Todavía permanece en la memoria de muchos, años más, años menos, la euforia por la llegada de este día. Aquella exultación promovida desde la escuela, el colegio, que llevaba a los niños animosos a los desfiles, desgraciadamente hoy contrasta con un país roto, dividido, odiándose.
No dormían los chicos la noche del 14. Se imaginaban en las calles, uniformados y peinados, llevando el paso -como habían practicado unos meses antes- y el bombo retumbándoles en el pecho como ritmo cardíaco y los incesantes tambores animándolos.
No falta quien se emocione por la percusión de la lira, que a pesar de su sonido dulce, preciso, metálico, fue subestimada durante muchos años, y eso que Mozart y Hendel escribieron piezas para este instrumento y suele incluirse en orquestas sinfónicas.
La banda de instrumentos de viento es esperada por el público durante los desfiles, porque dan tonos ricos de diferente intensidad, que permiten interpretar música popular. Así, cuando asoman fulgorosas con el sol las trompetas, cornetas, clarinetes, flautas y saxofones, los presentes pierden la pose y hasta se sueltan a bailar.
Desde luego, y para qué negarlo, el tradicional cortejo de las palillonas ha marcado la luminosidad y la belleza de la celebración. Las muchachitas practican por semanas sus movimientos con bastones, silbatos y una trabajosa coreografía, que engalanan con sus coloridos atuendos.
Es una festividad. Celebramos un cumpleaños. Esta vez son 202 velas. Pero todavía hay algunos adversativos que le buscan lío a todo, y más de un bicentenario después siguen preguntándose necios “¿Y es que somos independientes?”. Ya sabemos cómo estamos. ¡Es la fiesta de Independencia, hombre!
También es cierto que la celebración de Independencia no coincide con nuestro mejor momento de hermandad, tolerancia y respeto. Los hondureños han encontrado el camino de la autodestrucción, auspiciado por un odio visceral de todos contra todos.
Antes culpábamos sólo a los políticos por el ambiente hostil y vengativo, pero con el acceso general a las redes sociales nos enteramos que el resentimiento, el rencor y el aborrecimiento abunda entre muchos ciudadanos, y como todavía no se castiga a quien mienta, falsee, denigre o acuse sin pruebas, el odio crece acelerado.
También aflora un patriotismo monopolizado; los que estuvieron en el poder durante décadas y, ya ven, no pudieron sacar el país adelante, asumen que sus creencias, ideología, política y valores son los que debe predominar, imponiéndolos y con un nocivo irrespeto al pensamiento de los demás. Pero, eso merece un artículo para otro día.
Ahora toca celebrar, es el Día de la Patria. Sólo esperamos que un día de estos alguien venga a juntar los pedazos y empecemos a reconstruir una nación en armonía, próspera y feliz. Les recuerdo, aunque ahora mismo no lo parezca, hay sueños posibles.