Aprender que el tiempo pasa y no regresa es uno de esos momentos de la infancia en los que se pierde poco a poco la inocencia. Ese despertar no ocurre de inmediato. Es la suma de instantes que se van acumulando al de ese día infausto en que nos dimos cuenta quién deja los regalos en Navidad o en Día de Reyes, cómo nacen los bebés o que el color del cabello de mamá no es rubio.
“La aguja corta señala la hora y la aguja larga los minutos” nos enseñó la maestra de primaria y, a partir de ese segundo (que marca esa aguja delgadita… la que avanza más rápido y no tienen todos los relojes), nos enteramos que se puede medir “cuánto tiempo” transcurrió hasta “ahora” desde esa novísima noción que llamamos “antes” y que también puede haber un “después”, más cercano o más distante, todos ellos con números y nombres propios (para indicar el día o el mes).
La vida se empieza a hacer complicada: ya no usamos uno o tres deditos de la mano para decir que tenemos uno o tres añitos -con esa media lengua de los infantes- sino que hablamos de fechas, que se repiten periódicamente cada 365 días (o 366 cuando es año bisiesto, palabra por demás rara).
Y entonces, si éramos lo suficientemente perspicaces, nos percatábamos que comíamos más o menos a la misma hora todos los días, que había “límite” para la diversión nocturna y que papá se desaparecía el mismo lapso horario de lunes a jueves (y el viernes un poco más).
Aunque queríamos que nos celebraran el cumpleaños a diario (y comer pastel, dulces y recibir regalos) no ocurría así. Afortunadamente, otros niños (hijos e hijas de los amigos o hermanas de nuestros padres) se las habían ingeniado para nacer en fechas diferentes a la nuestra, y podíamos entonces romper piñatas y hacer travesuras en lugares nuevos o en la casa de la tía.
Notábamos que los días más bonitos eran los sábados y los domingos, cuando papá y mamá “hacían mandados”, nos llevaban al parque y a visitar a los abuelos. El lunes tenía un efecto especial: ponía de mal humor y “corre-corre” a los más grandes (cuando entramos a la escuela, entendimos un poco por qué).
Poco a poco nos íbamos enterando de que no solo el reloj medía el tiempo: también lo hacían los calendarios y esa libretita verde en que papá anotaba sus citas (y los teléfonos que la gente le dictaba despacio). También que era bueno y de personas responsables “llegar a tiempo” (puntual) y que cuando alguien no se lo tomaba muy en serio, podía provocar malas caras y discusiones.
Al graduarme de sexto grado -para celebrar el acontecimiento- mi abuelo (que además de ser un formidable hombre, era relojero) me regaló una hermosa creación mecánica fabricada en Suiza. Pulsera de metal, precisas horaria y minutero. Dos meses después, la misma pieza me ayudó a registrar en la memoria la hora exacta en que él murió.
Y así de golpe, aprendí que el tiempo de vida de quienes queremos también se acababa, perdiendo -de una vez y para siempre- la inocencia infantil.