Para ser taxista en Londres hay que estudiar ¡casi cuatro años! Cuento esto a algunos choferes, sonríen y comparan ¡pucha, es como sacar aquí una licenciatura en la universidad! Exacto. Las autoridades se preocupan por la dignidad de sus ciudadanos y pretenden que tengan el mejor trato en el servicio público.
Aquí los taxistas y buseros tienen mala fama, y no es infundada, basta observar cómo la mayoría de ellos maneja, estaciona, insulta. Como en cualquier grupo humano hay de todo: choferes respetuosos, educados, amables, decentes, legales, pero son los menos, y sufren el estigma por los irresponsables. Por cierto, el nombre “busero” no es despectivo, está registrado en el Diccionario de la RAE como “persona que conduce un autobús”.
Un episodio repetido en nuestras calles: en una vuelta en U permitida, un vehículo particular no puede girar porque un taxi mal aparcado impide el retorno, justo frente al rótulo de prohibido estacionar. Cuando le pitan para que se aparte, el taxista responde señales obscenas con la mano, amenaza y grita al conductor que baje el vidrio para insultarlo. Suerte para este ruletero que agredió a un hombre tranquilo, que solo tomó una foto y la puso en Facebook; pero así como está la violencia, pudo toparse con alguien menos tolerante que le disparara impunemente y acabar con su ordinariez de la peor manera.
Los taxistas londinenses tienen que aprender 320 rutas, 25 mil calles, monumentos, lugares de interés, las vías más cortas, atajos, historia, buenos modales. Más relajado en Santiago de Chile, el curso dura un mes y medio. En Madrid hay que cursar en una escuela especial, aprobar el examen municipal y mostrar el diploma de secundaria (ESO). También piden la educación media en México; y en Nueva York, además, se hacen exámenes antidrogas periódicos y con tres infracciones no le renuevan la licencia.
Allí son las alcaldías, los ayuntamientos, los que llevan el control riguroso del transporte público, no solo para garantizar un tratamiento eficiente, seguro y considerado para el pasajero; también un estatus digno para los choferes de taxis y buses, convertir su actividad en una profesión con sus responsabilidades y retribuciones. Es inaceptable vivir aquí siempre en la barbarie, eso que hacen las sociedades avanzadas podríamos tenerlo, proponiéndonos.
Se necesitan escuelas especializadas que reeduquen a los choferes; filtros inflexibles que aparten a los perniciosos, groseros e irrespetuosos; crear un escalafón que permita a los mejores calificados avanzar en su oficio, crecer. Es innegable la importancia de los taxistas y buseros en nuestra sociedad: marcan el inicio y el final de cada jornada laboral, comercial, educativa; su relación con el ciudadano tiene que ser otra.
¿Qué pasa hoy? Cualquiera es taxista o busero: solo requiere saber leer y escribir (qué chiste), mentirosos exámenes médicos, dudosos antecedentes penales, cursillo inútil y le dan una licencia común y corriente; y dale para la calle, a pelear con todos, a transportar y arriesgar a temerosos profesionales, oficinistas, estudiantes, niños, ancianos; a pasarse el semáforo en rojo, rebasar por donde sea, estacionar donde quiera; y si alguien se atreve a reclamarle, pues exhibirse soez, amenazante, dueño de la vía, y calentar el ambiente, que a veces termina en tragedia.
Ahora que los transportistas elevan su legítima protesta y exigen mejores condiciones al gobierno, precio justo del combustible y repuestos, podría aprovecharse, además, para afinar el sistema; una nueva educación vial que termine la hostilidad entre taxistas, buseros y población, porque también hay muchos particulares agresores; promover respeto y cortesía en las calles; que un día no necesitemos el recurrente “tenía que ser taxista”.