Honduras experimenta dislocaciones cada vez más profundas en lo social, político, económico y moral.
En lo social, se evidencia una desigualdad creciente que hace cada vez más difícil la movilidad ascendente en la estructura de clases. De hecho, los estratos medios se debilitan en cuanto a satisfacer aspiraciones que legítimamente anhelan, en tanto el número de pobres, rurales y urbanos, crece a medida que el costo de vida y los precios de la canasta básica se disparan, tornando cada vez más precaria su cotidiana subsistencia.
La delincuencia golpea diariamente a la población, el narcotráfico tiende a consolidarse, corrompiendo y tornando adictas a más personas.
En lo político, la más reciente manifestación de esa patología lo constituye la arbitraria e ilegal destitución, por parte del Legislativo, de cuatro magistrados, que termina de romper el frágil equilibrio de poderes.
Los partidos se fragmentan en facciones, disputándose la conquista del poder, visto como una recompensa y un premio a ser repartido entre el círculo más allegado al triunfador.
Su financiamiento, cada vez más numeroso, particularmente en el período electoral, carece de la necesaria transparencia en cuanto a sus orígenes, en tanto los principios doctrinarios han desaparecido, reemplazados por promesas alejadas de lo real y lo posible.
Quien logra alcanzar la presidencia de la nación se obnubila, olvidándose que si resultó electo, -no siempre en elecciones absolutamente transparentes y no cuestionadas-, es para servir a la totalidad de compatriotas y no para manipular el Estado a su favor, tampoco para que pretenda continuar más allá del cuatrienio ordenado en la Constitución, atropellando así la legalidad.
La institucionalidad estatal, más y más frágil, tiende a enfrentar al Ejecutivo con el Judicial, en tanto el Legislativo se alía con el primero, con lo que el equilibrio y sistema de pesos y contrapesos se diluyen, perdiéndose el principio de aplicación equitativa de la justicia.
En lo económico, el alarmante nivel de endeudamiento interno y externo, la concentración de la riqueza en muy pocas manos, el decreciente poder adquisitivo del lempira, la insuficiente productividad laboral, se combinan para hacer de Honduras un país escasamente competitivo.
En lo moral, el desplome de valores éticos como la honestidad, integridad, patriotismo, espíritu de servicio en pro del bien común, constituyen una tragedia espiritual.
En síntesis, estamos ante una preocupante crisis sistémica.