Opinión

La vida también es soñar

Los afanes cotidianos por subsistir, por salir adelante en un mundo cada vez más competitivo e individualista, indiferente ante los sufrimientos del prójimo doliente, materialista en demasía, nos hace olvidarnos de los ideales que alguna vez forjamos por un mundo en que prevalezca la justicia, la equidad, la solidaridad, para centrarnos exclusivamente en el estrecho círculo del yo.

Pero es necesario retomar esos sueños, que nos tornan más humanos y sensibles a lo que acontece a nuestro alrededor, ya que es imposible pretender ignorar el mundo circundante: cruel, excluyente, destructor de la vida y el ambiente, en que se cumple el darwinismo social: el hombre es el lobo del hombre.

Tanto en el mundo real como en el de ficción abundan los ejemplos de seres superiores que viven y mueren por hacer realidad sus sueños e ideales: Jesucristo, Don Quijote, Morazán, Bolívar, Martí, Gandhi, Luther King, Madre Teresa, Mandela, para citar algunos hombres y mujeres a lo largo de la historia, que fueron consecuentes con sus prédicas, en una armoniosa síntesis de teoría y práctica.

Sirvieron de ejemplos a imitar por las generaciones que les sucedieron, convirtiéndose en símbolos y arquetipos de los aspectos más nobles y trascendentes de la condición humana.

Como seres humanos que fueron, tuvieron debilidades, errores, flaquezas, pero haciendo un balance de su trayectoria, lo positivo predomina, resaltando su trayectoria luminosa.

No basta meramente consumir y vegetar, debemos ir más allá, haciendo florecer los sentimientos nobles, tal vez aletargados, de nuestra personalidad, ofreciendo alivio, consuelo, ayuda, a quien sufre de hambre, de soledad, de incomprensión.

Llegamos a acostumbrarnos ante el medio circundante, caracterizado por la violencia, la corrupción, la impunidad. Tratamos de autoconvencernos que estamos inmunes a las acechanzas de nuestro tiempo, acomodándonos y sometiéndonos ante quienes manipulan y detentan riquezas y poder, así sea mal habidas.

Estamos equivocados si asumimos esta línea de conducta, por demás errónea. Tarde o temprano también seremos golpeados por el mal, convirtiéndonos en víctimas de esa insensibilidad, de esa carencia de un espíritu solidario.

Existen muchas maneras de aportar algo de lo que poseemos, sea mediante el voluntariado, la alfabetización, la rehabilitación, la asesoría.

Afortunadamente, en nuestro país existen personas de distintas clases sociales, posiciones económicas y niveles culturales que donan parte de su tiempo y sus ingresos para extender la mano a quien padece, al desvalido. Y lo hacen anónimamente, sin esperar ni reconocimientos, tampoco agradecimientos. Actúan en consonancia con sus principios morales y éticos.