Una ola de ataques terroristas y combates dinamitaron, horas después de acordada, una frágil tregua que con mediación del enviado de la ONU se había logrado en Siria en respeto de una importante fiesta religiosa musulmana.
En España el porcentaje de desempleados supera, por primera vez, el 25% de la población, para aumentar las tribulaciones del gobierno derechista y la ira de quienes creyeron que tendría un mejor desempeño que el de los socialistas.
En Estados Unidos, republicanos y demócratas siguen invirtiendo monstruosas cantidades de dólares proporcionados por el gran capital para tratar de ganarse las simpatías de los electores que el próximo 6 de noviembre tomarán su decisión entre Mitt Romney y el actual presidente Barack Obama.
En Italia, el ex primer ministro Silvio Berlusconi fue condenado a prisión por fraude con los impuestos. El exmayordomo del Papa Benedicto XVI, sentenciado por filtrar información sobre la corrupción y la lucha intestina en el Vaticano, fue puesto en una cárcel tras varios días en prisión domiciliaria.
Estos y muchos otros hechos que en el campo del terrorismo, de la política, de la economía, de la religión, ocurren a diario en el mundo ponen de manifiesto la violencia, la inmoralidad, la hipocresía y la profundidad de la crisis que sufre hoy la humanidad.
En el caso del conflicto en Siria, tal como ocurrió en Libia, una revuelta popular pacífica -que en Túnez y en Egipto derrocó a viejos dictadores y llevó a cambios importantes en otros países árabes- fue transformada en una guerra civil porque países vecinos y potencias occidentales armaron a grupos radicales que combaten incluso con actos terroristas.
De hecho se ha informado que los grupos armados que combaten al régimen de Bashar al Asad cuentan hasta con misiles Stinger y que Washington coordina el suministro de armas y apoyo logístico.
En lo que respecta a la crisis económica, los sectores que la provocaron -financistas y banqueros- son los primeros a los que se les presta auxilio; mientras que a las principales víctimas, las grandes masas asalariadas, se les castiga con más desempleo, precarización laboral, menos inversión social; en general, con el desmantelamiento del estado de bienestar.
Pese a los grandes progresos científicos y tecnológicos, la codicia, el egoísmo, la arrogancia, la hipocresía, los intereses económicos y el extremismo siguen haciendo de este planeta un lugar difícil para la convivencia armónica o al menos el respeto entre las diferentes creencias, culturas, ideologías, pueblos y naciones.