El conflicto bélico provocado por El Salvador en 1969, de eso hace ya cincuenta años, desnudó las múltiples vulnerabilidades, desigualdades, limitantes, de las sociedades de ambas naciones.
En el caso hondureño, con mayor crudeza y dramatismo se sobrevivía en la zona fronteriza con el vecino país: comunidades sumidas en la pobreza, el abandono, la incomunicación, sus pobladores carentes de centros educativos y de salud, sin infraestructura que la vinculara con otras regiones.
Fueron esas comunidades las que sufrieron el ataque y saqueo por parte del Ejército y fuerzas paramilitares salvadoreñas, provocando muerte, destrucción, miles de refugiados, además de las bajas sufridas por nuestras Fuerzas Armadas en defensa de la soberanía patria.
La guerra, a pesar de sus horrores, generó efectos positivos para Honduras: fortaleció un alicaído sentimiento de nacionalidad, una toma de conciencia colectiva respecto al atraso, marginalidad, corrupción, incapacidad estatal para enfrentar tan complejas problemáticas.
Nuestros compatriotas concluyeron que Honduras requería de cambios estructurales para superar el secular subdesarrollo que impedía avanzar hacia un desarrollo humano y material incluyente que beneficiara al país de manera equilibrada.
La traumática experiencia bélica hizo posible un sentimiento de unidad nacional, lamentablemente desperdiciado por las dirigencias políticas de los dos partidos tradicionales, que, bajo presión popular, firmaron un pacto para administrar la nación, bajo la óptica que el Estado era un botín a repartir entre ellos, de manera proporcional a los resultados electorales.
Al conmemorarse cincuenta años de aquel histórico acontecimiento, recordemos con gratitud a todos aquellos que, de diversas maneras, defendieron el honor y la integridad de la república, repeliendo al agresor.
Que nunca más vuelvan a repetirse tensiones que degeneren en el quebrantamiento de la paz y la armonía entre dos países vecinos