El ser solidarios ante el dolor y sufrimientos del prójimo, rechazando el individualismo extremo, rayano en el nihilismo, compartiendo algo de lo que poseemos.
Practicar la reciprocidad y la cooperación a nivel familiar y comunal, interactuando los unos con los otros. Evitar el consumismo desenfrenado que afecta el presupuesto familiar al adquirir mercancías de las que podemos prescindir sin por ello afectar nuestros estilos de vida.
El contar con adecuadas reservas alimenticias y monetarias ante posibles futuras emergencias, es saber prever cualesquier contingencia inesperada, anticipándonos a ella. La frugalidad y la mesura en nuestros hábitos y conductas permite contar con suficiente disponibilidad de recursos ante lo imprevisto.
Administrar racionalmente el agua, las fuentes de energía, sin derrocharlas, posibilita el contar con adicionales reservas hídricas y energéticas cuando ocurren racionamientos, además de poder preservar normas básicas de higiene.
Reemplazar actitudes conductuales negativas: apatía, pesimismo, indiferencia, fatalismo, conformismo, por el activismo, optimismo, positivismo, facilitan superar deformaciones de la personalidad que producen inmovilismo y depresión, dando paso a actitudes, valores y normas que contribuyen a remontar la presente emergencia.
Las ayudas estatales deben ser complementadas con las provenientes de nuestra propia iniciativa, de otra manera caemos en la dependencia material y mental oficial y de las donaciones del exterior, reduciendo el esfuerzo propio, la autogestión, nuestra responsabilidad y autoestima, truncando nuestras potencialidades sustituyéndolas por relaciones clientelares de subordinación.
Estas son algunas de las enseñanzas que nos está dejando el Covid-19. ¿Sabremos asimilarlas?