En el verano de 1964 los radioastrónomos Arno Perenzias y Robert Wilson, de Estados Unidos, se aprestaban a explorar la Vía Láctea, cuando un ruido que parecía provenir del radiotelescopio comenzó a perturbar su trabajo.
Repasaron las rutinas del aparato, buscaron una y otra vez pero el ruido persistía, sin importar hacia dónde dirigieran las antenas.
Casi un año después publicaron su hallazgo sin intentar explicarlo.
Si hubiesen preguntado al jesuita Georges Lemaître, matemático, físico teórico, cosmólogo, que vivía en Lovaina, Suiza, su respuesta habría resuelto de inmediato el misterio.
Porque el ruido era producido por una radiación de microondas que recorre el universo desde su nacimiento.
Esa era la evidencia final, incontrastable para la ciencia, de que Lemaître tenía razón cuando en 1927 anunció que el universo se expandía a partir del instante de su nacimiento, llamado “big bang” dos generaciones después.
De manera que la prueba final de la teoría cumple 50 años en 2014, en tanto que su anuncio al mundo por su descubridor, el padre Lemaître, cumple 87 años.
Perenzias y Wilson recibieron el premio Nobel de Física en 1978 por su descubrimiento accidental, que aún no entendían cuando lo informaron a la comunidad científica. Fue un premio a la casualidad.
Dos años después moría Lemaître, quien en los años 20 del siglo pasado descubrió el origen del universo y su expansión mediante un análisis matemático que Einstein llamó “el más brillante”.
Pero Einstein no creyó en la teoría de Lemaître sobre la expansión del universo, hasta que conoció las posteriores observaciones telescópicas de Hubble que no dejaron dudas.
¿Por qué no hubo Nobel para Lemaître, ni reconocimientos proporcionales a la magnitud de su obra, a su prodigioso talento matemático, a su indiscutible integridad científica?
Esta columna trató estos temas el 15 de abril de 2005, en su artículo “El día que no tuvo ayer”, conmemorativo del quincuagésimo aniversario de la muerte de Einstein.
Hay un momento en que la Teoría de la Relatividad de Einstein se encuentra con la Teoría del Origen y Expansión del Universo de Lemaître, porque la segunda es consecuencia de la primera.
Como decía aquel artículo, Einstein supo que sus ecuaciones implicaban un origen para el universo, que no era eterno y que se expandía desde el momento en que nació.
Pero, a la sombra abrumadora de la matemática de Newton y de su concepción de un universo eterno y estático, optó por la lealtad a su gran maestro.
Por eso tardó tanto en reconocer las teorías de Lemaître, al menos en parte.
El citado artículo comenta la lucha tenaz de Lemaître para que científicos y académicos escucharan sus argumentos, a pesar de la incredulidad de la mayoría y la hostilidad de no pocos.
Comenzando por Einstein, temían que quisiese colar la idea de la creación en medio de sus ecuaciones y teorías.
Y en efecto, Lemaître pensaba que si el universo se expandía, era porque alguien lo había echado a andar.
No podía ser otro que Dios, opinaba, buscando un espacio común entre la ciencia y la religión, como habían intentado Santo Tomás de Aquino y Theillard de Chardin.
Nadie disputó nunca la integridad científica de Lemaître.
Ni nadie podría tampoco disputar su integridad religiosa, cuando extrajo conclusiones teológicas de la Teoría de la Relatividad.
Siempre proclamó que buscaba acercar a la ciencia con la religión, que ambas son parte de una misma verdad, creada para que el hombre entienda mejor los propósitos ulteriores de Dios.
Esas candorosas declaraciones le costaron la hostilidad del establecimiento científico, que todavía guarda cuanto silencio puede respecto a la contribución de Lemaître al entendimiento del universo.
Es de esperar que el mundo revalore la propuesta de Lemaître, de propiciar un encuentro de la ciencia con la religión, no para dilucidar temas insolubles sino para buscar solución a los problemas que hoy arriesgan la vida de la especie y de la naturaleza.
Debe haber una manera para que los hombres de fe y los de razón colaboren en ese empeño salvador. Hace 87 años Lemaître ya la buscaba.