El 14 de junio, los medios electrónicos anunciaron que las conversaciones entre Grecia y sus acreedores internacionales habían culminado, después de tres días, “sin ningún acuerdo”. Se explicaron como razones “diferencias significativas”. El jefe de la Comisión Europea indicó que no obstante este nuevo fracaso en las negociaciones, el diálogo debería continuar. Las posiciones de las partes lucían irreconciliables: Grecia vivió momentos de angustia, rabia e incluso tuvo un referéndum (el primero después de uno de los años 70 en que los helenos abolieron la monarquía) en el que casi 2/3 de su población respaldaron la posición firme de su primer ministro de no aceptar las condiciones de Bruselas.
Un mes después, Grecia aceptó finalmente la propuesta europea “con ligeros retoques”, según los analistas. Un tercer rescate orientado a evitar la bancarrota y la salida del euro será posible gracias a que los griegos acataron prácticamente el 100% de la última oferta europea, comprometiéndose a hacer distintas concesiones fiscales y en gastos. Para llegar a este punto, se experimentaron diversos momentos y posiciones de fuerza, discusiones, desencuentros, que luego de una necesaria e indispensable negociación, concluyeron con un acuerdo que varios creyeron improbable.
Así pasa con los diálogos y las negociaciones. Transcurren por distintas etapas: la del desconocimiento del otro (a veces descalificación), las posiciones de fuerza, los acercamientos, las rupturas o entendimientos parciales, hasta alcanzar –si se logran superar las “muestras de buena voluntad” y pasar a la voluntad eficaz- consensos y acuerdos. En el caso de la crisis griega, hay quienes consideran que la decisión del gobierno de Alexis Tsipras equivale a una claudicación –dado el discurso y gestos que le antecedieron-, pero hay quienes valoran sobre ello la posibilidad que tendrá el país mediterráneo de acceder a un rescate y sobrellevar la gravedad de su situación económica. Dadas las circunstancias, el asumir una posición de firmeza y dignidad, apelando a la solidaridad continental, no solo revelan el carácter del joven líder de izquierdas, sino su pragmatismo y sentido común.
Lo ocurrido en Europa solo fue un nuevo capítulo de una larga historia de diálogos y acuerdos para superar crisis y conflictos, en la que también sobran trágicas experiencias de ausencia de entendimiento y apertura, que condujeron a graves desencuentros y conflictos. En nuestra región y país también tenemos buenos ejemplos de lo uno y de lo otro.
Conocidos por nuestra proverbial capacidad de lograr acuerdos y consensos -a veces con características de imposibles-, la nación hondureña ha sabido sortear complejas coyunturas gracias al buen tino y sensatez de sus liderazgos políticos y sociales. Aunque no siempre se logró (guerras civiles y golpes de Estado nos lo recuerdan), lo esencial -el dialogar- siempre sirvió para salir avante.
A la vista del ejemplo griego y nuestra propia historia, dialogar y encontrar acuerdos, a pesar de las diferencias, no solo es posible sino indispensable.