¿Cómo le digo yo a los salvadoreños que vengan a hacer turismo a Tegucigalpa? Aun cuando esta ciudad tiene tantas cosas bonitas dentro y cerca para visitar, para hacer un buen tour y que la gente regrese contenta, me resulta insultante recomendarles que vengan.
Incluso muchas veces he tenido en mente el proyecto de una oficina de turismo para traer salvadoreños a la capital, pero siempre, siempre, siempre me topo con los mismos escollos que, en vez de ir reduciéndose van en aumento.
Primero: la corrupción policial. Cuando ven un carro con placas salvadoreñas se les quema el dulce por pararlos y ver cómo les sacan la tarifa mínima de 20 dólares. Es un descaro típico de la impunidad que impera acá.
Luego sigue el estado desastroso de la carretera del sur. Esta supuesta autopista se ha convertido en una piltrafa de calle. Hasta las rastras y los todo terreno se tienen que parar para atravesar los baches.
Por último, por si fuera poco, ahora con la exigencia de llenar formulario en la aduana de El Amatillo hay que hacer cola, lo que tampoco es malo, pero hay que sufrir cómo la corrupción se la restriegan en la cara a los que hacemos todo con decencia: decenas de dizque tramitadores se agolpan como polilla en la ventanilla deslizando los billetes al agente aduanal para que les atiendan primero a ellos y no a los que estamos haciendo cola.
El trámite migratorio es por naturaleza, por sentido común, por ley personal pero allí están centenares de transeúntes que ni siquiera asoman la cara. Todo lo hace un tramitador.
Es terrible viajar a Honduras, pero más aún hacerlo a Tegucigalpa vía terrestre.