De la misma forma en que Benedicto XVI sorprendió a los católicos del mundo al convertirse en el primer Papa en renunciar en casi 600 años, los cardenales electores, en solo dos días de cónclave, causaron un fuerte impacto el miércoles al elegir como su sucesor al jesuita, nacido en Argentina, Jorge Mario Bergoglio, lo que lo convierte en el primero de esa orden religiosa y de este continente en ocupar la silla de San Pedro, poniendo fin al milenario predominio de los europeos.
Para estar a tono con la novedad el nuevo Papa escogió un nombre nunca antes utilizado por sus 265 antecesores: Francisco.
Si como dicen los expertos en temas del Vaticano, esa escogencia es también una forma de anunciar el estilo o el enfoque del nuevo Papa, y si la decisión la tomó pensando en San Francisco de Asís –un aristócrata que renunció a las comodidades para dedicar su vida a trabajar con y para los más necesitados—lo que podría esperarse sería un papado más orientado a la labor pastoral, más cercano a la feligresía y quizás mucho más comprometido con la opción preferencial por los pobres.
La experiencia pastoral y docente del nuevo pontífice, proveniente del continente con mayor número de católicos, pero también donde se produce la más grande deserción de feligreses, también apunta a la dirección previamente señalada.
El nuevo Papa podrá demostrar, con hechos y ya a escala mundial, que son infundadas las acusaciones de su connivencia con la sanguinaria dictadura militar de su país (1976-1982) y que su confrontación con el gobierno de los Kirchner no es más que producto de su preocupación por los más pobres.
Pero obviamente el mayor reto del Papa Francisco, que tiene la misma línea conservadora de Juan Pablo II y el ahora pontífice emérito Benedicto XVI, es más global: enfrentar los escándalos de los sacerdotes abusadores de niños, de las jerarquías que pretenden ocultar esas muestras de profundo deterioro moral; la corrupción en la administración de los bienes de la iglesia, como el mismo Banco del Vaticano, y la despiadada lucha de poder interno como lo evidenciaron los “Vatileaks”.
Por lo pronto, el pueblo latinoamericano celebra la materialización de un sueño largamente acariciado: tener un Papa que habla español y comprende más de cerca sus problemas, sus necesidades, su forma de vivir el cristianismo, sus esperanzas y sus aspiraciones.