Soy optimista, pero no por naturaleza, sino porque la vida me enseñó a pelear lo que quería y son raras las ocasiones en que he sufrido depresión. Pero en estos tiempos, ¿será por edad?, me despierto a veces considerando la conveniencia de marcharme a otro país. Y luego de pasadas las brumas del sueño, donde navega libre la barca del temor, me convenzo rápidamente de que no, que hay que seguir batallando como hizo Lempira hasta la última voluntad, que aquí nacimos y aquí nos quedamos, pero eso exige esfuerzo. Como piensa uno de mis personajes de novela: los hombres no lloran, pero puta, madre, cuánto cuesta no llorar…
Y es que aquí el deterioro ya no tiene nombre, le sobran y faltan calificativos. Basta ver lo que hacen otras naciones en los planos del desarrollo y el civismo para arribar a la conclusión de que lo que destrozó a este país es haber sido permanentemente gobernado por corruptos y mediocres. Si no, ¿cómo se comprende que habiendo sido bendecido este territorio con los mayores recursos naturales tenga su pueblo 500 años de pobreza? O ha habido una perpetua maldad o no lo merecemos. Y cuando viaja uno y contempla la visión de mundo, la factura intelectual y la construcción de cultura propia estilada en otras repúblicas, incluso cercanas como Costa Rica, Nicaragua o Panamá, con todo y sus vicios, queda concluir que lo que mal funciona acá es el hombre. Que en Honduras la avaricia contaminó de por vida a las gentes ya que desaparecieron la solidaridad y la fraternidad para dar paso a lo único que florece en las mentes de casi todos sus pobladores: hacer dinero por torcidas o derechas maquinaciones, acumular y acaparar, aumentar lo material dejando al espíritu sumido en la caca gelatinosa de su propia pequeñez. Mísero pueblo en hambres ha de ser incapaz ya de mirar al cielo.
Pero no es exactamente así, no podemos caer en derrotismos ni fatalismos. Cierta vez escuché a un distinguido poeta nacional diciendo a una audiencia en San Salvador: “lo mejor que puede hacer un hondureño es irse a la m… de Honduras” y eso me reveló la escasísima cultura política de aquel insigne. Pues no son culpables los pueblos cuando son analfabetas escolares o políticos, cuando los han dormido para explotarlos, sino los dormidores y explotadores, que es a quienes hay que denunciar y vencer. Es la tarea primordial del pensador e intelectual orgánico y comprometido con la ética, que tampoco somos pocos; pocos son quienes venden la pluma por soborno a la reacción abusadora de su propia nacionalidad.
Estamos en vías de originar un sustancial cambio político en dirección democrática o fallar en el intento. No hay vacío de poder en Honduras pero sí de credibilidad, de legitimidad moral, pues se invirtieron en modo drástico los tradicionales planteamientos políticos: prácticamente lo que existe hoy en la república es un aparato legislativo que sustituye en las acciones al presidencial, y al reverso de la historia común el mayor peso de malinchismo y entreguismo se da en la cámara de diputados, no en el ejecutivo. Antes había que defenderse del mandatario; ahora hay que hacerlo contra el legislador. Vergüenza y desgracia: qué se puede esperar en una sociedad cuando los “padres de la patria” son el ejemplo vivo de la peor paternidad.
Pero el deterioro no es solo gubernamental, precisemos. Cada delincuente consigue cómplices y esos son el ciudadano corriente, la Iglesia, la familia y la empresa privada, entre otros. Todos estamos involucrados y tenemos responsabilidad, unos por hacer y otros por dejar hacer. Hasta que tomemos conciencia de que el vicio social conduce exclusivamente al agotamiento de la nación y que antes de interrogarnos si ya estamos muertos nos cercioremos si estamos muriendo, lo que es evidente que sí.