Opinión

Historia olvidada, historia repetida

Contaba mi padre que él y mi madre conversaban en la sala cuando de repente me vieron pasar, caminando con peculiar determinación. Iba yo en dirección al comedor y tenía tres años de edad.

No les di tiempo de reaccionar, pues apenas medio minuto después, me vieron correr en sentido contrario, con expresión de susto y todo el cabello alborotado. En el suelo del comedor, muy cerca de un tomacorriente, mi padre encontró un destornillador. Fue muy fácil deducir lo que había ocurrido.

Fue inevitable. Las amonestaciones parentales no habían hecho mella en mi curiosidad. Tuve suerte de que la herramienta tuviera buen aislamiento, pues la descarga me pudo matar.

Con seis años repetí el “experimento” en casa de un amiguito de la escuela. Nuevamente salvé el pellejo –debido a un rápido reflejo y mi buena estrella–, pero la pluma fuente de su papá quedó achicharrada. En descargo confieso que fue hasta entonces que supe lo que había hecho cuando era más pequeño.

Mi padre, noble de intenciones y diestro con las palabras, me recordaba el incidente cada vez que desafiaba sus consejos y acudía humilde a darle la razón. “Nadie aprende en cabeza ajena, hijo”, así me decía. Constaté desde entonces que la vocación de tropezar dos veces en la misma piedra no solo es connatural al género humano, sino que puede venir potenciada en los genes de algunos de nosotros.

Veamos a qué nos referimos: algunas naciones sufren de nueva cuenta algunas penurias porque algunos de sus hijos reinciden en yerros de su pasado que bien pudieron evitar si lo conocieran mejor. Cicerón afirmaba que “aquellos pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”.

1902, 1923 y 1954-1956. En cada uno de esos años, el país vivió crisis políticas. Más allá de las diferencias de forma, de los distintos personajes involucrados (Bonillas, Arias, Soto, Carías, López Gutiérrez, Lozano, Villeda, Williams) y de los artificios de negociación (vía capitán de crucero o agente plenipotenciario septentrional), podemos encontrar similitudes de fondo en cada una de estos episodios de los anales de la historia nacional. Los rasgos comunes eran los marcos constitucionales insuficientes e inapropiados para hacer frente a coyunturas políticas nuevas; la división actual o reciente de las principales organizaciones políticas nacionales, con liderazgos múltiples, todos con importante apoyo popular, pero insuficiente para lograr mayorías que permitieran conformar gobiernos estables; la incapacidad o falta de interés de los liderazgos en reconciliar diferencias y buscar consensos.

Hoy, la normativa constitucional y secundaria nacional lucen insuficientes para superar mutuas faltas de confianza entre nuestros políticos; han surgido expresiones de participación electoral con apoyos fluctuantes que hacen palidecer a más de uno, mientras prevalecen el cálculo y posiciones atrincheradas aquí, acá y acullá.

Leyendo los libros de Historia puede saberse cómo se solventaron las crisis políticas mencionadas y se garantizó algo de gobernabilidad. Para mayor referencia consúltense los años 1906, 1924 y 1957.

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