebató antes de concluir el evento. Un evento por cierto de engaño y simulación, de ofensa a la dignidad humana, tan grosero y vulgar que evidencia cuánto los políticos han perdido el concepto de su propia estatura moral.

Ajenos a lo visible piensan que las condiciones son las mismas del pasado, las del pueblo tonto y del espejito de conquista a lo Cristóbal Colón, como si el golpe de Estado no hubiera conmovido y seccionado drásticamente la conciencia nacional, forjando otro tipo de mente confrontativa. No se dan cuenta de que vivimos una era específica de subversión de baja intensidad, que acabará por volcarlos al precipicio.

Vanas palabras estas mías, quienes se autocondenan a insistir en el error, perecerán.

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