El próximo martes 6 de noviembre se llevarán a cabo las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, con dos propuestas electorales distintas en varios aspectos, con implicaciones para el presente y futuro de la superpotencia y su pueblo.
A continuación, las tendencias que han ido moldeando la actual condición social, económica y política de esa gran nación.
El periodo de 1947 a 1977 fue de gran prosperidad, el país como un todo creció más rápido que en cualquier época previa y los salarios reales promedio se incrementaron. El “sueño americano” parecía no tener fin, tanto para la clase alta como media, con un poder de consumo que alimentaba la expansión de la economía.
El triunfo electoral del candidato republicano Reagan, en 1980, significó la puesta en marcha del neoliberalismo y el desmantelamiento gradual del activo papel del Estado impulsado por Roosevelt con el New Deal a partir de 1933, que permitió superar los efectos de la más grave crisis a la que había hecho frente el capitalismo mundial.
El papel regulador del gobierno federal en las finanzas, educación, relaciones laborales, ecología, fue deliberadamente debilitado para priorizar la “mano invisible” del mercado, lo que fue aprovechado por el capital especulativo en detrimento del productivo. Ello renovó las crisis en las bolsas de valores, en las asociaciones de ahorro y crédito, en los bancos.
El impulso dado al complejo militar-industrial y a la carrera armamentista permitió posponer el eventual estallido de la burbuja, hasta que en 2008 el colapso inmobiliario, con su efecto dominó, puso al desnudo los talones de Aquiles del sistema y los límites del crecimiento social y económicamente desigual, en que la creciente concentración de la riqueza y las oportunidades en el 1% de la población revela datos como los siguientes: en 2011, de acuerdo al último Censo de Población, 46.2 millones de estadounidenses viven en pobreza -1 de cada 6-, equivalente al 15.1% del total poblacional.
1.5 millones de puestos de trabajo se han perdido en la construcción; 700,000 plazas de maestros han sido canceladas, y el número de empleos a nivel federal, estatal y municipal ha sido drásticamente reducido, siendo California -otrora el estado más próspero- donde más ha impactado la gran recesión surgida durante la administración del republicano Bush W. Bush y heredada por su sucesor demócrata, Obama.
El déficit presupuestario alcanza cifras colosales, siendo China su principal acreedor. A nivel de la balanza comercial, también es deficitaria en diversos rubros, principalmente con Beijing.
En cuanto al desarrollo humano, en materia de salud, educación, equidad, la tasa de pobreza en Estados Unidos es la más elevada de cualquier país del Primer Mundo.
Las diferencias, ideológicas y personales, son evidentes y contrastantes. Obama, abogado de clase media, representa a los sectores liberales de su país, por lo cual ha recibido el respaldo del New York Times y el Washington Post, en tanto Romney cuenta con el apoyo del grupo mediático Fox.
Obama interpreta las aspiraciones, anhelos y angustias de los sectores medios y populares blancos, negros, hispanos. Romney, el mismo millonario por herencia y empresario especulador, representa a los de más altos ingresos pertenecientes a las finanzas, a la gran industria, a los sectores religiosos fundamentalistas, a los libertarios del Tea Party, a la ultraderecha política.
El papel del gobierno en la conducción de la sociedad y la economía es posiblemente la principal diferencia política-filosófica entre ambos contendientes. Si Obama insiste en la necesidad de asignar un activo papel al sector público para crear empleo, reducir la creciente desigualdad clasista haciendo que los sectores de mayores ingresos tributen de acuerdo a su nivel de riqueza y ganancias -aboliendo las exenciones y dispensas de impuestos-, Romney defiende la visión neoliberal por la cual los reajustes y austeridades en el presupuesto federal significan la reducción radical del gasto social, en tanto que privilegia el incremento a las partidas de defensa.
La aún mayor disminución de impuestos pagados por la clase alta, eliminando el gravar sus ganancias de capital, permitirá la generación de empleo al filtrarse la prosperidad de los de arriba, así sea a cuentagotas, hacia los de abajo, hipótesis ya descartada ampliamente por la realidad.
Respecto a la inmigración, Obama admite que fracasó en cuanto a implementar una política a la vez humana y realista que permita a millones de indocumentados el poder permanecer en Estados Unidos, siempre y cuando cumplan con determinados requisitos legales.
Romney, por el contrario, ve en la inmigración ilegal la causa de la pérdida de empleos para sus compatriotas, obviando que ha sido política de las grandes corporaciones la exportación de puestos de trabajo hacia el exterior con el fin de reducir costos laborales. Respalda las políticas aplicadas en Arizona y otros estados que califican a los “mojados” de delincuentes, por lo que deben ser arrestados y deportados masivamente.
Si Obama respalda los matrimonios entre personas del mismo sexo, Romney los condena, considerándolos contrarios a la ley y a la moral. Si el primero defiende el derecho de la mujer a decidir si parir o abortar, el segundo virtualmente prohíbe el aborto, aun si el feto es producto de una violación o pone en peligro la vida de la madre.
En política exterior, Obama y Romney coinciden en que su país debe mantener la hegemonía global, para lo cual debe mantener presencia militar, comercial y diplomática en todo el planeta. Pero si el primero ofrece la zanahoria y el garrote -de acuerdo a las circunstancias-, el segundo se inclina por la opción bélica. Uno y otro reafirman su respaldo incondicional a Israel, en desmedro de los derechos y aspiraciones palestinas.
En cuanto al calentamiento global y protección del ambiente, Obama comprende la necesidad de establecer regulaciones a la gran industria que prevengan un mayor deterioro ecológico, lo que no impidió que autorizara la exploración petrolera en Alaska, en tanto el segundo otorga carta blanca a la minería y al sector energético, cuestionando incluso la validez del creciente aumento en las temperaturas globales.
Así, el electorado tiene ante si dos candidatos, dos filosofías, dos alternativas. Aquel que logre obtener 270 votos electorales de un total de 538 (siendo que las elecciones presidenciales en Estados Unidos son indirectas), conducirá los destinos de la superpotencia durante el próximo cuatrienio.