Desde hace varios años, el zancudo Aedes aegypti, transmisor del dengue viene atacando a la población hondureña, sin que las autoridades sanitarias adopten verdaderas medidas de prevención.
Antes, este mal -prevenible con solo eliminar los criaderos del vector que se reproduce en agua limpia estancada- resurgía en los tiempos de invierno, pero ahora también está presente en el verano.
Desde la primera semana de enero de 2024 ya se venía observado en el país un aumento sostenido en el número de casos sospechosos, según la alerta epidemiológica que emitió el 22 de mayo la Secretaría de Salud. Para entonces el país registraba un total de 16,491 casos acumulados durante el 2024.
Solo en las últimas cuatro semanas, antes de la fecha la emisión de estos datos, se contabilizaba un total de 7,344 casos, de los que 7,228 son casos de dengue con o sin signos de alarma y 116 dengue grave; durante ese período se reportaron 11 decesos.
Actualmente el mal ya escaló a nivel de crisis luego que los hospitales se vieran atestados de enfermos tanto de dengue clásico como de hemorrágico, el cual año con año cobra decenas de vidas, principalmente de menores de edad.
Lo más lamentable es que a pesar de ver un incremento de los casos, la Secretaría de Salud y otras instituciones como las alcaldías, hicieron poca labor de prevención.
Ahora que la enfermedad amenaza con escaparse de las manos, las autoridades sanitarias no solo deben correr a atender a los pacientes poniendo más camas y abriendo más centros de atención, sino que tienen que adoptar medidas y sanciones rigurosas contra aquellas personas que se les encuentre en sus casas criaderos de vector. Ojalá el número de muertos esta vez se reduzca a cero, pero de este apuro los funcionarios encargados del sistema de salud nacional deben aprender la lección “de que es mejor prevenir que curar”