La historia registra un suceso que nos complace exponer con satisfacción y orgullo, pero sin vanas jactancias que a estas alturas de la vida no tendrían sentido ni justificación.
Lo recuerdo simplemente como testimonio de una etapa de la vida; rica en experiencias profesionales, individuales y colectivas, tal como la privilegiada oportunidad de haber participado junto a un grupo de compañeros cadetes en etapa de formación en el conflicto bélico de 1969 en defensa de la soberanía nacional contra un ejército invasor.
Esta sola circunstancia, que es excepcional, le confiere a este hecho una significación y prestigio muy particular.
En los anales de la Escuela Militar y las mismas Fuerzas Armadas no hay recuerdos acerca de otra generación de cadetes que hubiere pasado por exigencias de campaña de índole tan singular; acontecimiento que evidentemente ha pasado desapercibido, a pesar de que por primera vez un grupo de cadetes participaban en una guerra en defensa de Honduras.
Sucedió cuando nuestro país fue agredido el 14 de julio de 1969 por el gobierno salvadoreño y su Fuerza Armada.
Ante esta situación de emergencia nacional, el alto mando con razonables fundamentos decide enviarnos al frente, ubicándonos en los diferentes teatros de operaciones (sur, central y nor-occidental), cumpliendo funciones de líderes de escuadra o de pelotón.
El 15 de julio partimos a la zona del conflicto. Una vez instalados, organizados y definidas las áreas de responsabilidad, recibimos órdenes de realizar acciones propias en una posición de defensa, misiones de observación y escucha, así como patrullajes de reconocimiento; eventualmente enfrentando ligeras escaramuzas de combate, cual bautismo de fuego, resistiendo asimismo condiciones meteorológicas adversas (frío, lluvia, neblina, etc.).
Además, debíamos someternos a otras pruebas, sufriendo hambre o comiendo lo incomible, soportando privaciones de todo tipo, sin permitir que nos fallasen los nervios ni perdiéramos la razón por miedo a los peligros a enfrentar, reales o supuestos. Era clave mantener la cabeza fría y el corazón caliente.
Naturalmente que en un ambiente bélico en esas inhóspitas montañas tampoco se podía dormir con tranquilidad, por el mismo instinto de supervivencia.
Observábamos también a nuestros soldados que silenciosamente cumplían con su deber aferrados a la trinchera que tenían que defender, pues sabían se trataba del honor de la nación.
Así seguimos varios días, parecía una pesadilla, pero fue cierto, estábamos en guerra; agobiados por el cansancio, la sed, el sueño y la fatiga, pero había que seguir adelante… se alternaban en nuestro ánimo las angustias con las esperanzas tratando de superar los desfallecimientos y situaciones difíciles.
Nueva circunstancia debió llamarme la atención, por emisiones radiales que captábamos del enemigo pudimos darnos cuenta de una propaganda bien llevada (operaciones psicológicas), que sabían explotar con increíble habilidad, y que nosotros habíamos descuidado a pesar de que también es un recurso de la guerra, un recurso realmente terrible en manos de quien sabe servirse de él.
Y es así como vivimos por primera vez esa experiencia en el frente de combate, enfrentados a un enemigo más numeroso, con armamento más moderno y que se había preparado por años para agredirnos sin considerar factores determinantes opuestos a su desdichada aventura.
Honduras se defendió con sus recursos disponibles: unas Fuerzas Armadas incipientes que no vacilaron en defender al país amenazado en su esencia y su destino, y un pueblo fervoroso de valor indiscutible, respaldándolas.
Gracias a Dios después de 80 días aproximadamente, un lapso de tiempo que sentimos infinitamente largo; una vez decretado el alto al fuego por la OEA, nos reintegramos a la Escuela Militar para continuar con nuestro ciclo de formación, convertidos en veteranos de guerra, reafirmando nuestra vocación siempre dispuesta en defensa de la patria.
Aspiro que la historia no se repita, haciendo mío lo expresado por un general norteamericano: “El soldado es el primero que quiere la paz, ya que es el que debe sufrir y soportar las más profundas heridas y cicatrices de la guerra”.