Aunque los datos publicados sean todavía incompletos, las líneas generales del proceso electoral ya no variarán más que en detalles y algunas personas.
Hay que reconocer la tenaz vigencia de los partidos tradicionales, que dominaron la escena con 76% de los votos.
Es claro que no habrá cambio político sin contar con el Partido Liberal (PL) y el Partido Nacional (PN).
El PN es el más votado, algo tan indiscutible como inexplicable.
El PL paga por segunda vez la factura electoral de su pecado: haber abandonado sus ideales para adoptar percepciones rurales que congelaron su ideología y sus liderazgos.
Hay una lección especial para Libre, cuyos resultados quedaron muy debajo de sus gloriosas expectativas, que confunden las marchas callejeras con la decisión política de las mayorías.
Pero los votos miden y valoran. Descontada la actitud mesiánica de algunos líderes de Libre, sus resultados demandan una reflexión abierta y cuidadosa.
En su primera contienda, Libre obtuvo 24% de los votos totales, cifra ni siquiera soñada en décadas por aquellos partidos que siguen sumergidos, porque nunca emergieron. También es evidente que la tradición política no podrá ya, ni deberá, desconocer la presencia de Libre, que pasa a ser otro jugador en el tablero político.
Si no fuese así, el PL, que, contra su historia, obtuvo apenas 32%, de los votos generales, habría llegado a más de la mitad con los votos que Libre le restó.
Aún queda el 44% del PN, nota formidable si se considera el desempeño del gobierno nacionalista, abundante en desatinos y criticado por la opinión pública.
Además de formidable, ese porcentaje es inexplicable, porque las obras legislativas y municipales de los dos precandidatos nacionalistas, mayoritarios, han sido escasas y cuestionadas por líderes notables del propio PN. Si se proyectan los votos presidenciales como probables resultados de los partidos en 2013, el PN ganaría con 40% de los votos, frente a 32% del PL y 24% de Libre.
Tal proyección requeriría unidad interna de los partidos, algo más probable en el PN que en el PL.
Es conocida la afinidad política compartida entre el yanismo y Libre, centrada en el caudillo de la resistencia.
También son previsibles las dificultades de una alianza entre el yanismo y el villedismo.
Además de alcanzar la unidad interior, ambos partidos deben remozar su plataforma ideológica, abrir espacios a la juventud, comenzar la sustitución generacional, depurar sus filas de corrupción.
Los resultados de Libre deben abrir los ojos. No son gloriosos como sus infladas pretensiones, pero tampoco tan bajos como esperaban sus adversarios.
Las primarias han confirmado una sospecha en la que Libre no ha querido ni pensar: ningún partido logrará mayoría en el Congreso para imponer su voluntad, como antes creyó la resistencia.
Es decir, las posibilidades de convocar una constituyente -canción de amor para el presidente del Congreso, y canción de cuna para la Resistencia- son ahora casi nulas.
Antes bien, surge la oportunidad para impulsar, entre todos los partidos, una reforma constitucional profunda, que provea los cimientos jurídicos para las transformaciones que reclama Honduras.
Esas reformas son además necesarias para aclarar y alivianar un poco la densa atmósfera de intolerancia al cambio que ahoga al país, y que lanza a la juventud al abandono, a las drogas y al crimen.
Creo que la lección más importante es una de largo plazo: precandidato contra precandidato, una mujer derrotó a los cuatro líderes más votados de los partidos Liberal y Nacional. Doña Xiomara recibió 24% del total de votos, contra 21% de Hernández, 18% de Álvarez, 17% de Villeda y 14% de Yani.
Una cuarta parte de los electores es una demostración de fuerza política que sería peligroso ignorar. Es obvio que esos resultados no se logran sin una aceptación clara de los seguidores y un liderazgo que hasta ahora era desconocido.
Se dice que doña Xiomara intenta distanciarse de los extremismos y pensar por sí misma.
En resumen, las primarias reiteran que ha pasado la época de los regímenes de partido y de grupos cerrados. Que se repite la hora de concertar, y compartir con responsabilidad, entre todos, la magna tarea de reconstruir nuestra nación.