Opinión

Edad de piedra y horizontes

La historia se puede reconstruir asociada a las fuentes de energía utilizadas por la humanidad. La primera gran era se basó en la madera, el combustible más común y natural desde la edad de piedra que ha servido para la cocción de alimentos, atenuar el frío y generar vapor para diversos fines industriales en siglos pasados. Su era concluyó en los países industrializados, no así en países como Honduras, cuyo consumo de leña representa más del 80 % de la biomasa total extraída del bosque.

El carbón mineral impulsó la “era industrial” en el siglo XIX, todavía genera un cuarto de la energía total y 40 por ciento de la electricidad mundial, además de ser un insumo importante en las plantas siderúrgicas y cementeras. Su impacto ambiental se asocia al incremento del bióxido de carbono y el calentamiento global, temas de importancia capital al planeta entero. Su uso ha sido de escasa trascendencia en Honduras, no obstante su potencial bajo sistemas modernos de conversión y las restricciones debidas.

El gas natural se encuentra a menudo en yacimientos de petróleo y hay vastas cantidades como fuente alternativa de gran valor energético y menor impacto ambiental. El gas es un combustible importante en el uso casero, el transporte y la industria en muchos países, pero requiere infraestructura de acopio y distribución con sistemas adecuados de combustión. Sus costos se elevarán gradualmente, pero merece darle atención, con diversas fuentes renovables existentes para su producción en el país.

El petróleo fue conocido por las culturas árabes y china hace miles de años, con usos casero, artesanal y hasta medicinal. Los aceites fluidos y el queroseno sirvieron para el alumbrado en el siglo XIX. La perforación del primer pozo en Pennsylvania (1859) y la invención del motor de combustión interna abrió el camino para el uso masivo de las gasolinas y el diésel, además de los múltiples derivados en plásticos, ceras, fibras, fertilizantes y lubricantes. Su alto poder calórico, facilidad de transporte y la relativa seguridad de sus derivados abrió mercados mundiales transformando la historia.

Los yacimientos en Oriente Medio produjeron petróleo a costos muy bajos y estimularon un desarrollo económico global sin precedentes desde mediados del siglo pasado. Esto ya no ocurre en región petrolera alguna del mundo, pero la dependencia de los combustibles derivados del petróleo se mantiene y presenta un reto mayúsculo para el desarrollo de los países pobres.

Honduras depende fuertemente del petróleo, con demanda creciente plena de costos. Su ahorro y uso productivo de sus derivados es condición sine qua non, así como acelerar el desarrollo de la industria nacional de los biocombustibles mediante la agroenergía. La ecología, tecnología y los procesos productivos son bien conocidos y disponibles. La imperiosa necesidad de crear riqueza y su distribución mediante el empleo masivo y emprendimiento local en cadenas de valor, no necesita argumentación.

La leña es todavía la fuente mayor de los combustibles de origen nacional, nutrida por un mercado informal impulsado por una amplia demanda rural y urbana. Su contribución económica y social merece volverla una herramienta más efectiva de desarrollo social sustentable. Continuar solamente minando el bosque, junto a los incendios y la imparable deforestación por su baja productividad, conduce inexorablemente a la pérdida de este valioso recurso natural.

Ningún país productor de bioetanol carburante, biodiésel y biogas ha iniciado y desarrollado sus industrias, sin una resuelta y estable voluntad política, elemento básico en una materia de interés nacional que trasciende gobiernos. Formalizar los mercados y estimular la inversión en la producción nacional de estos biocombustibles es un factor determinante de legislación pendiente hacia mejores horizontes nacionales.