Una Ley de Reestructuración y Transformación del Sistema Nacional de Salud y Educación aprobada en los oscuros pasillos del Congreso Nacional desató una furia en los sectores sociales, arrinconados porque vendrían masivos despidos de maestros y personal de la medicina; por el contrario, en los discursos de los políticos siempre hay una tormenta de dudas frente al vocabulario de estos expertos de la mentira.
El casco histórico de Tegucigalpa se convirtió en el epicentro de un caos entre manifestantes y agentes policiales que dejaron una tendalada de lisiados, detenidos y el incendio en edificios emblemáticos que sucumbieron ante bombas molotov que estallaban en las cenizas de la evocación de los citadinos, de un país al que hace mucho busca apagar las
llamas de olvido.
A los que les falla la memoria, la Policía se encargó de recordarles para qué sirven los bastones de madera y bombas lacrimógenas que disuelven las protestas en medio del humo que ahoga los derechos humanos y la tolerancia que reclama ese monstruo agresivo que en nombre de la democracia alza las banderas ideológicas con el propósito de apretujar la
cordura de las masas.
La batalla de piedras y cañones atravesó las ciudades del interior, donde quemaron llantas y atravesaron camiones en carreteras a fin de bloquear los accesos, detuvieron las labores en escuelas y hospitales con nivel de agresividad e intolerancia, en una nación que se está empujando al abismo.
Estos actos de violencia que presenciamos entre las nebulosas ideas de odio que justifican el llamado a ser agresivos en manifestaciones que originalmente se llamaron pacíficas; no obstante, ya sabemos que los que encabezan estas luchas, tejen las aspiraciones brutales de una ideología manchada de rencores acumulados en una enconada herida que sangra cada día el aislamiento
del poder.
Responder con esta crueldad a las opiniones políticas que no compartimos, es el estrecho camino hacia una violencia. Aquí la libertad ideológica solo funciona para un fragmento, sin embargo, no hacia los demás y eso sí es en una verdadera dictadura. No entender que nuestra democracia ha evolucionado, aun entre tropiezos de fraudes y corruptos que han hecho del voto un billete de ahorro en las alcancías del delito.
Con decretos o sin decretos, todos queremos una patria de libertades, aun cuando estemos en discrepancia con ellas, que respetemos a las autoridades, lo que jamás significa que se deba idolatrarlas, mucho menos celebrar sus grandes fallas y vulgares maneras de gobernar. Siempre habrá quien no está de acuerdo con estos principios, aunque no podemos dejarlos al margen
del raciocinio.
Este filósofo enfatizó el poder de la razón humana: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida para defender tu derecho a expresarla”. Hoy la nueva Inquisición se propone quemar cuando no se encaja a las reglas que se legislan en un pulguero.