“Que hable ahora o calle para siempre”. No recuerdo cuando escuché la frase por vez primera. Pudo ser en una representación cinematográfica de esponsales: en los filmes un circunspecto ministro de fe, se dirige a los y las presentes para indagar si entre la concurrencia hay alguno que podría tener interés en impedir la unión que está a punto de autorizarse.
Después de conminar a todos a pronunciarse o guardar silencio cómplice, usualmente hay quien alza la voz para oponerse: una dama engañada por el elegante (y quizás bígamo) novio, un oportuno galán que salva de infortunio a la prometida, un pariente (casi siempre anciana) depositario de un terrible secreto.
Esta recurrida frase suele anteceder a una situación clave de la historia, provocando un giro que enrumba la trama para lograr un final más o menos feliz. Dicho de manera sencilla, es un recurso para poner las cosas en su lugar.
La primera vez que acudí a una boda con edad suficiente para entender lo que ahí ocurría, esperé -infructuosamente- que el cura dijera la frasecita de marras. Imaginaba que en ese momento culminante de la ceremonia, se abrirían con gran estruendo las puertas de la nave central y una voz poderosa terminaría con alguna farsa que ahí se representaba. Pero nunca pasó, para mi decepción. Siempre la boda concluía bien, para dicha de la pareja. No aparecían hijos desconocidos reclamando paternidades irresponsables, ni bailarinas reclamando pagos de la despedida de soltero o severos oficiales de la Interpol desenmascarando a un delincuente transnacional… Nada, no pasaba nada… ¡bah!
Frase aparentemente vacía de significado en ese “sacrosanto contexto”, tuvo sin embargo otro en la intimidad de la casa de la niñez. Ahí, el “hable ahora o calle para siempre” era la última oportunidad de sincerarse con la verdad antes del implacable castigo, un atenuante en todo el sentido penal del término al que pude acudir “in extremis” en más de una ocasión. Si esa verdad no emergía, lo único “hollywoodesco” que podía rescatarse en estos casos eran los efectos de sonido de la correa al hendir la piel. Dejando la chanza de lado, la verdad es que hablar o callar es un desafío en países como el nuestro. Desde la acusada liviandad de este espacio -que abandonamos el último tiempo por saturación mental- podríamos seguir comentando hasta el cansancio sobre situaciones triviales. Ha sido una elección consciente, lo confesamos. El ejercicio de sentarse ante el teclado divierte y, si es para escapismo de esta soporífera realidad, mucho más. Pero hasta escribir liviano cansa, aún y cuando se haga para nuestra distracción (y la del noble lector).
Así que después de las últimas semanas y meses, habiendo callado mucho, ha llegado el momento de hablar otro tanto. De lo que en el país nos importa y duele a todos. De los “haceres” y “decires”. De “sentires” y ausencias. Eso sí, manteniendo el “buen semblante”, sin solemnidades ni poses doctorales (que para eso hay revistas académicas y foros de “expertos”), riéndose de uno mismo de ser necesario.
Hablar. Con o sin paréntesis, porque se puede y se quiere. Ese es el compromiso.