Personas de manos y rostros curtidos por los elementos gastaron los pocos centavos que tenían y viajaron a la capital, desde lejanos lugares, para acompañar a familiares y amistades de Ángel Alfredo Villatoro. El testimonio fue compartido por su admirable compañera de vida al dirigirse a la comunidad que los abrazó cariñosamente en el servicio religioso póstumo.
Camino al camposanto, gente sencilla y pobre salía al paso del cortejo, portando en sus manos fotos de aquel a quien, días atrás, solo identificaban por su firme y convincente voz. No lo conocían personalmente. Nunca le habían estrechado la mano ni cruzado palabra con él. Pero estaban ahí, bajo el sol, despidiéndose de “su amigo”, enjugándose lágrimas nacidas del corazón.
Esta semana, sus colegas periodistas, marchando hombro a hombre con anónimos ciudadanos y ciudadanas, han unido sus voluntades para demostrar que la vida y nuestras libertades no son lo que las reiteradas noticias banalizan ni lo que las estadísticas esconden en fríos informes.
Un par de semanas antes, otro tanto, a lo largo y ancho del país, se mantuvo en vilo y esperó ansioso el anuncio de buenas noticias –que no llegaron–, lloró en silencio cuando se conocieron las más terribles y expresó su indignación al conocerse los viles detalles.
¿Quién era y qué hacía Villatoro para producir esta oleada de sentimientos variados –cariño, dolor, rabia, solidaridad– que han dejado un profundo impacto en tantos seres, de variopintas características, orígenes y formas de pensar?
Leamos el pensamiento de Villatoro, tal y como él lo dijo un 14 de febrero de 2009, a este mismo diario, para comprender un poco: “¿En qué radica el éxito de un periodista? (le preguntó el entrevistador). Villatoro respondió: “Pues esencialmente despertar en uno ese sentimiento de solidaridad hacia los demás, que muchas veces desde un periódico, la televisión y una radio uno puede servir, no solo ser instrumento y estar generando opinión pública, alrededor de los poderosos, sino muchas veces servir a los más necesitados”.
Todas las mañanas, muy temprano, Ángel Alfredo Villatoro procuraba ser coherente con esa visión del oficio periodístico que había compartido íntimamente con los lectores de este rotativo.
Provisto de una voz privilegiada y un carisma que le hizo destacar entre sus contemporáneos, recibió a su partida el reconocimiento espontáneo de sus fieles seguidores matutinos, uno del que ya gozaba mucho antes como pueden atestiguar quienes lo rodeaban cotidianamente dentro y fuera del medio de comunicación en el que se convirtió en parte de la historia viva de la radiodifusión nacional.
Descrito por su esposa como “un buen hijo, un buen padre, un buen hermano, un buen amigo, un buen compañero, un buen jefe y un hombre conciliador”, era, sobre todo, un buen hondureño.
Villatoro era eso y más. Por eso pedimos para él lo mismo que él exigía por otros colegas y por otras víctimas. Lo mismo que hubiera exigido para usted, para mí, para nosotros: justicia. No la que llega tardía y sumisa, sino la de verdad. La que resplandece para todos y todas.