Cuando cayó el régimen de Hosni Mubarak, en Egipto por las revueltas de la primavera árabe, se pensó que con la elección del presidente Mohamed Morsi este país recobraría la estabilidad política, pero no ha sido así, aún los cambios, tanto en Egipto como en otros países del norte de África, son inciertos. De hecho, Egipto enfrenta de nuevo olas de protestas de los partidos de oposición, unidos en el Frente Nacional de Salvación contra el “decretazo” del 22 de noviembre, la suspensión del referéndum constitucional y la Asamblea Constituyente que redacta la nueva Constitución política e igualmente manifestaciones de respaldo al gobierno por parte de Los Hermanos Musulmanes que piden que se implante la charía.
La elección de Morsi, un miembro de la cofradía de Los Hermanos Musulmanes, como el primer islamista que asumió la Presidencia en Egipto, la nación más poblada del mundo árabe, no solo marcó un nuevo hito en la historia política egipcia, sino un presagio del poder que podrán alcanzar Los Hermanos Musulmanes en el mundo árabe.
Porque con Morsi Los Hermanos Musulmanes, una poderosa organización islámica fundamentalista, fundada por Hassan al Banna en 1928, tras 84 años de luchas entre la clandestinidad y la legalidad llegó al poder, la cual tiene una fuerte influencia política en varios países de África y Oriente Medio.
Un movimiento que basa su ideario político en el islam y que con Morsi en el poder aspira a transformar con la nueva Constitución política a Egipto en un Estado islamista donde impere la charía. Es evidente que desde que Morsi asumió la Presidencia su estrategia política ha sido la de consolidar el poder de Los Hermanos Musulmanes en todas las estructuras del Estado.
De allí la trascendencia del “paquetazo” de los decretos que promulgó en donde ninguno de los decretos o leyes sancionadas desde que llegó el poder no pueden ser revocados por ninguna otra institución del Estado. Una decisión con la cual se otorgó poderes dictatoriales por encima del aparato judicial y otros organismos estatales.
Además del dominio que tiene -a través de Los Hermanos Musulmanes- en la Asamblea Constituyente, planea aprobar una Constitución sin la participación de las fuerzas laicas, determinación que ha desatado la ira de los partidos de oposición que exigen la convocatoria de otra Asamblea Constituyente.
A raíz del polarizado panorama político que se vive en El Cairo, resulta oportuno hacer un comentario sobre el libro “Los Hermanos Musulmanes”, del periodista Javier Martín. Porque no se puede entender la complejidad política en Egipto sin profundizar sobre el papel que han jugado Los Hermanos Musulmanes en la política egipcia.
Una organización que nació bajo la tutela de Al Banna, uno de los líderes islámicos más influyentes en el siglo XX, y que en sus primeras décadas fue financiada por empresas estatales y utilizada como mampara por los gobiernos egipcios para combatir a los partidos de izquierda.
Una colectividad que fue clave en el ascenso al poder de Gamal Abdel Naser, pero la ilegalizó en 1954. Martín hace un interesante análisis sobre el papel que tuvieron Los Hermanos Musulmanes en la caída de Naser, al igual que el protagonismo que ejercieron en el ascenso de Anwar Sadat, un mandatario que fue determinante en su resurgimiento para neutralizar la influencia soviética y acabar con el naserismo.
Martín analiza las políticas que estructuraron Los Hermanos Musulmanes en las últimas cuatro décadas para consolidar una posición política fuerte dentro de la burguesía rica y educada, los sectores sociales y económicos de Egipto, al igual que la reorientaron de la maquinaria política y organizativa que les permitió convertirse en la principal fuerza opositora del régimen de Mubarak.
Pese a que sus líderes tuvieron un papel discreto durante la primavera árabe y las contradicciones internas que existen entre ellos, fueron los que mejor capitalizaron el descontento popular y el júbilo de la caída del régimen por su experimentada estructura política que ahora se ha puesto a aprueba.