Honduras ha sido prolífica en producir gobernantes atípicos. Unos jocosos, otros neuróticos, medio filósofos, poco pragmáticos, ilusionistas, carteristas, insensibles, dogmáticos, pasmados, picaritos y de otras especies interesantes porque a pesar de sus controversiales características, han podido algunos, por arte de magias negras, otros por sagacidad callejera y fraudes en las urnas, han escalado el poder dejando a su paso más lágrimas que sonrisas.
No obstante esa variedad de personalidades, una gran mayoría de ellos fueron o siguen siendo personajes tercos que se aferran a sus ideas buenas o malas sin permitir observaciones o recomendaciones de terceros que les puedan evitar naufragar en las aguas turbulentas de la intransigencia, se vuelven necios y su principal argumento es que “esta mula es mi macho” y “lo que yo digo va porque va” sin importarles las consecuencias funestas que su terquedad pueda acarrear al Estado de Honduras y a su pueblo en general. Esta terquedad ya no es como la del niño malcriado que patalea, a sus pocos años, por un celular de última generación. NO, esta terquedad reviste características de ser costumbre, identificable en todas las acciones de nuestros personajes en mención; nace de sus costumbres habituales, arraigadas en el transcurso de toda su vida al punto de generar ese blindaje mental que no les permite tolerar el consejo positivo aun de aquellas personas que les desean el bien personal.
En los últimos 16 años, hemos sido testigos de las calamidades que engendra la terquedad. Hemos visto cómo decisiones de gobernantes empecinados en introducir ideas foráneas, fracasadas ya en países amigos con resultados altamente reprochables, creando condiciones insostenibles al punto de provocar rompimientos en el orden constitucional y pretender alterar el orden que en el país se había venido tratando de cimentar desde el año 1980.
No vamos a enumerar en este corto espacio los tanto errores, unos minúsculos sin trascendencia y otros mayúsculos que han colocado al país en la vergonzosa lista del desprestigio mundial; pero, es obligatorio hacer un breve señalamiento sobre la última terquedad de autoridades legislativas (particularmente del encargado de la Presidencia), tratando de introducir “a puro tubo” una figura financiera que por razones obvias lucen más política que económica, aun si para ello, con una desfachatez inocultable, ofensiva e intolerable, pretendan distorsionar los procedimientos parlamentarios universalmente aceptados, violentando a su paso la misma Ley Orgánica del Congreso Nacional y la Constitución de la República.
En este tropel de impertinencias desbocadas, dizque de juristas altamente calificados cuyos nombres no se revelan, han surgido opiniones doctorales que lo único que han probado es una ignorancia crasa de cómo funciona un Parlamento responsable y serio. Con estas opiniones espurias, los contraventores de la ley pretenden justificar el envío de un decreto inexistente para su sanción por parte de doña Xiomara, sin importarles si ella, incautamente queda embarrada y sujeta en el futuro a los embates de la justicia.