En los últimos diez años, en contraste con la región latinoamericana, la pobreza en Centroamérica aumentó tras la crisis financiera internacional y el alza a los precios de los combustibles, plantea Kinnon Scott, economista sénior de la unidad de pobreza del Banco Mundial, en la reciente publicación “Centroamérica en el nuevo milenio: seis historias diferentes de pobreza y desigualdad”.
El estudio destaca que el crecimiento económico fue la principal fuente de la reducción de la pobreza, y las alzas de precios de combustibles y alimentos la principal fuente del aumento de la misma.
Compartiendo en diversos espacios con la autora de dicho estudio, varios analistas planteamos, en el caso de Honduras, la tendencia de reducción de la pobreza, que se inició en 2003 y que se detuvo a mediados del 2008. La caída del Producto Interno Bruto, con especial evidencia en el 2009, y la nueva tendencia de crecimiento de la pobreza también estuvieron determinadas, en buena parte, por la crisis institucional y política.
Adicionalmente, si observamos lo que ha pasado en Honduras en los últimos treinta años de construcción democrática, vemos que los cambios de gobierno, la falta de sostenibilidad de políticas, hacen que nuestro Producto Interno Bruto se caiga cada cuatro años y que la crisis de la institucionalidad como la vivida desde el 2008, si bien es cierto, combinada con factores económicos externos, generan retrocesos en indicadores económicos y sociales, solo comparables con los desastres naturales.
La variable constante de la falta de sostenibilidad de políticas nos ha impedido tener bases más fuertes para enfrentar las crisis externas y manejar de mejor forma los desastres naturales.
Lo importante que hemos aprendido en esta década, en casi todos los países, es que sin crecimiento económico no puede haber reducción de la pobreza, pero que este crecimiento debe tener mecanismos claros de inclusión financiera y que debemos democratizar la productividad; en el caso de países con una base demográfica con tanto niño y joven en condición de pobreza, se necesita un sistema de protección social articulado y eficiente que genere un piso mínimo e iguales oportunidades para la niñez y la juventud, para tener salud y una educación básica.
Pero la gran lección, si leemos todas estas variables desde la perspectiva de gobernabilidad, es que la estabilidad política es fundamental, la seguridad ciudadana, la gobernabilidad de los sistemas de educación y salud y reglas claras para iniciar y establecer negocios para todo mundo. Las crisis internacionales, los precios del petróleo no dependen de nosotros, tampoco los embates de la naturaleza. Pero una institucionalidad fuerte, sostenible, responsable, sí está en nuestras manos.
Una sociedad incluyente, con equidad, solo puede ser posible en una sociedad que sepa resolver y manejar sus conflictos en el marco de la institucionalidad, de forma ordenada, no en una eterna crisis en la que la mayoría no ganan nada, mucho menos los más pobres y la gente que quiere trabajar de forma licita y en paz.